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TODO ES RELATIVO r OÑA Flora hace calceta junto al balcón. Áurea; gafas, cuyos gruesos cristales biconvexos denuncian la presbicia senil de la señora, descansar sobre la punta de sus narices. Los dedos mueven, agilísimos, las agujas de acero, mientras los labios, desplegándose apenas en un bisbisear escasamente perceptible, van contando los puntos de la media. Er próxima mesita humea, sobre azafate de plata, uní jicara de aromático soconusco, traída momentos antes por la doncella. No bien termina la vuelta comenzada, doña Flora deja la labor sobre el regazo, despójase de las gafas, introduciéndolas pausadamente en su estuche, y, aproximando la frágil mesita, re quiere un j) icatoste y lo introduce con fruición en jicara. Pero la mano de la anciana queda inmóvil; ha vi brado, enérgico, el timbre de la escalera, y un senti miento vago de curiosidad, de incertidumbre- ¿po; qué no dé inquietud? -turba su reposo y corta ei flor su gastronómico regodeo. Oyese en el pasillo frufrutar de sedas al compá: de garbosas pisátlas y, á poco, penetra en el gabinet Conchita, la hija menor de doña Flora, con los ojo; húmedos como de haber gemido y la nariz enrojecí da como de haber tirado de ella repetidas veces er un acceso de dolor inenarrable. DoxA FLORA. (Muy asustada, dejando el picatas te abandonado á sus propias fuerzas, medio hundidí en el piélago de chocolate. ¡Concha! ¡Hija mía ¿Qué te sucederCoKCi- iiTA. (Dando rienda suelta á su dolor precipitándose en los braeos amorosos de su madre. Ay, mamá de mi alma! ¡Qué desgraciada S 03 I DoxA FLORA. -Pero, hija mía, por Dios, ¿cómo e eso? Anoche, á última hora, cuando nos despedíamos rebosabas satisfacción: creo que fué ayer mismi cuando por última vez me hablaste de lo feliz que eras... CONCHITA. (Entre solloeos. Y no mentía, mamá de mi alma. He sido feliz hasta anoche. Mejor dicho, hasta hoy por la mañana. DoivA FLOEA. -Bueno, explícate ante todo; es posible que sólo sean chiquilladas tuyas. CONCHITA. Sí, sí, chiquilladas! Sólo falta que no me des la razón. DOÑA FLOEA. -Si no empiezas por hablar como es y comedido que era él siempre; sólo salía conmigo y á su oficina; jamás fué de noche á ninguna parte, como no me acompañase al teatro. Era, en fin, un marido modelo. DOÑA FLORA. -En esa idea he estado siempre. debido... CONCHITA. -Verás. Tú sabes lo bien que nos hemos llevado Agustín y yo desde el día de nuestra boda. DoÑ- i. FLORA. -Lo sé. CONCHITA. -Sabes de igual manera lo morigerado CONCHITA. -Pues bien, hoy me ha hecho la primera gatada. ¡Y de menudo calibre que ha sido... Figúrate que esta mañana me enseña una carta de un amigóte- vaya usted á saber si la habrá escrito él mismo! -citándole para comer en el hotel Imperio, con objeto de hablarle de un asunto de interés. ¿Qué te parece? DOÑA FLORA. -Hasta ahora no veo nada malo. CONCHITA. -Pues nada... ¡Que se marchó á comer