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GIOCONDA ÓMo la vocación del arte, si no es ferviente y se gura, el norte de la vida, casi un culto místico, decae y cambia ni más ni menos que las demás cosas externas, al vaivén de los acontecimientos- -esos invisibles cuyo poder dispone de las criaturas- -lo aprendió el discípulo por sí mismo, á su costa, como, se aprende en el obscuro, complicado y fuerte libro de la existencia. Porque de chicuelo, en lugar de estudiar su lección ilustraba las páginas con monigotes absurdos, la madre, atenta á descifrar en estos signos el enigma del porvenir, lo bautizó Velázquez futuro y lo envió á una Academia, donde el muchacho se aplicó á dibujar ojos y narices con tanto entusiasmo como si de ello dependiese la salvación de su familia. El era el primero en creer los augurios maternos y en esperar con la llegada de la juventud algo trascendental y deseado, i Maravillosas perspectivas las de la infancia, profundas y pcrdida. s en una penumbra de oro! Fué buen alumno, aolicadito, puntual, asiduo, de esos de cuya raza salen más copistas exactos que pintores originales y vigorosos. Su mayor recompensa fué su entrada en el Museo del Prado para copiar, el mismo día que cumplió diez y siete años. Iba allí como un devoto al templo, el alma llena de concentrada ventura; subía, mirando al pasar la figura ceñuda de Goya; se detenía junto á la barandilla de la escalinata para contemplar los sombríos abetos del parque y entraba, por fin, con la plenitud del corazón del que hace á un tiempo lo que debe y lo que quiere. Poco á poco, el Museo se le fué haciendo familiar, como su propia casó. Trabajaba un par de horas y se iba á dar una vuelta por las demás salas para distraer su descanso, mirando los cuadros originales y las copias de los demás. Le agradaba también observar los tipos cuyas líneas no sabía asir y fijar su lá- piz en la perenne metamorfosis de la realidad. Siluetas de extranjeros raros ó elegantes, fisonomías admiradas ó aburridas, provincianos, muchachos del colegio, señoritas con sus papas haciendo comentarios en voz baja y tímida, y el gran público heterogéneo de los jueves, empleados, novios, obreros, las gitanas de gracia ondulante, con sus más vistosas galas para ofrecerse de modelos... Luego, los copistas, tan diversos, unos por arte, otros por oficio, aquellos por snobismo, éstos como recurso de distracción, por hacer algo, por aliviarse el tedio ó la neurastenia; españoles y extranjeros, pacientes como benedictinos, y nerviosos cuya obra estaba bien al principio y mal al término; jovenzuelos llenos de entusiasmo y hombres maduros que iban á ganar el pan de sus hijos. No se veían apenas cabelleras románticas ni pipas, al uso de los legítimos pintores de la bohemia, pero abundaba aquel sello común y peculiar, el aire de artista, indefinible, pero positivo. El futuro Velázquez, por su parte, creía tenerlo suficientemente gracias á su sombrero flexible, á su caja de pinturas pendiente del hombro por una correa para que no le estorbase cuando iba en bicicleta al Museo, á su chalina, anudada con estudiado descuido, y á su expresión distraída de soñador. De fisonomía atrevida, que ocultaba una timidez real, hablaba apenas con sus compañeros de sala y menos aún con las compañeras. Si algún visitante se detenía un instante ante su lienzo, se sentía enrojecer y el pincel temblaba un poco en su mano. A los dos años de trabajar en el Museo se atrevió á copiar la Gioconda, de Vinci, un antiguo anhelo de adolescente. Empezaba á manchar el lienzo cuando una tenue ráfaga de perfume, uu rumor de faldas,