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i LOBITOS A L salir de Panamá, navegando en el Océano Pací fico, el vapor no se detiene en puerto alguno hasta llegar á la costa del Perú. Antes, Guayaquil era la estación obligada de toda grande embarcación, y era forzoso pasar un día y una noche en el majestuoso y pintoresco Guayaga sufriendo los rigores de un sol de equinoccio, las mortíferas picadas de mosquitos venenosos, y no teniendo otra distracción después de haber contemplado la tierra inmediata, maravillosamente exuberante, que pasar las largas horas calurosas esperando la catástrofe que con frecuencia acontece; esto es, ver á los verdes y monstruosos cocodrilos volcar las balsas de los indígenas y devorarlos ferozmente. Hoy se mira con indiferencia á Guayaquil; más aún, á los viajeros procedentes de este puerto se les somete á rigurosa cuarentena. Esto se debe á los americanos, que han transformado al P a n a m á tan mortífero de antes en un lugar salubre. Conforme nos aproximamos á la costa peruana, se apacigua el rigor del calor. El sol tórnase clemente y nos abrasa cálido, tiernamente, sin ardor infernal. El b a r c o se desliza, la onda marina es suave, ondula sin remolinos ni crespaciones; interrumpen su monotonía rítmica ne g r a s icabecillas que asoman á la superficie del mar para ocultarse ligeras y juguetonas. No t a r d a en aparecería playa arenosa, silenciosa y solemne en su triste aridez. Las siluetas de los cerros de arena sucédense alineadas como un cromo: las hay de oro, blancas como hacinamientos de osamentas, verdes cual los campos de musgo y rosadas como el crepúsculo del sol poniente. No tarda en detenerse el barco, el Ucavali, el primer buque peruano mercantil. Hemos llegado á Lobitos. Hace aún corto tiempo que este arei ial se hallaba inhabitado, y á él acudían pequeños lobos á regocijarse con las emanaciones de p e t r ó l e o que Eor algunas, partesXse Un vendedor deslizaba tiasta perderse en el mar. Hoy los lobos han huido amedrentados, y una gran Compañía americana se ocupa de la explotación. Los hijos del país se puede decir que no sacan utilidad alguna en esta empresa, á pesar de lo poderosa y rica que es; pues se les paga un salario mediocre, el cual vuelve á parar á la Sociedad explotadora, quien provee á los obreros de todos los artículos que pueden necesitar para la vida; pues tienen el acaparamiento comercial. Multitud de castillos como pequcñitas torres Eiffel protegen los pozos donde vierten el petróleo. La profundidad de éstos varía de 300 á i.ooo iUerrOb. El diámetro de las perforaciones es de 18 pulgadas, las que llegan á reducirlas hasta seis. La Sociedad importadora del petróleo de Lobitos e s t á instalada en grande, como suele suceder con todo negocio emprendido por los americanos, y nada f a l t a para amenizar la vida de los empleados que compense el apartamiento de l a s c i udaáes. Hay un club, una sala de lectura, donde no se desconoce BLANCO Y NEGRO, una sala de billar y otra de baile, una iglesia, una farmacia, vma escuela sólo para varones y un teatro donde representan l o s obreros. Lo que allí no existfe es un hospital, y no es extraño, puesto que jamás ha habido enfermo alguno, y, al contrario, las afecciones bronquiales desaparecen por completo. ¡Qué hermosa estación de curación formarían aquí l o s europeos! pensamos pero Lobitos, aunque ya no es residencia de lobos, está muy lejos, muy lejos de 1; civilización europea. Aquí, en el arenal fructífero, no lanzó su mirada el León de Castilla, y ni los conquistadores primero, ni los virreyes después, descubrieron esta riquf a, que estaba reservada a ¡os grandes mercaderes de América. en Lobitos. EVANGELINA.