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D E S D E LA CABEZA DEL BATALLÓN AL PILÓN DE UN P E S E B R E C I, señores: tal como lo oyen ó, mejor dicho, lo leen ustedes, y de la verdad del suceso les respondo, como que fui el protagonista de tan ruidoso espectáculo. Tranquilícense aquellos que, á la vista del título de estos renglones, se aprestaron á defender la clase, pues me limito á confiar al papel una peripecia ocurrida con mi humilde persona, satisfaciendo una vez más la manía (huena ó mala) que me domina desde hace nniclios años de apuntar las más salientes imjjresiones de mi vida militar, encontrando en ello un desahogo al escribirías y un inefable placer cuando, transcurrido algún tiempo, las leo, pues vaciadas á raíz del hecho resultan de acentuado sabor, como amasadas al calor de la impresión, con el jugo de la verdad y el fiel sentimiento que me dominaba al ocurrir el suceso, rebosando detalles que, señalando el verdadero colorido, me regocija ó apena, pero siempre remozando mi espíritu, como páginas de mi vida, como recuerdos de un pasado. I YA CO. SE UI CABALLO Se aproxima la solemnidad del Corpus Christi. Mi batallón cubrirá la carrera; los constructores no dejan de la mano los capotes, roses y fornituras; se estrenarán cornetas, y á la formación asistirá todo el mundo: destinos, rebajados, ordenanzas y asistentes. El músico mayor me ha dedicado el pasodoble titulado La patente del cterano con motivo de la concesión de la placa de San Hermenegildo, tocándose por la charanga á la ida y á la vuelta. En fin, nada se omitirá para que los Cazadores queden bien ante propios y extraños. ¡Buen personal, muchas plazas, nutrida charanga... Y ¿por qué no decirlo... Una oficialidad entusiasta y llena de ilusiones, que ansia la llegada de la formación con pueril impaciencia, si así se juzgaran tales demostraciones, que son, por el contrario, evidentes señales de amor á la profesión y muestra del más elevado espiritu de cuerpo. Almirante nos dice: La milicia es un conjunto de pequeneces. Por mi parte, confieso que me henchía de gozo al pensar que iba á colocarme al frente de tan apuesto y marcial batallón. Sólo una contrariedad nublaba la mente del primer jefe: su buen Peralta e- staba cojo y no era fácil que sanara antes de tan deseado día; era una seria desgracia la falta de animal tan dócil y seguro... ¡Ali, qué idea! El coronel del regimiento de Caballería, que también guarnece la plaza, es amable, é indudablemente prestará un caballo para la formación. Salirle al encuentro y exponerle mis deseos fué cosa del momento, rogándole que no me endilgara un penco. Oyóme el veterano con afabilidad, y, poniendo la mano en uno de mis hombros, asi contestó: -Pues sí, señor; llevará un caballo digno de un jefe de Cazadores: noble, dócil y de buena estampa No quise oir más, y, deshaciéndome en cumplidos, agoté cuantas frases de gratitud acudieron á mis labios hasta perder de vista á mi salvador, al compañero generoso... ¡Bien por los hijos de Santiago... En verdad que no volví á acordarme del asunto hasta el mismo día de la formación, en que muy temprano me notificó mi ordenanza, loco de alegría, la presencia en la cuadra del cuartel de Cazadores de un animal muy grande, y ¡Santo Dios, qué valiente... En las dos horas que allí estaba había mordido á los caballos de los otros jefes, dado un manotazo al carrero y una coz á un asistente, pero que ya lo tenían amarrado corto (ocultándome que en el trayecto del cuartel de Caballería había atropellado á un niño) Según luego me enteré, el pobre animal llevaba dos días de aislamiento de sus compañeros, pues estaba destinado para un jefe de pistólos que ya mandaría or él... Asi salió de la cuadra acosando á todos, y así entró en el cuartel de Infantería bípeda. esto es, sobre las patas... Supe asimismo después que en la nueva cuadra fué el terror de los chicos, sujetándolo entre todos para enjaezarlo, operación laboriosa y arriesgada que terminó poco antes de la formación, encontrándose la fiera perfectamente lista y dispuesta para... cualquier barbaridad. II A C U B R I R LA CARRERA Suena la hora de la formación y, cinco minutos después del toque de llamada, comparecen en el embaldosado patio las compañías radiantes de esplendor y satisfacción, con trajes nuevos, deslumbrantes dorados, comido el suculento rancho y formando ¡40 hileras en cada una, Así se traslucía en el semblante de los apuestos capitanes un placer rayano en orgullo. Por su parte, la charanga había bruñido