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alguien, refiriéndose á su miseria, le decía: ¿Por qué no vende esta, casa, si no puede tenerla? abría quedamente los ojos, fijándolos en los del que le daba el consejo, y con muy trémula voz, murmuraba: -Porque esta casa esi; mi -solar y mayorazgo; porque, aunque la veis, tarrebolada, hecha, está con la tierra pálida de un castillo que fué, y ese castillo era del marqués de Fuenfría, ayo de príncipes, que acompañó á D. Felipe de Austria á la Ingalaterra cuando su boda con la Reina María Tudor. Y ese caballero perdió el alma y murió inconfeso por amar á una hereje, ¿entendéis? Y á una orden del Rey, se demolió esta fortaleza hasta dejarla á ras del suelo; pero escrito está que la mansión exista hipócritamente acomodada al siglo que la vea y que el alma de aquel su morador, ahora esclavizada al molde de mi carne, que bien pronto se perderá, vague en sus ámbitos, sin tolerar nunca que planta humana huelle, en fuero de propiedad, ni estas salas ni estos jardines. Y así ha de ser, que está en la leyenda. Ya lo sabéis; Este palacio es y será siempre del señor marqués de Fuenfria. Llegósele en esto la muerte, sonriéndole de verle como nosotros cuando mozos, tan acicaladitO y apañado- laún, y pasándole con aire de caricia la nieve de su mano por piernas y pies, paralizóselos y le acabó, perdonándole la agonía. Entonces vi una cosa extraña, y no me mire con recelo, padre, que ya le digo que la vi, y púas canosas tengo en la barba y ha de creerme. Era en Julio, caía la tarde y el- cielo estaba limpio y azul, cuando de repente empezaron á gotear los árboles, ni más ni menos que en fuerza de chubasco. ¿Y no le había -Sobrenatural fué la cosa; desde aquella hora no pararon de oirse suspiros desde media tarde, durante el novenario y á la hora justa en que el hombre dejó escapar, por no tener cosa- mejor, el último aliento, quedábanse estas alamedas como sobrecogidas y los árboles cuajados de tristeza, y parecía que la mar decía desde lejos oraciones, y que una voz pasaba, respondiéndola, por las ramas, y que allá dentro, en la casa, -se levantaban tumultos de gente en novena. Y es lo cierto que aquí nadie entró ni adelantó pie más allá del batiente de la puerta principal sin sufrir el castigo de la profanación, pues bien se acordará usted de aquel señorón de Madrid que vino de temporada lo poco que tardó en salir con los pies para adelante, y en cuanto al que llamábamos el burgués, por el respeto y consideración con que solía llevar el vi entre, ya sabe el señor cura lo que le sucedió, que cuantas veces borraba el cartelón para poner l illa Benita, veníase la lluvia de pronto y se lo echaba abajo, para que quedara limpio y triunfante lo de Este palacio es y será siempre... -i No sigas, en el nombre del cielo, que eres tabardillo de pesadez, y yo nunca fui modelo de paciencia, pese á todos los frutos del Espíritu Santo, y que Dios me perdone si digo alguna atrocidad, que sí es posible que la. esté diciendo! Ven acá, ignominia del género, ¿eres intendente de estas tierras ó enemigo del amo que en mal hora te trujo para administrarlas? ¿Crees que puede- asegurarse á todo el que llega á inquirir condiciones que todo el que ahí entre perderá la piel? ¡Venturados estaríamos si fuéramos á seguir las preocupaciones de los estúpidos como tú! ¡Es preciso que esto cambie, Sidoro, ó escribo á Madrid! Que ahí está el sacristán, á quien vendría el cargo como anillo al dedo, y que roncaría plácidamente entre los gritos y rebuznos de tus gaznápiros fantasmas. Esto me obliga á mirarte de frente y con detenimiento, pobre Sidoro... ¿Pero qué culpa tienes tú. ¿Dónde vas con esa cabezota, que es un cascabel de hueso forrado? Déjate de idioteces, hombre, y vive á la moderna, y abandona ese paraguas y abona con tiempo árboles y macizos, y abre ancho curso al agua en esas cegadas regueras para que lo. sorban á tragantadas los árboles, que lo están deseando, y mima y pule esos troncos, que tienen sarro, y echa fia azada sobre esas hojas, bajo las que va levantando su alcázar el germen de las calenturas, y apisona estos blandos paseos de pálida arena, que es la aristocracia de todo parque, y libra á esas estatuas de jaramago, y aplica un brochazo de pintura fuerte y recio barniz al cartelón, y escribe en él: Se vende ó se alquila y ya verás cómo ni la lluvia, ni el alma del pañero loco, que loco fué, vienen á traer á colación nuevamente loi del olvidado marqués de Fuenfría, y si asi no lo hicieses, no pretendas acercarte á mi ni igualarte conmigo ni en raza ni en categoría aentro de este pueblo, aunque diez veces te hicieran alcalde, que hay que ir con el siglo, y buena es la humildad y la transigencia, pero no. con los bárbaros como tú. LEOPOLDO LÓPEZ DE SAA. Dibujo de Avendaao. 5 6 7 8-