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Vallín, á quien todos llamábamo Apolito- -no está uno nunca seguro de nada; el cnlüilasmo, la pasión, todo... lo tienen pendiente de un hilo; á la menor cosa, el hilo se rompe... y se quedan tan frescas. Muchas veces tenemos á una mujer medio conquistada; faltan unas horas para el completo triunfo, y de pronto, ¡paf! se nos va de entre las manos como una anguila. ¿Recordáis haberme oído hablar de Juanita Hermida, aquella viudita medio loca de quien yo anduve enamorado hace dos años? Como nosotros sonriéramos, Vallín continuó: -No; no creáis que voy á fantasear como otras veces. Cuando un hombre nos cuenta sus conquistas, se debe dudar de él por sistema; pero cuando confiesa alguna plancha ó describe algún fracaso, ¡oh! entonces se le puede creer á ojos cerrados. Y lo que voy á contar es un fracaso; un fracaso abrumador, de esos que en los primeros momentos obligan á pensar en el Viaducto y en las pistolas de repetición. Figuraos que desde hacía un par de meses había dejado la viuda su primitiva actitud hierática y me sonreía con cierto afecto desde lo alto de su pedestal. Era una mujer burlona, caprichosa y coqueta como un demonio, aunque á mí me pareciera un ángel, sin duda porque había empezado la famosa cristalización de Stendhal. Me encontraba en ese instante rosado y feliz en que, de un modo definitivo, empezamos á trazar planes y á acariciar esperanzas. Cada día avanzaba más en el camino que conduce a la deliciosa intimidad del amor, si bien no había aún entre nosotros lo que los franceses han definido y bautizado tan admirablemente, llamándolo lo irreparable No había llegado aún á lo irreparable, pero estaba delante de la puerta y me preparaba á empujar el picaporte. Sólo esperaba que me dijesen: Pase usted adelante Juanita me recibía á solas, haciéndome objeto de mil distinciones y complacencias encantadoras. Me preparaba el té á mi gusto, extendiendo con sus propias manos el dulce de fruta, hecho por ella, sobre las tostadas doraditas; cantaba para mí las canciones más graciosas de su repertorio; me pedía que la hablara de mis viajes y que la recitara versos, y en los momentos anteriores á la despedida, después del coloquio en voz baja y de las promesas tiernamente pueriles, me tomaba ella misma mis manos entre las suyas y se dejaba besar los ojos y la frente. Y todas las tardes, llegada lá hora de la entrevista, veía yo hundirse el ascensor en la escalera, después de dejarme delante de su puerta, y pensaba al oprimir el timbre: De hoy no pasa. Vallín hizo una pausa. Después prosiguió con cierta excitación: -Y ahora viene lo incontable, lo indisculpable, lo inesperado, lo bufo; lo que será causa de que me extendáis en el acto una patente de imbecilidad. Nadie está libre de cometer ciertas pequeñas ridiculeces y extravagancias, de esas que tienen por teatro la soledad de las habitaciones íntimas y que permanecen ignoradas hasta de las personas que viven á nuestro lado, bajo el mismo techo. Trataré de poner algunos ejemplos. Todos vosotros os peináis seguramente todos los días antes de encajaros la camisa con el cuello flamante y la corbata preparada. Y ¿qué sistema seguís para no deshacer luego, en un momento, la paciente labor del peine y del cepillo? No; no os riáis. Estos pequeños problemas se presentan á cada momento en la vida y es preciso abordarlos de frente. Yo confieso con franqueza que he resuelto esta dificultad por medio de un sencillo mecanismo: un sombrero de copa viejo, al cual he recortado las alas todo alrededor. Una vez que la raya ha quedado hecha y el pelo admirablemente alisado y planchado hacia atrás, me coloco esa especie de yelmo y sigo vistiéndome tranquilamente sin pensar en despojarme de él hasta el final de la toilette. Los solteros podemos hacer estas cosas sin incon- veniente ninguno. ¿Quién me ve á mí en ese adefesio? ¿No sucede toda la escena en el sagrado de mis habitaciones interiores? De un personaje elevadísimo- -muerto recientemente- -se cuenta que dormía con la luenga y sedosa barba envtielta en una especie de bolsa de seda con sus iniciales. Y á ti mismo- -dijo Apolito Vallín, encarándose con Federico Lujan, el diplomático, -á ti mismo te he sorprendido algunas veces dando enormes saltos en tu cuarto, sin moverte de un solo punto del suelo, como si estuvieras adiestrándote para un campeonato de altura. ¿Se puede decir por eso que no estés en tu cabal juicio, que seas un maniático y un mentecato? Si todos los días, al bañarte, penetra una cierta cantidad de líquido en tus oídos, y te deja medio sordo y has descubierto que el único modo de producir un áesagüe perfecto es dar media docena de saltos enérgicos, ¿no serías un infeliz si por miedo al ridículo te quedaras con tus gotitas dentro? 11- -Reconozco, sin embargo- -continuó Vallín, mientras todos reíamos á carcajadas, -que los títeres de 1 ederico, mí yelmo persa y la bolsa bordada del otro, son cosas apacibles y corrientes al lado de lo que voy á contar. Me explicaré. En los tiempos en que yo corría detrás de la viudita, usábanse unos gabanes anchos, enormemente, informemente anchos. Ya os acordaréis. Cuanto más amplio era el abrigo, más elegante y refinada era la persona que iba dentro. ¿Qué queréis? Esa es la moda. Fijarse bien en esto porque es muy importante. La antigua y secular lucha del hombre y del gabán había desaparecido para siempre. Con ella quedaban relegadas á la historia las clásicas escenas de antesala en que un amigo amable os auxiliaba en el trance de poneros el paleto dándoos mil sacudidas y tirones extraños. Los gabanes de moda entraban y salían deliciosamente, con la misma facilidad de aquellos grotescos macferlands que daban á los hombres el aspecto de un pájaro bobo. Pero el imbécil de mi sastre había equivocado las medidas y me enviaba desde Londres un over- coat ridiculamente estrecho, ceñido como la funda de un paraguas un gabán como los que acabo de describir, de esos que necesitan la colaboración de un amigo bondadoso y forzudo. Una irrisión... Preparábame un día á salir or primera vez con el tal abriguito- -era un domingo ie Ramos- -cuando me ocurrió de pronto una idea peregrina. ¿Y si prescindiera de la americana? Hice mis pruebas delante del espejo y pude observar que, de ese modo, el gabán me caía á maravilla. Aligerado el cuerpo de un volumen no despreciable, el pardessus londinense. descendía á lo largo de mi persona con la facilidad y la holgura de una toga romajia. Por detrás formaba un solo pliegue, recto, valiente; un pliegue q u e constituía precisamente el chic y la gracia en la moda de entonces. Di varias vueltas delante de la luna y sonreí satisfecho. Me puse el sombrero- -el de salir á la calle, no el yelmo, -tomé el bastón y los guantes, y volví á contemplarme- -lo confieso- -con cierta delectación. Parecía hasta más joven. ¿Por qué no había de salir así á dar un paseo? ¿Quién iba á inquirir si debajo del famoso gabán llevaba ó dejaba de llevar todo lo que prescriben los cánones de la indumentaria? Una ojeada al almanaque y el oportuno recuerdo de un refrán popular acabaron de decidirme. Domingo de Ramos, quien no estrena no tiene manos. Ya en la calle, me vi al pasar en el vidrio de un escaparate y me encontré delgado y esbelto. Decididamente, era una gran idea la mia. Empecé á pensar en ciertos convencionalismos sociales que convierten al hombre en esclavo de leves y de i- eelas estúpidas.