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talizado desde entonces por la arrojada experiencia de Casiave, precursora de las contemporáneas hazañas de Bleriot, Farman, Santos Dumont y ejusdem farince. Como la fiesta era por invitación, acudió todo el pueblo, naturalmente: unos, los más, llenos de entusiasmo y admiración por el inventor, y otros, los menos, envidiosos y maldicientes, alimentando la misma pérfida esperanza que animaba á aquel flemático inglés á seguir á Blondin á todas partes, aguardando el momento de verle estrellarse. Un grupo de estos envidiosos, dándola de cultiparlistas por emular al alcalde, protector de Casiave, desplegó una bandera, en la que aparecían pintadas con almazarrón estas sediciosas palabras: ¡Cave Casiave, ne cadas! Excuso decir que la bandera fué prontamente recogida y llevada como un trofeo tomado al enemigo por la Guardia municipal á las Casas Consistoriales. Comenzaba á impacientarse el populacho, esparcido por la campa limitada por el pedregoso y saponáceo riachuelo, menguado y sediento Jordán purificador de la íntima indumentaria de los villamandenses, cuando en lo alto del puente destacóse sobre la limpidez del firmamento el contorno espantable y descomunal de un ave apocalíptica, de blancas alas extendidas en paraclética actitud, disponiéndose á volar, á hender el espacio con gallardía y majestad sobrenaturales. Desde abajo, donde la multitud se hallaba congregada, semejaba el volandero artefacto una enorme libélula de transparentes alas blanquecinas, y cuyo cuerpo negruzco formábalo la desmedrada persona de Casiano, con manos y pies en cruz, ijustados los élitros y hemélitros á los ríñones sobacos, y causando todo ello la sensación de m original suplicio de un hombrecillo amarrado i las aspas de un molino de viento. Abrumado bajo el peso y las proporciones de quella armazón bambalinesca, no podía Casiave lover pie ni mano, limitándose toda su dinámica un movimiento oscilatorio, de péndulo, que á eces mostraba peligrosa tendencia á convertirse n giratorio, amenazando á los circunstantes más ¡róximos con una descalabradura, por lo que bien) ronto abrióse ancho círculo en torno al aparato, líspersándose los espectadores más tímidos como aves de corral á la vista del milano. Impaciente el público, mostró una parte de él sus malos instintos comenzando á silbar, á berrear y á invectivar al heroico Casiave. ¡Vuela, Casiave! ¡No nos des la lata! -Casiave, ya casi vuelas; á ver si casi te descrismas. -Casiave, casi tonto, eres un badulaque. Abajo Casiave! ¡Casiave, al río con él! Indignado el alcalde, dio orden á la banda munici al de ahogar el tumulto á trompetazo limpio. No se hizo repetir la superior resolución el famoso director de la banda, D. Martín Valdoncel, el cual, en un rasgo de inspiración oportunísima, mandó tocar la célebre marcha del globo aque ia á cuyos bélicos sones ejecutaba Casiano la artística faena de lanzar el globo gigante como una ñecha la noche de San Roque. Y ocurrió entonces una cosa estupenda, increíble, portentosa. Al oirse los primeros compases de la famosa marcha, el armatoste aviatorio osciló violent: impntf- v de pronto, en un arranque heroico, sobrenatural, desprendióse del pretil, citó un segundo en el aire, viósele extenderse, crecer, llegar al cielo, inclinarse rápidamente de un lado y... caer vertiginosamente, como corpo inorto cade, al campo, junto al río, con estrépito horrísono de astillas, desgarraduras, ayes y gemidos angustiadísimos. Acudieron solícitos todos los espectadores, y á costa de no pequeños esfuerzos lograron sacar á Casiano, al parecer indemne, de en medio de aquella balumba de percalina, barrotillos, alambres y cuerdas, hecha trizas. Pero al tratar de incorporarse experimentó un dolor agudísimo en la pierna derecha, tan vivo que perdió el sentido, y hubiera vuelto á caer si no le sostuvieran amorosamente los brazos de su protector el doctísimo alcalde, que, aprovechando la ocasión de dar galana prueba de su inagotable erudición, para parangonarse con los protervos de la bandera aprehendida, en punto á humanidades, exclamó con énfasis tribunicio: -Macte animo, generóse puer... Y se calló lo de sic itur ad astra, porque, dicho en tal ocasión, era para ganarse una bofetada por mano del maltrecho Casiave. Lector: si aciertas á pasar un día por Villamandeo de los Condes, no dejes de detenerte en la plaza del pueblo, frente á la broncínea fuente que preside la clásica estatua de Diana Cazadora. Allí, á la puerta de la botica, que exhibe en su escaparate el no menos clásico globo, cuya; s mutaciones de color siguen siendo el pasmo y la admiración de los rapazuelos que pululan por la plaza, hallarás el consabido grupo de notabilidades locales reunidas en íntima y regocijada terttilia. Si te acercas con disimulo para no pecar de indiscreto, oirás la más sabrosa plática ó la más espiritual controversia sobre cualquiera de los tópicos que absorben la atención momentánea de la humanidad. Generalmente lleva la voz cantante el alcalde de la ciudad, porque durante la mañana ha leído cuidadosamente la Prensa en la sala de lectura de la Tertulia Recreativa y consultado escrupulosamente el Diccionario Enciclopédico en la biblioteca de la misma Sociedad, para elegir y profundizar el tema que ha de poner á discusión á la caída de la tarde en la puerta de la botica, sin temor de que nadie sea osado á atajar el flujo abundantísimo de tan sólida y flamante erudición. Pero si aciertas á acercarte en un día de éstos en que se discuten con pasión, con verdadera fiebre, los progresos y las hazañas aviatorias de Bleriot, de Lathan, de Morane y de Paulhan. oirás cómo se destaca entre todas las voces la atiplada y porfiadora de un hombrecillo cincuentón, nervioso y granujiento, gritando airado: -Lo que yo le digo á usted, señor de Pardillo, es que el mecanismo del aparato Bleriot descansa sobre el mismísimo principio en que descansaba mi aparato. Porque, al volar, señores... Y el hombrecillo granujiento, irguiéndose sobre un pie, mientras el otro queda colgante en el aire, pendiente de una pierna rígida, tetanizada, tiende sus brazos en actitud natatoria, y, al accionar, avanza cojeando, con una cojera brincadora, que parece empujarle hacia arriba, á la conquista del aire... JOSÉ G. ACUÑA. Dibujo de Méndez Bringa.