Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
telleantc de tui haz de luz, de un rayo de sol filtrado por las aspilleras abiertas en el pétreo cilindro que nos envolvía, sintiendo yo la voz del campanero sobre mi cabeza, oyendo el crujir de sus zapatos á la altura de mi pecho, desorientándome y haciéndome creer que, más que caminar ante mí, revoloteaba él á mi alrededor, embutido en su raída sotana, que evocaba el recuerdo de la hopa... Llegamos á una portezuela que daba acceso á lina bóveda sembrada de cascote, tapizada de olvo secular, habitada por innúmeras palomas, c uc, sorprendidas en sus arrullos, partieron raudas, palmeteando, desapareciendo por el ancho ventanal desguarnecido que encuadraba un trozo de cielo azul vivísimo, radiante. A esta bóveda servíale otra de cubierta, y ambas estaban tosca y brutalmente agujereadas á golpe de picjueta. -P o r esos buracos- -me dijo el sacristán- -pasaban antes las pesas del reloj. Ahora ya no los necesitamos... Tenemos uno de los de última moda, ¿sabe usted... sin pesas; con muelles, como los de bolsillo. Es regalo del diputado, á cambio del censo del pueblo; lo de siempre: T o m a y daca; los mandamientos de la matrac a De esto decía el señor cura no sé qué latinajo que no está en la misa... -Do ut des... A l g o de doúdes era ello... ¿Y esos trastos... Trastos, en verdad, un poco repulsivos, abandonados, sucios, polvorientos... U n a tumba de madera forrada de bayeta negra con franjas amarillas; un ataúd mal t a p a d o unos hacheros salpicados de cera... -Eso es broza, señorito; ya no se usa... Cuando pusimos el reloj se subió aquí todo esto, y ahí se podrecerá... E s o era el catafalco viejo. L o montábamos para los funerales de lujo y el día de los Difuntos. Ahora ponemos el nuevo, que es más señor... ¿Y aquella calavera? ¡A h! ¡L a Pcíá... Esa se ponía encima, en todo lo alto, sobre un almohadón... y hacía respeto, i sabe usted... Hasta imponía. T os monaguillos ki llamaban la Pclá... ¡Y tan pclá... i Si ellos la hubieran conocido con pelo, quiero decir en vida! ¡Pohvc- Raposa... La llamaban la Raposa á la pobre porque siemiire andaba á la husma i) or las tinieblas... Guapa moza, garrida moza, con unos ojos... i con una mata de endrina talmente como la cola de un caballo... Se murió de una somanta que la dieron los mor s... ¡Cosas do a m o r í o s ¡Dios la haya perdonado! ¡A l a s poor Yorik! A m é n! Y mire usted... lo que es el sino de las personas esa cabeza, que fué siempre una cabeza á pájaros, ahora es un nidal de ratones. Días pasados vi cómo una rata se colaba dentro... Apuesto á o i Tí tiene la cría... -Debía usted darle tierra, tierra amante y bendita... -Sí que lo h a r é ¿Subimos? -S u b a m o s i Pobre Raposa... Guapa, amorosa, garrida... ¡Réquiem ceternam! Y continuamos nuestra ascensión, acariciados ya por la luz, besados por ráfagas de aires puros, oyendo el penetrante chillido de las bandadas ¡e aviones, el pausado golpeteo del reloj, el áspero crujir de la gobierna agitada por el viento. -O j o con el sombrero, que aquí, en los picachos, sopla siempre un ventazo que pide cortesías... ¡Mire usted qué hermosura! Sí que era hermoso a uello. De las lobregueces de la muerte pasamos á las radiantes claridades de la vida. Estábamos en la meseta de los picachos, circundada por una balaustrada de piedra adornada con apuntadas pirámides, con el cielo inmaculado sobre nuestras cabezas y con la tierra á nuestros pies, i Sí que era hermoso aquello! U n extenso panorama se extendía ante nuestros ojos, fingiendo una alfombra de variados matices, en la que el rojizo color de las tierras labradas, peinadas por el arado, alternaba con las gayadas manchas de verdura de prados y de bosques; con el gris polvoriento de las rocas, con la bruñida plata del río que festoneaba el paisaje, con el ancho cristal de la laguna en que el agua parecía dormirse coronada de juncos y de espadañas, con el blanquecino zigzag de la carretera, sierpe retorcida, sorbedora de veredas y de caminos... El pueblo, terroso, con las parduzcas monteras de sus tejados, parecía labrado en corcho para decoro de un nacimiento; sus callejuelas lo cortaban, grietándolo como tierra reseca: los hombres parecían insectos bullidores... ti asta nosotros llegaron los argentinos ecos de un pregón (lue semejaba un quejido... Junto á mi pasó una paloma, y mis ojos, acostumbrados á mirar á lo lejos, tomáronla por un águila... Rezongó la maquinaria del reloj con rumor de algo que revolotea, y recias canii) airadas aturdieron el esi) acío con onduhmtes vibraciones c ue me hicieron creer cjue la torre se l ¡arajiüleai; a... S í hermoso era a ucllo... A iuel! o en cuya contemplación se extasiarían aún, añorantes de su belleza, las cuencas vacías de la Felá; aquellas órbitas que asilaron los negros ojos de ía Raposa. la giuqia, la garrida... ¡la matada á golpes por cuestión de amoríos... ¿Y nada más? reguntc displicente. ¿Nada más hay que ver cjue esto? -Aquí arriba, nada más, señorito- -me contestó el sacristán, algo contrariado al ver la poca atención que restaba yo á lo que realmente era digno de admiración grandísima. -Abajo aún queda algo bueno, que sienipre enseño lo último: el Santísimo Cristo del Perdón... ¿E l del Trigo quizá? -E l del Trigo, señorito.