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¿Y de qué viene ese nombre? -Eso es lo bueno; el por qué de ese nombre Ya se lo explicaré á usted cuando lo vea, porque creo yo que Ese sí que habrá de admirar á usted más que el paisaje. Aquí han venido ingleses al olor de las lanas; franceses, á la cata del vino, y hasta alemanes, para eso de las fábricas... y á todos les ha chocado y á todos les ha ocurrido lo mismo... lo mismo... Han comenzado por... por una cosa y han acabado por otra: por todo lo contrario... A ver usted qué dice... Entramos en la severa capilla, y en er vi el Cristo célebre, con su brial de raso bordado con lentejuelas. Quédeme un gran rato contemplando la famosa escultura, colocada bajo un dosel de viejo terciopelo rojo galoneado de oro, rodeada de flores y de luces, orlada de exvotos: miembros de cera, muletas, mortajas, cuadros horripilantes con terribles escenas en las que aparecía el Cristo milagroso evitando la inminente catástrofe... Ni Salcillo, ni Montañés, ni Berruguete, ni Pedro Millán, ni Alonso Cano habían puesto sus manos creadoras en la sagrada icona. Veíase ello á mil leguas. Algún imaginero ignorado é ignorante, mal discípulo ó peor maestro, inspirándose ó siguiendo los trazos de alguna tabla gótica había labrado aquella imagen, barroca á trozos- -torso y brazos, -con místicos desmayos en las piernas, lamidas, descarnadas, y en las afiladas manos florentinas, con reminiscencias del beato Angélico, de Carpaccio y aun del flamenco Van der Weyden... Ni Rembrandt, ni Rubens, ni Ticiano habían tenido la culpa. No había en la figura aquella la expresión horrenda y sublime del ¡Consumatum est! velazqueño, tan divinamente humano; ni el movimiento del agonizante Jesús, de sueltos y elegantes pañetes, de Durero, tan humanamente divino; no había vida en la escultura, ni la muerte había infundido en ella el soplo de su pesadumbre, y si el Hombre aparecía desdibujado y sin proporciones, del Dios no brillaba allí el menor destello... ¿Qué le parece á usted? -volvió á decirme el sacristán bisbiseando. -Pues me parece- -le contesté yo en la misma forma, influido por el ambiente de la capilla- -que en cuanto á escultura, solamente en cuanto á escultura, es un desgraciado engendro de un tallista mediano... No sólo no conmueve, sino que... -i Como todos! -me interrumpió el campanero. -i Comienza usted como todos... Fíjese usted en esa cabeza... Y me fljé en la testa; lo más desdichado de la imagen... carecía por completo de expresión; la boca, entreabierta, reía ó lloraba; semicerrados los ojos, agonizaban ó dormían... Muchas espinas en la cruenta corona, mucha sangre negruzca en la faz... ¿Y nada más? -Nada más... como no sea el absurdo de presentarla retorcida, dislocada, burlando, no sólo las reglas todas de la estética y los más rudimentarios principios del arte, sino hasta las leyes inflexibles de la gravedad... Esa cabeza, inclinada sobre el hombro derecho, debiera mostrarnos la parte izquierda de la cara, y no la diestra, como lo hace, cual si hubiera girado el rostro para mirar al cielo en contorsión violenta... -Mucho ha tardado usted en observarlo- -me contestó mi cicerone sonriendo irónico. -Eso es precisamente lo que yo quería que usted viera... Oiga usted. Hace muchos años... muchos- -continuó con firme acento y encendida mirada, nuncios de una fe vivísima, -en tiempos no sé si de moros ó de franceses, las turbas infieles y bárbaras invadieron triunfadoras este pueblo y saquearon esta iglesia... No hallaron en ella botín tan rico ni tan abundante como se figuraban: pocos eran los vasos sagrados, los relicarios, los porta- paces; no muchas las coronas; no muy valiosas las cruces; las lámparas no de plata, sino de hierro; los candelabros, no de oro, sino de azófar... Pobreza todo... Irritado uno de los soldados por la decepción sufrida, alardeando de impiedad, alentado quizá por las burlas de sus compañeros, acercóse á este Santo Cristo... que entonces tenía la cabeza como usted dice y así lo labró su autor- -un pobre y mañoso lego, -lo increpó irreverente, lo ofendió blasfemo y, alzando el puño sacrilego, descargó un bofetón sobre la mejilla izquierda de la santa faz. Y entonces ocurrió lo estupendo, lo inaudito, lo prodigioso... El Señor lanzó un suspiro, y, practicando lo predicado por él, volvió la cabeza y ofreció el carrillo derecho al puño del deicida... Vea usted por qué á este Cristo se le llama como se le llama: porque predica... ¡y da trigo... La fe de aquel hombre- -viva fe campesina- -me conmovió hondamente; la ardiente relación del milagro estremeció mis entrañas; sentí remordimiento, pavor, piedad infinita... hice la señal de la cruz y, arrodillándome ante- la profanada imagen- -de sobrehumana belleza, -comencé el acto de contrición: Señor mió, Jesucristo... -i Como todos, señorito! -me dijo entonces el sacristán sonriendo gozoso. ¡Acaba usted como todos... Y se arrodilló á mi lado... VICENTE DIEZ DE TEJADA. Dibujo de Méndez Brínga. -S 4 S 6 7 S-