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amigo Pajizo ¿qué tal vida te llevas... La mía es admirable... El sacristán me cuida bien y los ratones abundan. -La mía no es tan agradable. Los pájaros abandonan las bóvedas y, si siguen así las cosaSj pronto habré de alimentarme con ei jaramago que adorna las tejas. -Pero en la torre tiene que haber caza. -Y ¿quién sube á elld... ¡Cualquiera... -i Y las campanas? ¿Soportarías tú la vista de esos que deben íer formidables monstruos... Siempre oigo temblando su voz. Nunca me atreví á verlas. Forzosamente han de ser mucho mayores que los hombres. Y mucho más fieras... Yo tampoco las vi... -En ciertos días retumban. Son cuatro ó cinco. Se increpanj se insultan, luchan, y con su fragoroso estruendo la torre tiembla y la arena danza en las junturas de sus piedras... -Sin embargo, yo las vería de buena gana. Me escondería en cualquier sitioj me agazaparía en el saliente de una viga y, si no reparaban en mí ó me. despreciaban, me llevaría la gran vida... Fajaros, luz, sol, alegría y un panorama vastísimo para espaciar la mirada... No seas tonto. i Sube. ti Un día el Pajizo no encontró qué engullir, y como de las máximas necesidades y desesperaciones nacen las máximas heroicidades, determinó trepar á la torre en busca de alimentos. Empezó á subir pof la escalera de caracol. Era estrecha, no recibía luz por parte alguna y sus peldaños, donde no faltaban, estaban rotos y desportillados. Cuando llegó arriba, con los ojos fosforescentes de miedo, se quedó pasmado... de no ver nada de particular... El campanero, con dos ó tres amigos, jugaba al tute en la crudeza de la luz, que á torrentes caía por los ocho amplios ventanales. Entraba el aire bufando, y los cernícalos, volando pausadamente, trazaban en el espacio azul sendos círculos... Pero ¿y las campanas... ¿Dónde están- -pensaba el gato- -los monstruos que han de tener los miembros como recios y retorcidos troncos de árbol... Dieron las doce... Los jugadores abandonaron los naipes, se agarraron á las cuerdas y, de pronto, el Pajizo sintió el formidable redoble de las campanas que volteaban sus corpachones broncíneos... ¿Y esto es todo? -se preguntó el Pajizo cuando, quietas las campanas, la torre hubo recobrado su acostumbrado silencio. ¡Simpático felino, eso es todo... Las campanas, como muchos hombres, asustan á los que los oyen sin conocerlos; las campanas, como muchos hombres, gritan y vocinglean cuando les tiran de la cuerda... ¡Eso es todo, simpático Pajizo... JOSÉ A. LUENGO. -130- EL D E S P E R T A R DE PEPITA CONCLUSIÓN f. Mas ve llegar á la chacha muy armada con ün hacha. 8. Quiere matar al roedor, mas no es sitio el comedor. 9. Le coge por una pata. La nifií. sigue á la tata. 10. Lo llevan al planchador y matan al gran señor. II. Le hacen grandes funerales porque hay caja de caudales, 12. Pepita, muy divertida, se desayuna en seguida. -185-