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los instrumentos (cosa reservada para casos contados) La llamada de honor invitó á los jefes y oficiales á ocupar sus puestos, y mi vista se dirigió al sitio en que piafaba inquieto un soberbio alazán tostado (que parecióme la torre de Eiífel) pugnando por desasirse de dos ordenanzas y un gastador, que sujeto lo tenían por la cabezada, la baticola y los estribos, ansiosos de verse libres del bicho. Confesaré mi inocencia: nada sospeché; antes bien, sentí halago. Tan hermosa estampa y los vistosos arreos de gala eran motivos bastantes para complacer al más exigente, y colocando el pie en el estribo, con gesto enérgico despedí á los chicos. Anuncia el cornetín de órdenes la salida de la bandera, y rompe la charanga á mi lado la estrepitosa Marcha Real, al propio tiempo que, sorprendido, patina mi caballo sobre las bruñidas baldosas, declarándose en fuga los artistas, que trataban de salvar sus personas é instrumentos. Durante largo rato hice equilibrios superiores á un jefe de Infantería, hasta que, tranquilizados todos (menos yo) salimos al compás de La patente, llamando desde lue o la atención del público la fogosidad del caballo del jefe y lo buen jinete que debiera ser quien así obligaba aquellas lanzadas, corvetas y trancos sobre resbaladizo empedrado, de todo lo cual, como comprenderá el lector, no era yo el responsable, por más que iba á resultar el descalabrado. Extendida la formación, no cesaba de ir de uno á otro extremo del cordón para abrir así la válvula de expansión de la máquina infernal que debajo tenia, ya que no podía decirse que montaba y menos guiaba. ¡M u y b i e n! ¡Bravo! Cuidado! ¡Prudencia, señor jefe! ¡Atna... ¡Ay, madre... Voces, gritos y silbidos por doquier que iba, siendo así que yo no iba á parte alguna. De pronto yergue el bruto la cabeza, echa las velas hacia adelante y tras formidable relincho corremos veloces hasta verme adherido á los dos lanceros que, como ordenanzas, escoltaban al general, costándome gran trabajo separarle de sus compañeros de cuadra tras sendos retozos, que menoscabaron mi flamante indumentaria. Vime solo, abandonado de ¡os demás jefes, que, temerosos del contagio, declaráronse mis antípodas, y en medio de apiñada multitud, que con candoroso entusiasmo me jaleaba con oles por el sport, mientras yo preveía un próximo y trágico desenlace... ¡Dios mío! ¿Qué pecado había cometido... III EL PASO DE LA PROCESIÓN nes, serenándose mi espíritu conforme veía que el bruto (suprimo el adjetivo noble) sólo daba señales de alarma cuando pasaba algún pendón, estando al quite mi cornetín de órdenes, que con mucho respeto me contaba cuanto de estropicio y daño llevaba causado el animal, rompiendo algunos cristales y propinando varias coces y pisotones. Todo lo daba yo por bien empleado raientr? no pasaran de ahí las cosas. El profesor de equitación del regimiento de Caballería hízome ver el grave riesgo corrido y la temeridad que fuera el seguir montado en un potro recién domado, con querencia á la cuadra y con indicios de vértigo, excitado por el golpeo en las patas de la vaina del sable y extrañando el nuevo bocado. Tales razones me convencieron (ya lo creo) pero... ¿qué diría el batallón... ¿Cómo no regresar con él al cuartel... Hallábame en perplejo estado de ánimo cuando, al sonido de unos clarines, salí de mi vergonzante refugio disparado, atropeílando la barrera le público, derribando sillas y tablones con infernal estrépito y acallando el grave canto llano que entonaba el clero tras la Custodia, encontréme prensado en medio del escuadrón del piquete, entre atronadores relinchos de los compañeros de mi cabalgadura. Así desfilé, violento y contrariado, por delante de la carrera formada por mi batallón. IV A LA CUADRA ¡Ya está aquí... Ya se ve... Abandoné el arroyo y, queriendo situarme en una esquina, encontréme dentro de un portal. Allí quedé sumido en serias reflexio- El martirio toca á su fin. Ya está el batallón formado en la plaza y yo á su frente, con la pelleja algo macerada y algunos desgarrones en el uniforme. Sólo resta el desfile por delante del general, que se encuentra á corta distancia escoltado por un lucido cuartel general; el público espera con curiosidad el paso de los marciales Cazadores. Doy estentórea voz de frente. y al ir á soltar la ejecutiva mar... rompe la charanga su Patente y... ¡Santo Dios! qué manera de pasar ante mi vista, cual cinematógrafo, plazas, calles y casas... Ignoro adonde voy (ó me llevan) y, cual el apóstol Santiago, vuelo por el espacio espada en mano, arrollando compactas masas de atónitos y sorprendidos. ...jAh, sí, allí está el cuartel de Caballería, al que me dirijo flechado! Muchos brazos se agitan tratando de detener mi caballo; brinca éste sobre dos ó tres soldados de la guardia y, penetrando resueltamente en el edificio, se detiene ante su pesebre... ¡Encontréme espada en mano, con galas, cruces y condecoraciones, y los ojos fijos en la tablilla, que decía: Guasón... ¡E r a el nombre de mi verdugo. ARTURO A L S I N A N E T T O De nuestro Concurso: Lema: Povedaiio