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F I L O S O F Í A BARATA LOS D MAESTROS nos lo ilusorio de su título con una ejecución perversa del célebre pezso, á cuyo arrullo todos hemos soñado y casi todos hemos dormido. Si todos los músicos son maestros, ¿á qué discípulos enseñan... Pero dejemos esta ardua cuestión para después de la apertura de las Cortes y concretémonos á nuestro asunto, después de haber pedido un vaso de agua. Por hoy- -no es esto jma amenaza- -no vamos á hablar más que de aquellos preclaros varones que han alcanzado la alta consagración de maestros en arte, en ciencia, en letras... Son los elegidos, son los faros, son los indiscutibles; el título no se les concede por ningTÍn centro oficial, sino que es adquirido á pulso después de muchos años de labor y de vida austera en la mayor parte de los casos; en otros, eso de la austeridad es un mito más que añadir á la mitología céltica. El ser maestro- -zn este noble y elevado sentido- -tiene sus ventajas y sus inconvenientes; de las primeras, la mayor es la de vivir siempre rodeado de la veneración de las demás gentes, entre las cuales se cuentan á veces el casero y el sastre del interesado, que traducen su admiración en una rebaja prudencial de sus respectivas facturas; por lo que hace al sastre- -también maestro al fin y al cabo- -la dádiva es harto ilusoria, pues es sabido lo poco que suelen cuidar de la indumentaria los maestros, que se aferran á un traje de americana con el mismo entusiasmo que á una idea fundamental. Si el maestro concurre al café, una aureola de respeto le circunda, y zi pidt una copa de coñac, no faltará un discípulo que se apresure á pagarla, mientras pregunta con interés, para que el obsequiado no repare en el obsequio: E todas las palabras que forman la lengua castellana, no hay ninguna que se aplique á más distintas cosas que la palabra maestro; claro que todas, en el fondo, vienen á significar lo mismo; pero el caso es que desde los maestros de armas hasta las paredes maestras, todos se encuentran en el seno del homónimo lingual y prelingual. (Creemos haber dicho algo. Maestro viene de magister, y éste, de magis; todc esto en el Lacio; en España, los maestros vienen. pasando hambre hace una temporada, y lo mejor que podría hacerse con ellos es subirles el sueldo, en ve. de exaltarlos con elucubraciones pedagógicas. Maestro llaman los miembros de una cuadrilla torera al que hace de jefe y cobra como tal; maestros son los que dirigen tajos de albañilería y ejecutan obras sin las que tendríamos que vivir en la calle todos los nacidos, si bien á estos maestros de obras, para distinguirlos de los que las coníeccionai teatrales, se les señala con el estigma de im origen plebeyo y se les paga por semanas; hay maestros de obra prima, de corte y confección, de corte de pelo y afeitado y mil cosas más; pero en ninguno de esos oficios se prodiga tanto la palabra como en el divino arte de la música; en música, ya se sabe: todo el que pulsa un instrumento- -aunque sea con la piadosa intención de enterarse de su estado febril- -es maestro por derecho propio. Wagner era maestro, y también lo es ese modesto pianista que en el más apartado cine de la Ronda de Atocha balancea nuestras almas con las reliquias de Orfeo, mientras luce un cuello impregnado en grasa á la luz esfumada de las baterías. -Maestro, el vals de las olas- -exclama de pronto, imperativo, uno de la general. Y el aludido, obedeciendo, se encarga de probar-