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-Maestro, ¿cómo es aquella descripción de! odio africano que hace usted en la segunda parte de Los malditos? ¡Ah, sí! Aquella que empieza... es el odio como una botella de aceite... quieta por fuera... Pero estos casos no son vulgares; los maestros desdeñan la concurrencia al café, porque creen firmemente que esos centros tienen la culpa del Tratado de París y que en ellos se echa á perder el vigor nato de nuestra joven intelectualidad. No saben, á pesar de su maestría, que lo único que en esos centros se echa á perder es el estómago del que los írecuentc con asiduidad; u n o de ellos me decía en cierta ocasión: -Es una lástima cómo se malgastan las energías nacionales en esos antros de la achicoria y de la nicotina; usted calcule; si esos cincuenta céntimos diarios que media España se deja sobre el mármol del café, se empleasen en comprar ejemplares de mis obras, ¿no habríamos resuelto en parte el problema pedagógico español? -i A ver qué vida! -hube de contestarle con todo respeto. -Habríamos resuelto el problema pedagógico y un porción de problemitas más. Entre los inconvenientes que lleva consigo la categoría de maestro, está la calvicie prematura; todos ellos son calvos antes de los cuarenta años, ó no son maestros. Su maestría no les ha servido para conservar los cabellos, á través de los años, en el sitio en que la Naturaleza- -más sabia que ellos- -los colocó. Otro inconveniente es la enorme facilidad con que confunden nombres, cosas y personas, aunque á diario los tengan delante de las narices. Nunca olvidaré mi visita á un maestro insigne- de las letras, ya muerto, para desdicha de la patria y de los editores; acababa un humilde servidor de hacer su debut en la república de las letras y mi ánimo disfrutaba de esa virginidad tan propicia á recoger como oráculos las palabras de los hombres eminentes. Uiiá tarde de Mayo me encaminé á la Guindalera, donde el maestro vivía, sin duda para estar más alejado del ruido mundanal de la urbe; atardecía, lo cual no me chocó lo más mínimo, pues era la hora indicada, y ya casi de noche llegué á un cuarto piso de una especie de hotel cuya flora jardinera la formaban dos álamos tuberculosos. No había ascensor y tuve que ganar á fuerza de fe las alturas gloriosas donde el águila tenía su nido. Me acogió como un padre, abriéndome los brazos y poniendo en sus ojos un salto de agua de terntira; desplegó los labios: el oráculo iba á funcionar. -Muy bien, joven, muy bien; recibí su libro y he de decirle que así se empieza... -me esponjé; -tiene usted un porvenir glorioso- -nueva esponjadura, -domina la nota mística como nadie, se ve que ha htbido en las buenas fuentes de Juan de la Cruz, de Teresa, de Paco de Asís... Comenzó mi escama; porque es el caso que yo, por no profanarla, no he intentado pulsar la lira mistica. Cesaron m i s esponjamientos y acabé d e secarme cuando el maestro continuó: -Sí, sí... Sobre todo, aquel soneto de la tercera parte de su libro, aquel que dice... ¿cómo dice... Me di cuenta de todo y, amoscado, le seguí la vena- -Sí, aquel que empieza: Un soneto me manda hace? Violante... -Ese, ese; es precioso. Aquello está vivido, está visto... ¡Ya lo creo! En el vestíbulo, mientras recogía mi sombrero oara gar. ar la calle, pude explicármelo todo: en el despacho del maestro quedaban éste y su esposa sumidos en un diálogo ejemplar que yo escuché atónito: -Oye- -decía el genio, ¿quién es este joven que acaba de salir? -Fulano de Tal. -El poeta místico, ¿verdad? ¡No, hombre, por Dios! i Eres un mastodonte... El poeta místico se llama Serapio y vendrá á verte á las ocho; no son más que las seis y media; bien te previne. -P u e s hija, lo he confundido... ¡Qué pensará de mí... Esta última frase me halagó; salí á la calle y otra frase histórica asaltó mi recuerdo: La victoria de Sedán se la han dado á Prusia los maestros. Sí que lo creo; no digo yo un Sedán, un diluvio universal son capaces de producir los maestros con sus genialidades. JOAQUÍN B E L D Á Dibujos de Medina Vera.