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áureos resortes, introduje la llavecita en la cerradura... y, no sé por qué, sediento al borde de la fuente, separé mis abrasados labios de las frescas linfas, me abstuve de beber... retiré mis manos, que temblaban... y he de decirlo: me acometió un escalofrío de terror al toparme cara á cara con el misterio, con aquel misterio de ultratumba, cuyos sellos iba yo á hacer saltar para bucear en su seno... Puerilidades. Necios é injustificados escrúpulos eran aquellos repulgos míos. Lícita era la acción; acaso, acaso con ello cumplía un deber, algún postumo encargo de la pobre tía muerta, un acto de reparación quizá... Abrí la cajita... En su áureo seno bruñido encerraba un liviano paquetito de papeles atado con una cinta de seda, una carta dirigida A mi sobrino Enrique á mí, y media docena de peluconas mates, obscuras... Más que la carta, me interesó el paquete: la curiosidad me empujaba hacia él como sorbido por el misterioso envoltorio; desaté la cinta, deslié el recio papel de barbas que lo envolvía y bajo él apareció otro en el que borrosamente, con letras apenas visibles, rodeadas de un nimbo grasicnto... ¿estaría ello escrito con sangre? -se leía: ¡Para la vida. -Para toda la vida. -Para la vida y para la muerte. -Para la muerte... ¿Qué era aquello... ¿Un hechizo... ¿Un conjuro... ¿Sería fundada la fama que tía Cristeta tenía de bruja entre las malas lenguas, fama en la que jamás creí yo ni creyeron los míos... Aquellas herméticas palabras, fatídicas, ominosas, aumentaron en mí la impresión de terror experimentada al principio de mis inquisiciones; pero una vez más me sobrepuse á ella, y aunque no sin cierto recelo, deshice también la grasicnta envoltura... Sobre la mesa cayó un retrato, y al seco golpe de la cartulina sobre la madera respondió en el- campanario de la cercana iglesia el angustioso doblar de las campanas en destemplados tañidos lastimeros... Miré el retrato y apenas pude reprimir un grito de horror. ¡Era don Carmelo! Sí; el don Carmelo de los ojos soñadores y hermosos, el del peinado á lo Amadeo; no el de las pupilas encarnizadas ni el enfermo crónico del corazón... Don Carmelo era: joven, apuesto, elegante, tal como lo re- presentaba la fotografía, hermana quizá de la que yo mil veces había visto en mi casa, en el historiado álbum, decoro de la salita provinciana... Don Carmelo era; pero, ¡cielo santo! Un algor de muerte recorrió todo mi cuerpo, un espanto horrible se apoderó de todo mi ser: nublóse mi vista, temblaron mis manos... Recordé en aquel momento que era por él, por don Carmelo, muerto e! día anterior, por quien doblaban las campanas, y aquel hallazgo se me antojaba aparición, como si el difunto surgiera ante mí, esperando, implorando, exigiendo... Tomé el retrato en mis manos, y sintiendo que mi terror llegaba al ápice, observé que los ojos de la imagen habían sido taladrados con un punzón, con un hierro enrojecido por el fuego... y que sobre su corazón, atravesando la placa de la Gran Cruz que lo honraba, estaba clavada una espina, una aguda púa de acacia, hincada ferinamente, traspasando la cartulina, doblándose sobre ella... Entonces, frenético, abrí la carta de mi tía, ansioso por descifrar de una vez tan horripilante misterio, y leí con avidez aquellos apretados, duros, reposados caracteres, que decían: Sobrino: Hasta la muerte; pero no para después de la muerte. Arranca esa espina que ha mordido y punzado largos años un corazón desleal; no prolongues su tormento más allá de la vida... Quema ese retrato, como yo quemé sus ojos traidores, y llegue la hora del descanso para quien cruelmente, sin razón y sin piedad, me burló un día. Sepulta en tu pecho este secreto; cumple mi encargo no te mofes de lo que no entiendes y acepta estas onzas como pago de este último servicio. ¡Que Dios nos perdone á todos! -Cristeta. ...Arranqué la espina cuidadosamente, piadosamente; quemé el retrato... y creí sentir en mis oídos un i ah! de satisfacción, de descanso, de reposo... No me atreví á tocar las onzas. Volquélas sobre un papel, lléveselas al cura y se las entregué diciendo -Padre: emplee usted esto en sufragios por el alma de alguien á quien mucho amaron y mucho aborrecieron, y por la más desventurada de quien deseó hacer mucho mal... ¡y Dios sabe si lo hizo... VICENTE DIEZ DE TEJADA. Dibujo de Méndez Bringa.