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p y; n- i ¿L PAN Y hl. AMOR de la infeliz rebusca de la espiga, junto á la clara fuente, con el cuerpo abrumado de fatiga reposa una mujer, y de ella enfrente, pálido, cabizbajo, con el rostro nublado y contraído por los trabajos de buscar trabajo, yace un hombre rendido. Burlón el viento en sus harapos juega con sangrienta ironía. Hasta el sueño les niega su blanda compañía. No se hablan. ¿Para qué? Son dos soldado? vencidos y postrados en la lucha brutal por la existencia; extienden sin aliento su mirada, y sienten fatigada hasta la interna voz de la conciencia. Cruza un coche; una dama acompañada de sus hijos va en él; ansiosamente la hambrienta espigadora al coche llega; gime y demanda, y generosamente la señora le entrega un espléndido cesto donde, sin duda, el resto de algún festín ofrece á la labriega. Con su presa retorna hacia la fuente, y el hombre, que la mira, altivo disimula lo que siente; pero baja los ojos y suspira. Ella le llama, ofrécele manjares, comen los dos, se inicia su alegría, y en tanto que remedian sus pesares advierten ya su propia compañía. El mira que ella es rubia como el trigo que llevaba consigo, y ella ve qué él es recio, alto, moreno, de ojos rasgados y de rostro lleno. Al comenzar no pasan de mirarse con timidez; después, rompen á hablarse; llegan luego á sonreírse y acaban por bromear y disputarse los manjares que anhelan repartirse. Un árbol corpulento les. da sombra, el césped verde alfombra, perfume grato el viento nemoroso, y vueltos á la vida penetran la verdad y les asombra el lujo fastuoso con que al amor convida la regia pompa del vergel frondoso. Y entonces surge entre ellos el murmullo suavísimo y leve de aquel humano arrullo que sólo se promueve cuando el amor los pensamientos mueve. Y de este modo hablaron, y sus dulces murmullos se juntaron á la infinita voz de la espesura, y almas y plantas juntas entonaron el himno del amor y la ternura. ¡Hombres, plantas de amor, como las flores necesitáis del cieno para abrir vuestro seno á la esencia sutil de los amores I ¡Hombres, plantas de amor, cual la arboleda necesitáis del riego para que ascienda luego la rica savia y concederos pueda el oculto vigor de dar tributos de hojas, flores y frutos I RAFAEL TORRÓME.