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estás, hora t r a s hora y mano sobre Ídem, esperando al rabino que lea tu horóscopo, y ni anuncias este palaciO que administras ni te enteras de si á tal ó cual vivero ó- á tal ó cual árbol le hacen falta cañas ó poda, ni si la sala de honor está hundiéndose por la constancia y tenacidad de las goteras, que se agrandan más lentamente que las de tu magín. D a grima ver esos nlamos desmayados sobre las túnicas grises de sus troncos, como filas de soñadores á media melena, y esos robles centenarios que parecen tenderse con todo el vigor de sus rayados brazotes hacia otras tierras y otros jardines de más considerada frondosidad. ¡Nada, n a d a! Busca tus duendes; pero ya verás cómo no los encuentras ni bajo el rastrillo ni bajo el almocafre, i I a verdací es que Dios cría animales muy caprichosos, h o m b r e! Con doce estacas, cinco supersticiones, tres hilanderas, dos vaca? y cinco tontos como tú, se hace un. concejo de aquellos antiguos que creían en la virtud de las piedras para los malos partos y en la eficacia de las encinas para curar toda clase de humores. ¡Señor cura! ¡Calla, hombre, calla! Que á tal edad y término, y oyendo en aquel valle soplai y resoplar los trenes y teniendo en Dios una fe viva, no es posible oirte sin arder en incendios de indignación, Cúbrennos la luz y la sombra, la alegría y el sueñ o cúbrenos la tierra muy tupidamente, por lo que nos asusta, la muerte de esta broza que escondemos bajo el hábito y. el chaciuetón, y alegría y sueño y muerte son p u r a verdad, como es verdad la gloria, que abre sus puertas de oro á los que hacia ella van en muletas de arrepentidos ó en jamugas de santos; pero lo qne no puede ser verdad es que las almas se desencasillen y se hagan candidatas á disfrutar entre toque de media noche y cántico de gallo la vida c ue dejaron ya, ni que los espíritus, cansados por el mucho sufrir del mundo, se entretengan en mover ramas de árboles. ¡Quédese cada uno con su manera de pensar, señor cura i- ¿De modo que ese gracioso hotel, con su cinturón de esbeltas balaustradas, es ni más ni menos que un mágico palacio de duendes? -Creo que es una casa viuda, y nada más. ¿Casa viuda? ¿i iies no la ve con todo su festón de hojas, como mantellina de duelo, y con todas sus ventanucas tristes, cjue no son sino unos ojos resignados jue miran á la mar? Óigame despacio, señor cura, que el que cierra los oídos sin más razón que la de su antojo, no es más sabio que el que cuenta una cosa á su modo de ver y decir. Ahí dentro está un alma, porque yo lo sé, y aunque diga que estoy loco, yo me doy buena cuenta de c ue estos cinco dedos son míos y comprendo el alcance de lo que usted me dice y no embarullo las cosas, ¿estamos? Años hace, andábase un hombre de feligresía en feligresía, con la paca al hombro, vendiendo ¡ana de guardapies y pegando sus engaños en cada negocio con la suave miel de su palabra. E r a n los sus ojos azules y blandos, como hechos de bondad, y en su barba, nevada y luenga, dormían, guardados con respeto, hilos de oro, para demostrar que aquel escorial de ceniza fué en tiempos más felices California pura. Dábanos gusto á los mozuelos el ver al viejo aquel tan curiosito 3- acicalado remontar los cerros, pintándose sobre el fondo alegre y azul de la montaña, volviéndose con risa para amenazarnos porque le tirábamos con mimo pellas de nieve. ¡Ah, rapaces, pequeños rapaces! -decía. -Si supierais con quien dais, puede que el respeto os enfriara las puntas de los dedos mucho más que esa nieve que me echáis á la cara. Muy noble abolengo fué el mío- y en piedras estuvo labrado mi nombre, y obispos y arcedianos dijéronmc misa en mi muerte. Oíamos esto y echábamonos á temblar, pobretucos, y un enjambre que éramos teníamos pavura de parlar con el viejo aquel; pero él, sin decir más, seguía, seguía, y metiéndose por las pinas calles, llamaba á todas las puertas, y después de un grito muy bárbaro, para que las mujeres dejaran el su quehacer y le miraran, como si esto fuera necesario, decíalas con voz de cariño: ¿Qué, no mercan algo de lo cj ue llevo? Fajas de Pamplona, bufandas pasiegas, muletón de almillas, i buenos precios y más deseo de vender! y tendía su mano al enseñar la bayeta nueva, entre amarilla y verde, y parecía que el monte, y los tejados, y las piedras de ellos, y las mujeres, y los hombres, no habían nacido sino para ver las telas del pañero y para oírle y dejarse engañar, cjue los hay con privilegio, y así, señor, onza tras onza, fué haciendo su a v í o y como todo su caudal llevábalo en la braga, dieron en decir que el buhonero andaba torpe por estar ya tocado de reuma. ¡Buena te la dé Dios! ¿Sábese lo que vino á hacer? Pues, hijo, es el caso c ue compró la casa y el jardín, y se acabó la venta, y -a n o hacía sino recontar los ladrillos y tentar las paredes, para decir por lo bajo á las veces como quien reza y llora: -i Señor! ¡Señor! ¡Quién dirá que esta tierra, madre de esos frutos y flores, lienzo fué de muralla que cayó en ruinas y laminaron los siglos y los años! ¡Pared fuiste de fortaleza, y mira en lo que quedó la tuya! Y andaba con los codos cogidos las horas enteras, mirando no se sabe qué. O t r o día encaramóse á la puerta principal, llevando al cinto unos tarros con pintura y brocha, y trazó acjuel letrero: Este palacio es y será siempre del señor marqués de Fuenfría. En fin, señor, para no cansar: que el hombre, loco y cuerdo, fué perdiendo en intereses y ganando en males, única riqueza de los viejos, y que, amo y señor- de ese hotel, con todos los aposentos vacíos, incluso el del estómago, fué entregando pasito á paso el alma á 1 lios, y cuando