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UN CAPRICHO p QNDE está la felicidad... Según la opinión más generalizada, en lo que nos falta... ¡Pero nos faltan tantas cosas que, verdaderamente, es muy difícil escoger entre ellas la que tenga esa virtud! Sin embargo, hay quien puede señalarla. Muchos hombres saben concretamente lo único que necesitan para ser felices, si no toda la vida, que esto es mucho, por el momento, lo que ya es algo. Entre ellos mi amigo Santiago Monterrubio, á quien envidia todo el que le conoce, sin saber que es un desgraciado. ¿Cómo no envidiarle, si es joven, rico, sin obligaciones de ninguna clase y estimado y bien recibido en todas partes... Acaso su propia vida sin trabajo, sin inquietudes ni desvelos, que á nosotros nos parece el ideal realizado, tiene la culpa de su desgracia, i- orque Monterrubio ha caído bajo el poder de la neurastenia y en una de sus formas más terribles. No sufre grandes dolores físicos; tiene solamente una enorme melancolía y le acometen los caprichos más estupendos, que le agudizan el mal moral todo el tiempo que tarda en satisfacerlos. Uno de estos caprichos, el último, el definitivo, es irrealizable, y por ello temo que le deje á las puertas de la locura ó de la tontería, si no las traspasa. Santiago Monterrubio daría lo que se le pidiese por comer un cocido amarillo. i No os riáis! Se trata de un enfermo y debemos compadecerle. Tiene un capricho, y todos los caprichos son respetables, mayormente si pueden acabar en tragedia... Aunque ya supongo que la insignificancia de ese deseo es lo que os mueve á risa, porque no os explicáis cómo ese hombre acaudalado no puede procurarse una cosa que no vale nada... Y el caso es que yo pensaba lo mismo, porque, aunque me esté mal el decirlo, tuve una vez igual aspiración y la realicé en seguida, sin que me quedasen ganas de insistir... Conozco una señora que aspiró también á ese plato en la época de los antojos, y no he visto á su vastago con apéndices amarillos delatores del fracaso culinario de su madre... He oído en diferentes ocasiones á diversas gentes manifestar su propósito de realizar la propia ilusión al contemplarla humeando en la ajena cuanto modesta fuente... Y he leido también entusiastas elogios del cocido del albañil, cifra y compendio de la bondad alimenticia, no menos que de la honradez del obrero alimentado, lo que me hizo suponer que el apologista se tragaría después el consabido condumio para disfrutar de las virtudes que celebraba... Todo lo cual me hace suponer, con algún fundamento, que el que desea comerse un plato de cocido amarillo, esto es, con azafrán, como esos que suscitan generales envidias cabe las obras en construcción, se lo come inmediatamente y hasta repite si le gusta. Santiago Monterrubio es acaso el único mortal que no puede darse ese gusto, y de ahí proviene su desgracia. Cuando se fué apoderando de él ese capricho extraño, hasta llegar á convertirse en una obsesión que le martirizaba, ordenó que le arreglaran en casa el dichoso plato; mas, apenas se lo sacaron á la mesa; comprendió que no le entraría por la boca porque no le entraba por los ojos, primera puerta del alimento, como es sabido. Dispuso luego que se lo condimentara la portera, por si estas manos, más habituadas á los géneros limítrofes del que anhelaba, tenían el secreto. Y el resultado fué el mismo. Recorrió después innumerables tabernas y casas de comidas, venciendo los naturales escrúpulos, y salió de todos esos sitios más triste y n ¡alhiunorado que a la entrada. Llegó, en fin, á llevarse el cocido al campo en un puchero, con todas las regias del arte, pensando que el aire libre pudiera ser el aliño que le faltó hasta entonces pero no pasó de las primeras cucharadas de la sopa y miró con desdén los garbanzos y la carne... Ayer me enteró de la tentativa final, y al conocer su fracaso temo por él, porque le quiero. -Mira- -me dijo; -á ti puedo darte la lata hablándote de estas cosas que á los demás les parecen ridiculas... El otro día me decidí por fin á hacer lo que pensaba... Con mi traje de pana, mis botas de campo y mi sombrero ancho, me fui por las afueras á esperar junto á una obra á que dieran las doce. Llegado el momento, vi á un albañil que se sentaba retirado de los demás, con su mujer, joven como él y no mal parecida. Y allí me dirigí exponiéndoles mi deseo y ofreciéndoles un duro como pago de mi cubierto. No les quise ofrecer más para que no me íomaran por loco... ¿Y qué? -le dije con verdadera curiosidad. -Se rieron bastante de mi capricho y no qttisieron el duro, que al cabo aceptaron para traer más cosas: otra botella de vino, salchichón, café, cigarros... Pero me fué imposible comer más de tres cucharadas de sopa y un par de garbanzos... ¡Ya vea que no me faltaba ningún aliciente... Entonces el albañil, mirándome con lástima, me dijo estas pala; bras, que aún me suenan en los oídos: j Ay, señorito... i Si hubiá usted estao cinco horas en el andamio, trabajando sin parar, como yo, vaya si hubiá usted rebañao el plato! ¡Hasta piedras se comería! ¡Ya ves si soy desgraciado! ¡Pobre Monterrubio... Le veo camino de la locura ó metiéndose á peón de albañil, que, en un hombre como él, sería una verdadera tontería... ANTONIO PALOMERO.