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h i o, vuelve á sonar el timbre de la escalera. Y otro pa- o garboso y menudo se desliza entre sedas hacia ei gabinete; es Lucía, la hija mayor de doña Flora. LrciA. (Penetrando como una tromba y cómicadosc á besos á madre. Hola, mamaíta de mi alma. cngo contentísima. DOÑA FLORA. ¡Vaya por Dios, hija! Más vale ñsí. ErciA. -Estoy en camino de ser la mujer más feliz lel mundo. Ti i sabes que Esteban, mi marido, no es muy morigerado que digamos. con el amigóte, dejándome hecha un mar de lágrimas! Me arece que hay razón de sobra para desesperarse, i C cmer fuera de casa á los tres años y medio de casado! DOÑA F ORA. -Pero hija, si realmente necesitaba hacerlo... CONCHITA. -Aunque lo necesitase. Pues no faltaba más. Tíso si, le armé la gran trifulca. Y al volver, cuando me entregó- ¡el muy tuno! -una pasta que me había guardado, sin duda para hacer las paces, la tiré al suelo. DoS. i l i.O RA. -Iliciste nial. Nada ba que e. as cre á un hombre tanto como la sinrazón y la iniusticia; y debes reconocer ue no has tenido fundamento para mostrarte ante Agustín como una mujer intransigente é irascible. CONCHITA. (Dcsconccrlada. De modo que es él i quien lleva razón? I s decir, que he debido darle gracias encima. DOÑA FLORA. -No he dicho eso. Entre tu ¡iroceder, totalmente absurdo, y la mansedumbre de tu pobre hermana, hay un abismo. En el medio está la virtud hija mía. Procura hacerte cargo de tu yerro para enmendar sus consecuencias; siguiendo por ese camino te harás odiosa á Agustín, al ver que con tus puerilidades aparentas desconocer sus merecimientos. CONCHITA. (Muy compungida. i Ay, Dios mío! i No encuentro consuelo ni en el cariño do mi madre... 1 ¡Soy muy desgraciada... DOÑA FLORA. -Nada de eso eres muy tonta. Y para que veas la importancia que concedo á tus nimiedades, voy á tomar mi chocolate... que ya debe de estar bastante frío... Antes de que la dama empiece á realizar su intenDOÑA FLORA. -Desgraciadamente lo sé. LUCIA. -Que por las tardes se marcha de casa v no vuelve hasta las cinco de la mañana, largas de talle. DOÑA FLORA. -Lo sé, lo sé. LUCIA. -Pues bien anoche, espüiitáncamentc, vino á las dos y cuarto. ¡Figúrate con qué alegría le recibí! Tres horas antes que de ordinario... Estoy convencida de (ue empieza á regenerarse. Cambiará, se hará otro hombre. Como que no es malo, después de todo. En el Casino está todo esc tiempo, no te figures... De modo que ya va á entrar por el buen camino. -A San Judas Tadco le he llevado una vela de media libra, y como durante una semana siga viniendo Esteban á la misma hora, be ofrecido una novena á San Expedito... (Reparando en su Iierman- a, que aún sollorja en- iin rincón. Pero ¿estás tú aquí, Conchita? ¿Y muy apenada, por lo visto? DOÑA FLORA. -Ahí la tienes, dándose mal rato porque su marido no ha almorzado hoy con ella... iior primera vez después de tres años y medio... V- uestros dos relatos me recuerdan el caso de aquel chico, sempiterno revoltoso, á quien su madre reñía: Pero hijo, ¿por qué eres tan malo? Porque me das buena merienda el día que soy bueno. Y es que, por desgracia, el bien y el mal no son conceptos absolutos, sino relativos... En el habitualmente virttioso, la falta más ligera se reputa transgresión nefanda, mientras en el pecador recalcitrante tiene visos de laudable arrepentimiento hasta lo que pudo ser simplemente fatiga de pecar... Y ahora, hijas mías, llamad á la muchacha para que se lleve este chocolate; se ha quedado frío y, además, con estas filosofías, se me ha quitado la gana... AUGUSTO MARTÍNEZ OLMEDILLA. Dibujos de Martínez Abades.