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tengan esfas tres hijas, llamadas á realizar la s ffiás altas empresas. Yo también tengo mi Rey, con sus tres hijitas correspondientes: las princesas Rosa, la roja, soñadora y romántica; Cándida, la blanca, tímida y asustadiza, y Bruna, la morena, sensata y práctica hadas benéficas para mí, que con los encantos de su voz y el poder de sus mágicas varillas, abrieron á mi obscuro nombre las puertas de diamante de este palacio, en cuyos jardines se entrelazan palmas y laureles, sobre la alfombra de oro de apretados trigos esmaltados de amapolas: gloria y pan... y flores que orlen y perfumen este pan, insuficiente por sí solo para la vida del hombre... Pues de estas tres princesitas quiero volver á hablaros hoy, y aun tornaré á hablaros otro día, que son ellas tan amantes que no guardan para mí secreto alguno, y sus andanzas tan notables y extraordinarias, que bien pueden ser referidas si no desfallece en la empresa mi pluma torpe y desmañada, trocando en beleño que cierre vuestros ojos lo que yo pretendo que sea golosina que os los encandile. He aquí, amiguitos míos, c ue un día- -y no mu- chos después de la furtiva escapada al bosque en el que las princesitas toparon con el pastor lisiado- -refugiáronse las tres augustas niñas en una gruta del jardín de su palacio, lugar de ensueño por lo artístico de su traza, lo fantástico de su arquitectura y el fresco y perfumado ambiente que en él se disfrutaba... La vieja madre Tierra- -nuestra madrecita común- -apoyada en los hombros de los Siglos, había lentamente labrado aquella subterránea maravilla, en la que las estalactitas semejaban albendas de espuma, colgaduras de blondas salpicadas de diamantes... Altas bóvedas, elevadas cúpulas, descansaban sobre arcadas sorprendentes, adornadas con banderas y estandartes; recorríanlas relieves asombrosos en los que ninfas y amorcillos, monstruos y endriagos, dormían su sueño de piedra; columnas gigantescas de alabastro, ceñidas por hiedras de marfil y por musgos de plata, soportaban su inmensa pesadumbre... Y toda esta cuajada fantasía reflejábase en un lago de turquesa y de zafiro, en el que grano á grano caían esmeraldas y rubíes, topacios y amatistas de las alturas desprendidos, iluminados por los polícromos haces de luz en que estallaba el rayo de sol crepuscular al asomarse á la misteriosa caverna para admirar tanta tanta maravilla. Un silencio de encanto reinaba en aquel palacio de ensueño, silencio interrumpido solamente por el constante y desacompasado gotear de las preciosas gemas sobre la rizada lumbre de las aguas del lago, fingiendo una argentina y afinada nota en cada beso, con gíú- glú de sapo músico en atardecer de primavera, entonando un himno á la belleza con esta sinfonía de sonidos, de formas y de colores. Hallábanse, como digo, mis tres princesitas en la espelunca maravillosa, recreando su espíritu en la contemplación de tan sublime espectáculo, cuando vieron que, poco á poco, del haz de las aguas se elevaba una tenue neblina, que lentamente fué condensándose hasta fingir la vaporosa forma de un divino cuerpo de mujer envuelto en tenues cendales. Rosa, desde luego, pensó que aquello era el hada de la gruta, el genio protector de aquellos lugares, que ante ellas se aparecía. Cándida, espantadica, entrevio ya la figura de un pavoroso fantasma, y Bruna, la práctica, achacólo todo á vapores del agua, engendrados por los tibios rayos del sol. Quién de ellas acertaba yo no puedo decíroslo, que acaso las tres anduvieran en lo cierto; lo que sí sé es que al levantarse las princesitas, alarmadas, el genio, el fantasma ó el vapor desapareció esfumándose, y al mismo tiempo, junto al borde del lago, relució algo que antes no estaba allí ó que no había sido visto. Era ello una diminuta cajita de oro, finamente labrada, en cuya tapa un cincel primoroso había grabado estas palabras: GRANA DE VIDA Abrieron la cajita las princesillas curiosas, y dentro de ella solamente hallaron tres granitos rojos, que por cuentas de coral podrían haberse tomado. -Grana- -dijo Rosa- -quiere decir grano, fruto esto es el extracto, la quintaesencia de la vida. Comiéndolo viviremos largos años... -Tragarlo no, que pudiera ser nocivo- -exclamó Cándida. -Lo de grana se refiere únicamente al color: ya lo estáis viendo. Algún talismán es esto para llevarlo pendiente del cuello, enhebrado en un hilo de oro. -Pues yo creo- -sentenció Bruna- -que grana es semilla, y siendo semilla, forzosamente habremos de sembrarlo. Tomemos un granito cada una, sembrémoslo y veremos lo que resulta de ello. Acordáronlo así, y yo os diré lo que hizo Rosa. Así que hubo llegado á Palacio, tomó un búcaro de ágata que un príncipe oriental había regalado al Rey, su padre. No dudó en la elección de tierra, que el rico vaso y la preciosa semilla no exigían menos que arenas de oro de las que el cercano río arrastraba, sin que haya podido yo averiguar el nombre de este aurífero río: Sil, Darro, Duero ú otro. Dios sabe si de extranjeros países y de remotas latitudes. Rellenó de agujitas de oro el bíicaro, depositó en ellas el misterioso grano y, terne en su romanticismo, rególo con aljófares y diamantes, según rezan los cánones de bardos, de trovadores y demás entes de poco seso, y aun este poco, soliviantado y fuera de su sitio. Cándida, irresoluta y timorata, confióse al jardinero de Palacio y éste sembró el granito en una maceta de porcelana, dentro de la estufa del invernadero, bajo una campana de cristal, regándolo con aguas alquitaradas y abonándolo con