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representar la estatua? y en este punto no he vacilado desde el primer momento en considerarla como representación de la diosa Ceres. Lo indican la serenidad augusta de esa matrona sentada, en que se determina la amplitud de forma de la mujer que ha rendido tributo á la maternidad; la suave melancolía que expresa el rostro, con la boca entreabierta, los ojos velados por la sombra intencionalmente acentuada de los arcos superciliares; la disposición del manto, velando la cabe a Y estas consideraciones, q u e á primera vista parecerán algo sutiles, s e confirman volviendo la vist a á 1 a única estatua a n tigua comparable: la Démeter de Cnido, existente en el Museo Británico y de la que hay un vaciado en nuestro Museo de Reproducciones artísticas. Esta hermosa producción griega e s también de una matrona de amplias formas, también sentada, también envuelta en su manto, también grave y solemne, con el más sublime y mudo dolor pintado e n e 1 rostro, por lo que se le ha llamado con razón la Mater doloroso, d e 1 arte antiguo; porque representa á Demeter (la Ceres romana) personificación mitológica de la Tierra, la madre en su más alta y amplia concepción, en los momentos de su dolor sublime al verse despojada de si, i hija Cora (el fruto) que le arrebató Hades (Plutón) dios de las tinieblas. Trasunto d e e s t a bella creación griega es la escultura emeritense, y su autor no solamente siguió el modo de representar á la diosa en cuanto á su concepción plástica, sino también en cuanto al estilo, pues así como en la Démeter de Cnido, producción notabilísima del siglo iv antes de J. C se reconoce con razón la tendencia que al arte señaló el escultor Escopas, creador del elemento patético ó expresivo, lo que se advierte sobre todo en el rostro, con la boca entreabierta y los ojos acentuados, as: también el autor de la Ceres de Mérida procuró seguir esta misma tendencia del maestro de Paros, ajustándose á su modo de dar expresión al tipo propuesto. A la misma tendencia obedece la famosa Venus d e Milo, cuyo rostro guarda por lo mismo grandísima semejanz a con la estatua de Mérida, lo que confirma también su mérito. Tenemos, pues, en esta bella estatua una Ceres que no vacilamos en denominar hispano- romana, pues el trabajo y el estilo, con valientes acentos en pliegues y otros detalles para producir efectos de claroscuro dentro de la tendencia pintoresca del arte romano y de los caracteres de la escultura emeritense, como acreditan otros ejemplares, la ofrecen como aca- bada obra de aquel pujante periodo del arte nacional. Ocupaba verosímilmente esta figura en el teatro de Mérida uno de los intercolumnios del lado izquierdo del escenario, donde la presencia de Ceres (la Démeter griega) se justifica por la importancia que los Misterios de Eleusis tienen en los orígenes del teatro. Dicho escenario fué reconstruido por el emperador Adriano, según cierta inscripción de que hay restos y referencias, de modo que de su tiempo debe datar la estatua. Hállase ésta hoy en el Museo de Mérida mientras se intenta la reconstrucción del teatro romano, donde tiene su sitio. Al ser descubierta estatua de tal importancia consideré que no debía faltar su reproducción en la Exposición Arqueológica de Roma y, con efecto, ha sido vaciada para que puedan admirar en aquel Certamen internacional obra tan bella del arte hispanoromano, cuya importancia es excepcional en los fastos de la Arqueología española. JOSÉ RAMÓN M E L I D A