Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
zando. ÍL n ei recodo del camino apareció el. guardaagujas, que volvia de su puesto. Menjívar suspiró nuevamente mientras empezaba á desabrocharse la levita de uniforme. E n t r ó á su despacho y se quedó en mangas de camisa. Después se acercó á la mesita del telégrafo, llena de ruedecillas, de timbres, de cintas azules enrolladas, y avisó á la estación inmediata la salida del tren. Ya hasta las cuatro y cuarenta y tres no pasaba o t r o u n mercancías sucio y viejo que se detenía media hora tajando la visión gris de los montes fronteros. Se puso la americana y salió al andén. -H a c e sol, ¿eh, don Carlos? -dijo el mozo de carga y descarga. -Sí- -contestó el jefe de estación. -Kalta hacía- -comentó el guardaagujas. N o hablaron más. El mozo siguió tumbado en el banco. El guardaagujas empezó á picar una colilla de puro, tirada sin duda desde alguna ventanilla del expreso. El jefe empezó á pasear delante de la casa gris, con su cerca de tablas y el pozo á un lado, y dos vagones, que se pudrían bajo la lluvia y el sol de varios años, al otro. bVente al edificio de la estación había u n maizal, y más detrás el monte erizado de castaños. A la izquierda empezaban los túneles del Puerto. L a estación era como todas, con su aspecto de casita de cartón: la puerta en el centro, que conducía á la carretera; la sala de espera adornada con carteles de aguas minerales y de combinaciones ferroviarias; la báscula, casi innecesaria; la taquilla de billetes, el reloj jánico y un tablero de hule negro donde el jefe escribía jeroglíficos. N a d a más. Ni cantina, ni tiestos en las ventanas del segundo piso, ni risas de chiquillos ó sonrisas de muchacha como en otras estaciones. Porque allí no había mujeres. E l m o z o de equipajes era viudo. El guardaagujas debió sufrir, cuando prestó servicio á la patria en un regimiento, algún terrible desengaño, porque sentía profundo desprecio hacia la mujer, y Carlos Menjívar tuvo que pensar antes en ganarse la vida que en buscar el amor. Y pasaban los días, y las semanas, y los meses, y los años... Los tres hombres se iban haciendo viejos, olvidados de la vida que á horas fijas pasaba ante sus ojos en un vértigo de caras sonrientes, de rostros malhumorados, de militares que decían cuchufletas desde las ventanillas de tercera y de alguna silueta inmóvil y triste detrás de los vidrios empañados por el calor de dentro. O la m o nótona lentitud de los trenes de mercancías, con sus furgones simétricos de carbón 3 sus jaulas mal olientes donde se hacinaban las reses de ojos lánguidos, camino de la muerte. Y á cada tren- -lo mismo en la hosca negrura de la noche que á la brutal insolencia del sol, sobre el silencio húmedo de la nieve y bajo la desolada caída de la lluvia- -idénticos gestos, semejantes episodios, iguales palabras. El timbre del telégrafo anunciando la salida de la estación anterior, el gruñido del cartero, el tableteo, cada vez más perceptible, del tren, y la voz de Pin, el mozo de equipajes, á lo largo d e j o s vagones: ¡Abuliaaa... ¡Ü n m i n u t o o o Luego las tres campanadas, la otra campanada del coche correo, el silbato del jefe, un pitido de la máquina, u n estremecimiento de los rieles y dos, leves nubéculas de vapor en lo alto del cielo y á ras de la tierra, negra de carbón. ÍI Carlos Menjívar llevaba nueve años en la estación de Abulia y tenía treinta y ocho de vida. Al principio, cansado, de luchar, á patadas, á mordiscos, en una lucha desigual y desesperada contra el ham. bre, le fué grata aquella quietud, aciuel manso resbalar del tiempo, con la serena y plácida lentitud del agua subteitánea. Claro que era triste encerrar su juventud en una casa de cartón, estar inmóvil frente á la eterna movilidad; pero, después de todo, tenía asegurada la honradez y el lecho, y tenía una flamante levita azul con botones dorados que le ennoblecía, que le dignificaba á sus mismos ojos, fatigados de tanto mirar lo errante, lo inseguro, que bien podía ser vuelo de golondrina sobre su cabeza, que negrura de abismo abierta á sus pies... Los primeros días fueron fáciles y entretenidos. Todo tenía para él encanto de cosa n u e v a la variedad de trenes, el orgullo de pasear ante los viajeros su flamante uniforme, las historias d e 1 pueblo contadas por el guardaagujas y Pin, con su habla pintoresca, remendada de tacos y reniegos. Luego, cuando vio su vida hecha reloj, cuando vio que fatalmente, inevitablemente los hechos cotidianos se repetían, cuando ya supo todas las picardías de cada casa y todas las infamias del cacique, enfermó del mismo mal que Pin y el guardaagujas: de silencio, de encogimiento de hombros, de largos ensimismamientos entre el correo de las dos y treinta y el mixto de las cuatro y doce, desde que desaparecía la última guedija humosa del expreso hasta que, dos horas y veintinueve m i nutos después, llegaba un mercancías. Fué la suya la muda, resignación del vagabundo, que al fin se tiende rostro al cielo en medio del sendero; la súbita flojedad muscular del luchador en el circo, cjuc siente agotadas sus fuerzas bajo el peso de su rival. Ya no era más que una cosa que hacía números en el hule negro de la fachada, que manipulaba en el telégrafo 3 se ponía y quitaba la levita azu! con botones de oro. Pero una mañana de Julio sucedió algo que, siendo vulgar y corriente, le pareció insólito é inaudito. E n uno de los coches de primera del correo de Asturias había asomada una mocita rubia y pi. íida que sonreía. Tenía los ojos muy azules y la carne muy blanca. Le llamó con la manita enguantada de finos guantes de piel gris. ¿Q u é pueblo es éste, me hace el favor? -Abulia, señorita. ¿Cómo? -Abulia. Se echó á reir. ¡Pluy, A b u l i a Q u é nombre más feo... Se deben ustedes aburrir mucho... Detrás de ella apareció una señora. -Vamos, niña, no seas loca. Usted perdone, señor jefe. Menjívar se llevó la mano á! a gorra. -De nada, señora. Estaba como atontado por aquella juvenil alegría de la mocita rubia. Ella no le hacía caso. Señalaba con la manita gris al pozo.