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-Mira, mamá; mira qué gallinas más monas, i Ho! ¡pió... Pasaba el tiempo. El jefe no se daba cuenta de que había transcurrido el mmuto reglamentario. Pitó la máquina, sonó dos veces la campana del coche correo. Des e los vagones de tercera una voz aguardentosa protestó. -Eh, amigo... ¿Es que hay parada y fonda? Al fin se le acercó Pin, un poco asombrado de semejante olvido. ¿Qué, don Carlos? Lanzó un suspiro. -Sí, anda... Pm se abalanzó á la campana; dio tres tirones. Pitó la locomotora. Hubo un temblor de hierros y el tren salió de la estación de Abulia. Desde una ventanilla, la manita gris se despedía de las gallinas. -Adiós, gallinitas, adiós... ¡Que seáis buenas! Carlos Álenjivar permaneció mucho tiempo inmóvil en el andén, sin acordarse de que tenía que quitarse la levita y hacer un garabato blanco en el hule negro y oprimir el timbre del telégrafo. Por primera vez, desde que era jefe de estación, se dio cuenta de esa cosa tan brutalmente triste que es un tren marchándose. III Desde entonces no vivió sólo para el horario de los distintos trenes. Vivió para algo más; para dos momentos anuales de infinita alegría y de suprema tristeza: á primeros de Julio pasaba la mocita rubia en el correo de Asturias, tal vez hacia alguna playa brumosa; á últimos de Septiembre volvía á pasar, un poco más morena, tal vez hacia tierras de Castilla. ¿De dónde venía? ¿Adonde iba? ¿Cómo se llamaba? En cinco años varió mucho. Se hizo mujer; su rostro, sus ademanes adquirieron cierta seriedad, cierta suave melancolía, bien distintas del aturdimiento infantil que mostró en el primer viaje. Y siempre sola, con su madre, en el reservado de señoras. Carlos pensó en los hombres que se encontraría aquella mujer en su camino, en la preferencia que tal vez concediese á uno de ellos, en la boda posible... y unos celos impetuosos, irreflexivos, le hicieron llorar y morder sobre la almohada en las cruentas noches de invierno, bloqueada la estación por la nieve. Y una vez no pudo contenerse. Fué al pasar el correo ascendente, un 5 de Julio esplendoroso y alegre. Ella iba asomada, como siempre, á la ventanilla. Menjívar se acercó inconsciente, sin darse cuenta de lo que hacía. -Usted perdone, señorita... ¿Se llama usted María? Ella le miró asombrada. Luego se echó á reir. -No... ¿Por que? -No, por nada... Tonterías... Usted no se acordará de que hace cinco años me preguntó usted cómo se llamaba este pueblo y la hizo mucha gracia... Me pareció que luego su mamá de usted la llamó María. ¡Ah, sí... sí... Es verdad... Pues no; me llamo Sagrario. ¡Ah! JSIo pudo decir una palabra más. Pin dio la salida, según tenían convenido de antemano para no faltar al reglamento, y el correo de Asturias desapareció en la brusca revuelta de la vía, camino del túnel. IV Primero hubo un alarmante tintineo del telégrafo. Después llegó un hombre á caballo y gritó: -i Un descarrilamiento! El correo de Asturias ha descarrilado junto al kilómetro 517. Hay muertos, heridos... Llovía desde comienzos de Septiembre, y era 2 de Octubre. Carlos Menjívar se abalanzó al telégrafo, dando la noticia á la estación inmediata. Así, de un pueblo á otro, corrió el grito de angustia bajo la lluvia tozuda. -Pero... ¿cómo ha sido? -Nada, la lluvia de estos días... Un desprendimiento de tierras... Yo me vuelvo allá... El crepúsculo se adelantaba con la lluvia. Anochecía rápidamente. Carlos Menjívar se agarró á la brida del caballo. ¡Bájate! El hombre le miró estupefacto. ¡Pero... don Carlos... ¡Que bajes he dicho! Lo dijo de tal modo, que el hombre obedeció. El jefe de estación montó sobre el caballo, y sin despedirse taloneó los ijares, húmedos de sudor y de lluvia. Fué una carrera loca y desalentada, devoradora del espacio á través de la noche lúgubre. Resoplaba el animal, enloquecido por los taconazos de Menjívar. Atrás quedaban los postes, vibrantes y sonoros, que sostenían palabras de horror y de esperanza. Menjívar repetía el nombre adorado: ¡Sagrario! Sagrario! Al fin llegó. El tren yacía destrozado al borde del abismo. Los primeros vagones, con la locomotora y la ambulancia de Correos, se derrumbaron. En lo hondo brillaban mortecinas las linternas, se oían lamentos, rebullían sombras... Menjívar desmontó y bajó rápidamente, buscando los coches de primera clase. Tenía que abrirse paso á codazos y empujones; tropezaba con hombres que conducían heridos, con hombres que intentaban, levantar maderos astillados y que buscaban en el suelo fangoso y sangriento con las linternas. Se acercó á un guardia civil. ¿Hay muertos? -No sé... Dicen que sí. Eran momentos de horror y de confusión. Nadie sabía nada. Gemían los heridos, y la lluvia tozuda, implacable, seguía cayendo... Sin saber cómo se encontró con el cuerpo de Sagrario, que llevaban dos hombres. Iba muy pálida, desmayada ó muerta. En la frente blanca resbalaba un hilo de sangre que obscurecía la cabellera rubia. ¡Sagrario! ¡Sagrario! ¡Quietos! ¡Esperaos un momento! ¿Va muerta? -Paezlu -dijo uno de los hombres deteniéndose. ¡PobrinG... -Tan maja comu ye... -comentó el otro. Carlos Menjívar cayó de rodillas, y enloquecido, frenético de dolor, cogió una de las manos que arrastraban por el lodo sangriento, una de aquellas manos que se agitaron cinco años antes despidiéndose de Abulia por primera vez, y la besó respetuosamente... JOSÉ FRANCÉS. Dibujo de Méndez Bringa.