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el más pequeño trastorno, infalible precursor del último día, la vida, en lugar de vida, era una inmensa enfermedad moral que empezaba con el uso de la razón para terminar con la muerte. Nuestro hombre volvió presuroso á su vivienda, besó ia cruz, y ya á su lado el peregrino, le dijo: -Estoy aterrado; no sé lo que me dije: ahora comprendo que el verdadero ideal sería la abolición de la muerte, la vida perdurable sobre la tierra. -Sal otra vez; voy por tercera vez á complacerte, y no te olvides de la cruz- -le dijo desapareciendo. Jamás ciudad más populosa vieron humanos ojos. El suelo era insuficiente para contener los centenares de miríadas de hombres, de mujeres y de niños que sobre él descansaban por no tener un sitio donde acogerse. Allí se nada, se crecía, y una vez llegados á la edad madura, se estacionaban para quedar por los siglos de los siglos siempre lo mismo. Los afectos, la familia, todo lo que hace estimar la vida, era desconocido; el más refinado egoísmo imperaba; en fuerza de conoóerscj no quedaba rincón del alma oculto, y todos, conociéndose, se despreciaban. Al correr de los siglos los padres olvidaban á sus hijos, éstos á los suyos; como no existía la muerte, no se apreciaba la vida; el arte y la belleza eran desconocidos; no había necesidades puesto que la existencia era inacabable, y el odio, la desesperación y el hastío, un inmenso hastío dé todos y de todo, reinaba entre aquellos millones de infelices condenados á vivir eternamente. Gtra vez tornó á su casa el descontentó, besó la cruz y de nuevo apareció el peregrino. ¿Te has convencido? le preguntó. -Sí; el mundo, como yo lo soñé, sería una locura. -Seña obra humana- -contestó el anciano; -pero el hombre, en su soberbia, quiso enmendar la de quien íe formó, y no pudiendo conseguirlo, la trastorna; por eso inventó el vicio, la soberbia, el odio y la desgracia. ¿Cómo, entonces, hacer para vivir? -Poniendo amor y caridad donde escribió odio y soberbia. -i Quién sois que tanto sabéis y podéis? -Quien en las Tablas de la ley grabó el Decálogo que ha siglos di á un justo en el Sinaí. Es fama que el descontento no volvió á quejarse más, logrando con trabajo y constancia una vida tranquila y serena. Aquí termina mi cuento. ¡Cuántos en la tierra necesitamos de u peregrino que, llamando á nuestra puerta, nos dé á cambio de un sitio en el hogar paz en la vida 1 FRANCISCO B A R R A Y C O A 122- ÜL D E S P E R T A R DE PEPITA POR MARÍA DE LOS ANGELES DE NORIEGA I. A las ocho se despierta con la ventana entreabierta. 2. Se viste con mucha calma, mas sin olvidar el alma. 3. Se va á tomar el café, y en el comedor, ¿qué ve... 4. Un ratón muy escondido, ijue en su taza se ha metido. 1 i g. Da gritos y patalea y se arma una gran pelea. 137 l! í JÚ 6. No puede lograr su intento y aumenta su descontento. Continuará.