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opresoras de la- libertad hasta en los más menudos- acatos de la vida. Eso de que el adorno y arreo masculino ha de componerse forzosamente de americana, chaleco y pantalón, es en verdad una cosa risible... La americana... -Pero i qué quieren decir esos gestos? -dijo al llegar aquí Apolito. ¿Que todo esto es irracional, disparatado, absurdo? ¿Que nadie hace estas cosas ni discurre de este modo? Pues yo os aseguro que no hay hombre que alguna vez no haya incurrido en una de estas pequeñas debilidades inconfesables. Lo que es que nadie tiene el honrado valor de contarlas como yo y de decir á sus amigos: Y o Iq hi e. Después de ciar una vuelta al sol, deteniéndome en todos los escaparates y pensando con delicia en mi amada, en la próxima entrevista... y en lo irreparable dirigí mis pasos hacia su calle, contento de vivir y sintiendo el alma ligera y satisfecha. A las doce había que pasar por delante de sus balcones, camb- ando desde la acera opuesta un saludo y una mirada a ectuosa. El amor en España exige estos pequeños homenajes. Quien no se presta á ellos, pasa por un ser escéptico 3 empedernido y se gana las antipatías de Is. s damas. i Qué mohín tan delicioso y qué mirada al gabán llegaron á mí desde el mirador! Aquella mirada quería decir: Me gusta. Cae bien. En esto siento que me tocaban en el hombro. Victoria, la doncella de Juanita Hermida, venía detrás de mí. -La señora desea que suba usted un momentito. Ha ido muy ternprano a los oficios y quiere dar un recado al señor. Lm segundo nada mas. Si yo dijera ahora que en aquel momento me olvidé de todo y que ciego de amor me precipité detrás de la doméstica, mentiría é incurriría además en un tópico abominablemente vulgar. Yo me hice cargo de todo, comprendí los enormes peligros que corría... y, sin embargo, eché á andar en pos de la doncella. La viudita me llamaba para decirme que estaba muy bien con el gabán aquel y que me quería mucho. -i Amigo! Se conoce que es hoy domingo de Ramos... Hay que estrenar algo á la fuerza... Después añadió: -No te quites nada si no quieres, pero siéntate. Hablaremos un poco y luego te vas. Pero al cabo de media hora de charla, Juanita oprimió el timbre y la doncella apareció delante de nosotros. -Victoria, el señor se queda á almorzar. Y luego: -Llévate su gabán á la antesala. Empezó entonces una lucha larga y tenaz en que ella apeló á todos los recursos de la coquetería femenina, á todas las habilidades y las astucias. Yo, á mi vez, agoté el repertorio de argumentos que suele emplearse en tales casos: la hable de ocupaciones ineludibles, de amigos moribundos, de Juntas, de personas á quienes había citado para hablar de negocios. Después, viendo que no conseguía nada ni con ruegos ni con súplicas, di un paso hacia la antesala, dispuesto á marcharme á la fuerza, Pero ella se puso delante de la puerta con los dos brazos extendidos y me dijo gravemente: -Mira, Hipolitin (me llamaba así) es inútilque quieras escaparte, porque la puerta está cerrada con llave. Te he dicho que hoy almuerzas conmigo... y almorzarás. Luego hizo un mohín de niña enfadada. ¡Vaya! Ya me harté yo. ni -Tengo idea de que propuse tímidamente sentarme á la mesa con el gabán puesto, y creo también recordar que entre las dos mujeres me despojaron de él, tirándome cada una de una manga, sin que yo opusiese ya ninguna resistencia. Hubo en ellas al pronto un movimiento de estupor. -al- ver surgir del gabán á üñ hombre en mangas de camisa, con un chaleco de cuadritos, que en otras circunstancias hubiera hecho su efecto, pero que en aquel momento n o m e servía absolutarfiente para nada. Inicié unas explicaciones ridiculas. En seguida- -de esto me acuerdo muy bien- -fué la doncella la que empezó á reírse la primera. Me cruzó por la imaginación la idea de cortar la escena de pronto con alguna interjección brutal ó con una serie de insultos groseros por donde se escapara mi despecho impotente; algo, en fin, que provocara en el acto una situación de otro género: un estallido de violencia que atrajera contra mí la cólera de las dos mujeres, pero que alejara instantáneamente el espantoso ridículo. Pero hasta para eso me faltaba el valor. Sentía ese total abandono de las fuerzas morales que se apodera de nosotros después de los grandes conflictos, de las luchas largas y encarnizadas. Es un estado de desfallecimiento de la voluntad; de indiferencia ciega, absoluta. El espíritu, hartó de luchar, se acurruca, p o r decirlo así, en el último rincón del cuerpo y deja á la materia abandonada, inerme, dispuesta á dejarse arrollar y aniquilar en la catástrofe inminente. Permanecía en pie en medio de la habitación; inmóvil, en mangas de camisa, con los brazos caídos á lo largo del cuerpo, el busto ligeramente inclinado hacia adelante y los ojos clavados en el suelo. Os parecerá absurdo é incomprensible que á pesar de lo grave de mi situación me distrajera un momento mi. rando los complicados dibujos de la alfombra. Cerca de mí, las dos mujeres r ían, reían implacablemente; sin parar nunca, sin disminuir la fre; scura y la insistencia de las carcajadas, que se sucedían unas á otras, cada vez más sonoras, más nerviosas y agitadas, hasta terminar en una especie de risa febril, convulsiva, mezclada de hipos y de lágrimas. Victoria, sin acordarse ya de las diferencias sociales, se había arrojado en un sofá, apretándose la cintura con las manos y ocultando la cara en el terciopelo del respaldo. Y la señora, con los ojos llenos de lágrimas, hablaba entrecortadamente, oprimiéndose el pecho jadeante, como si fuera á morirse allí mismo de asfixia, de ahogo... -Pero... hombre... de... de... Dios... j Qué idea ha tenido Usted de salir en esa facha... IV- -A los dos ó tres días recibí una tarjeta de ella invitándome para un almuerzo de amigos. E s e n confianza- -decía. -Venga usted de americana. La- frase venga usted de americana había sido cuidadosamente subrayada por la cruel, i Oh, no! ¡No iría! Aún me parecía estar viendo á las dos mujeres. abrazadas familiarmente en el mirador, llorando de risa y señalándome con el dedo, mientras yo desaparecía doblando la esquina más próxima... Tal vez había pensado en dar un almuerzo para contar delante de mí m mo la aventura á sus comensales de costumbre y para que todos aquellos imbé ciles se, rieran de m í a sü gusto. i Oh, n o! No Tes daría ese gusto... no iría... no volvería más. Renunciaba generosamente á la mano de doña Leonor. Después de todo. ¡bah! una cursi de provincia... Casi, casi me alegraba de que aquel asunto quedara definitivamente malogrado y perdido. Tomaría el tren aquella misma noche. Así como asi, ya empezaba á estar harto de Cáceres y. de la vida de Cáceres... -Toma, t o m a- -interrumpió Federico Lujan, -pero esta aventura ¿n c t e sucedió en Madrid? ¿En Madrid? -contestó. Apolito m u y serio. -i Quita, hombre! Si llega á sucederme en Madrid, me pego un tiro. MANUEL A G U I R R E DE CARCER Dibujo de Méndez B r i a g a S 3 4 5 6 7 B