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un paso ligero y sonoro, le hicieron volver la cabeza. Tenía ante él una mujer esbeltísima, cuyo enorme chambergo acampanado no le permitió ver más que la parte inferior de una cara sonrosada, una boca fresca y de puras líneas; sólo cuando se alejó se atrevió á admirar su figura ceñida, enguantada, moldeada por un traje de terciopelo negro, y sus maneras sueltas y elegantes. Iba con una obesa señora de compañía en la que apenas reparó el joven; cuando desaparecieron las dos, él continuó su pintura pensativo y vagamente entristecido. A la mañana siguiente, al entrar en su sala, el corazón le dio un vuelco, porque advirtió la presencia de la desconocida, frente á un caballete, con su gran delantal de pintora, la paleta en la mano, con su lienzo ya dibujado: el Cardenal, de Rafael, y en el diván el manguito, la piel ornada de cabecitas feroces, el sombrero, los guantes, todos esos bonitos accesorios, suaves y perfumados, de mujer elegante. El pintor pudo sumergirse en la contemplación de su hermosura; se embelesó mirando su cabeza pequeña y erguida, de pelo rubio recogido en la nuca, en una gruesa trenza donde la luz ponía, en cada eslabón, un toque de oro vivo. Pero lo que más le impresionó fué ver en la desconocida una confusa semejanza de expresión con la de Monna Lisa, con su misteriosa gracia, su mezcla de dulzura y de ironía, con más la varia animación de la vida. Aquella mañana, la copia de Vinci adelantó poco. Al despedir- apareció fué en compañía, además de la señora obesa, de un buen mozo con todas las apariencias de novio. Alto, bien plantado, corrección británica, buenos ojos, tipo dominador, de esos que impresionan tanto á las mujeres; los inquisidores celos del enamorado no hallaban tacha que ponerle. Y los cuchicheos, las atenciones de él ayudándole á poner el delantal- blusa, la radiante alegría de ella, el cuadro olvidado. Rafael olvidado, el Museo, la señora de compañía el mundo entero olvidados... El procuraba olvidarlos también, abstraerse en su trabajo; pero le era imposible; empleaba el cobalto por el carmín, le temblaba la mano y lo veía todo turbio al través de la polvareda levantada por el derrumbamiento de un castillo en el aire. Se sentía furioso, despechado, como si le hubieran quitado algo suyo. ¡Ah, sí! Algo muy suyo le quitaban... Una ilusión y con ella todas las de su vida, inconsistentes como un jirón de niebla; su ilusión por Gioconda, su ilusión por el arte, por todo lo que había constituido sus esperanzas hasta entonces. El enamorado no ha vuelto al Museo. En los primeros tiempos, el terror de renovar con la presencia de la pareja sus sufrimientos, le inspiró la cobarde resolución de no parecer por alli. Y más tarde advirtió que aquella suspensión de su labor no le dejaba ningún vacío, que aquello no le llamaba ni le importaba siquiera. Es más. la idea de reanudar sus copias le causaba indominable tedio. se, la bella pasó junto á él con su sonrisa de Gioconda, y el corazón del muchacho latió bajo el aletazo de la felicidad que se remontó en seguida con vuelo inabordable de cóndor. ¿A qué contar paso á paso la vieja historia de un amor nuevo? Y un día, el joven, impaciente porque el objeto de su muda adoración no llegaba, no apartaba los ojos de la puerta, muy en daño suyo, porque cuando ella Se acabó, se acabó. No volverá á coger los pinceles, deseados antes como una varita mágica, ni á pasar las horas embelesado ante los lienzos inmortales; no volverá á sentir un estremecimiento de felicidad al subir la escalinata del Museo, junto á la estatua ceñuda de Goya. Aun cuando haga poco tiempo de su episodio sentimental, su vocación está ya lejos, como todas las venturas irremisiblemente perdidas en el pasado. M. RAS. Dibujos de j uan Francés,