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químicas substancias de gran riqueza nutritiva. Bruna acordóse del pastor del bosque, y allá se fué á referirle el caso. -Yo sé, pastor- -le dijo, -que las semillas necesitan tierra y que el negro mantillo del monte es, para mi objeto, inmejorable. Tierra, agua, aire, sol y cuidados es cuanto necesito, ¿no te parece? -Con ello, viven las plantas, y aun los hombres, princesita mía- -contestó el rústico, -y nadie como vuestra alteza está en lo cierto. He aquí una vieja hortera, ya inservible. Os la llenaré de tierra de estas selvas; colocad en ella esa semilla, cuidadla como habéis dicho y no temáis por el resultado, y, si no lo echarais á mala parte, aún me atrevería á derramar sobre el sembrado un poco del negro sirle de mis cabras, cosa inmunda, pero no despreciable, que de ello son avaros montes y praderas y en florestas y en frutos lo convierten... Tal hicieron las tres augustas hermanas, muy ternes cada una de ellas con sus sendos procedimientos; continuó Rosa aljofarando su búcaro, Cándida resguardando su maceta y Bruna cuidando su hortera desportillada y hendida, expuesta al sol y al aire, expurgada de toda hierba nociva, y protegiendo el naciente grillo con delgados carrizos que enderezasen el tierno tallo, que por falta de guía, buscando las golosas caricias del sol, comenzaba á torcerse. Transcurrió algún tiempo, y un día el Rey llamó ante sí á las princesitas y les dijo: -Ya sé que en la gruta hallasteis la semilla de la vida; hora es ya que me mostréis los adelantos de vuestras siembras. Veamos tu cultivo, princesa Rosa. Y Rosa, muy ufana, presentó al Rey su padre el búcaro de ágata, en el que no se notaba la más pequeña señal de germinación. -Equivocada has andado, hija mía- -le dijo el Rey. -El oro, por sí solo, es perfectamente inútil para la vida si su valor no se transforma en todo aquello que es para la vida necesario. Ni las plantas ni los hombres pueden vivir en este medio de extrema aridez, como el alma de los avaros, y las riquezas acumuladas é inactivas, antes que vivificar, matan. Fuera de la realidad has vivido escuchando la voz de cantores y poetas, pues si las gotas de rocío fuesen, como ellos pregonan, aljófares y diamantes, no valieran éstos lo que valen y murieran de sed los campos, aplastados por tan inútiles tesoros. Veamos tú, hija Cándida. Y la princesa Cándida presentó al Rey su padre la rica maceta de Sajonia en la cual, lascivo y vano, se erguía un grueso tallo vicioso, recubierto de carnosas hojas, sin la menor señal de fruto ni aun de flores. -l ambién tú, hija mía- -díjole el Rey, -andu- viste errada, pues la vida rodeada de comodidades y de lujos, de ocio y de abundancia, sólo para desarrollar el egoísmo sirve, pensando sólo en ella y para ella, sin utilidad alguna para nadie, y en vez del prolífic inter folia fructus, ofrece el estéril Ínter folia nihil, que es la divisa de los vanos, de los egoístas y de los holgazanes. ¿Y tú, hija Bruna? -Yo, padre mío- -contestó Bruna modestamente, -tengo temor de enseñaros mi maceta. Nada hay en ella de extraordinario, y aun su humildad y pobreza son indignas de vuestras miradas. Hela aquí. Y la princesita Bruna presentó al Rey su padre la desportillada hortera, llena de tierra negra y esponjada, en la cual, recio y firme, aparecía un alto tallo coronado por un ramillete de capullos. Abriéronse éstos en el propio instante y se convirtieron en esplendorosas azucenas, no de oro y pedrería, sino fragantes y lozanas, como las que la Naturaleza cuaja y nutre en sus entrañas próvidas, que todo é oro y toda la pedrería del mundo son incapaces de crear. -He aquí, hija mía- -exclamó el Rey, gozoso, -un vivo ejemplo de la vida. No se desecha el vaso por grosero, si la tierra es buena y los cuidados muchos. En él se desarrollará la vida, y del hombre más humilde, nacido en las más bajas capas sociales, la educación, los cuidados, la fortaleza que en la lucha se adquiere, harán brotar las azucenas de oro de la Virtud y del Talento, cuyos frutos son más preciosos que la más preciosa de las gemas. Los rojizos granos que hallasteis en la cajita de la gruta, iguales eran entre sí, y todos ellos, gotas de sangre extraídas del propio corazón de la V da; de ese corazón en el cual todos somos hermanos. Tú, Rosa, que vives fuera de la realidad, ahogaste tu granito, colocándolo fuera de su adecuado ambiente, aplastándolo con inútiles riquezas, como la necia madre que se empeña en hacer un águila del hijo que le nació tortuga. Tú, Cándida, con tus miedos y tus temores, esterilizaste el tuyo á fuerza de cuidados, cual la aturdida madre que con sus excesivas complacencias hace de un hombre útil un inútil bigardo. Sólo tú, hija Bruna, con tu cordura has obtenido el triunfo, encauzando y dirigiendo la vida de tu simiente, que, si necesita amores y cuidados, exige también oportunos correctivos, dándole todo lo necesario, evitando lo superfino y arrancando sin piedad todo lo nocivo. Así dijo el Rey á sus hijas, reuniéndolas, amoroso, en estrecho abrazo. Y, por hoy, colorín colorao, que este cuento, en el cual venció Bruna; ya se ha acabao. VICENTE DIEZ DE TEJADA. Dibujo de Méndez Brínga. 5 6 7 8-