Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
Acudieron al capitán, al contramaestre, al sobrecargo... ¡Al fin! Sí; en el rol estaba... Francisco de las Heras... ¡sin don! pasajero de ter- cera... Habría desembarcado ya en la barcaza. En la Aduana le eiKontrarían... ¡A la Aduana volando... ¡De tercera... ¡Hum... Y en la Aduana estaba, despachado ya su liviano equipaje. Era un hombre alto, encorvado, enjuto, de quebrada color, hundidos ojos, lacio bigote gris, con dos paréntesis por piernas... ¡Mal pelaje, mal pelaje... Un carabinero voceó democráticamente: ¡Francisco Heras! Y la sombra contestó con dejillo cubano: ¡Presente... i Qué ocurre... A h i está la familia... Y la familia arrojóse sobre él, comiéndoselo á besos, estrujándolo á abrazos... ¡Cómo lloraba Quico... Sí, el crack había sido horroroso. Comenzó con k guerra, la guerra maldita; continuáronlo los algodones con su alza injustificada, ruinosa para los traficantes, qué habían vendido á dos lo que tendrían que pagar á cuatro, y lo terminó la pérdida del María Jesús, último cartucho! cuyo cargo venía sin asegurar por consejos de la avaricia... La quiebra, la ruina. La ruina absoluta... ¡Un pasivo de lo.ooo pesos! A los veinte años y sano, esto era un accidente. A los cincuenta y enfermo, esto era definitivo. La miseria presente y la muerte próxima. Por eso había él regresado; para no dejar sus huesos en aquella tierra ingrata, que le había sork d o la vida; para morir al lado de los suyos, en un rincón que no habrían de negarle, donde no llegasen más ecos del mundo que la rechifla del pueblo; sus zumbas al indiano pobre... i Negárselo! ¿Y quién pensaba en crueldad semejante? ¿Negarle ese rincón á él, al hermano querido, con cuya largueza se había rehecho y calentado el ostugo que ahora él mendigaba... ¿Por quién tomaba Quico á sus hermanos... ¡Ah, si las cosas no estuviesen tan malas... Ya vería él quién era su hermana María y quién Perico, su cuñado... Sólo que, ya se estaba viendo... Tenían cinco hijos, cinco, que no es broma, y de los cinco, los cuatro cabían debajo de una escudilla... Manuel y Ramona, en cambio, sólo tenían uno, y casi mozo ya: no boca que come, brazo que ayuda... ¡Esos sí que iban viento en popa... ¡Cómo! ¿Así había hablado María, la hermana... ¿No era esto dar con la puerta en las narices al hermano pobre, mirando sólo lo de pobre y cerrando los ojos á lo de hermano, Pues ahora verían quién era ella, la S a c o n a la mala cuña de la cuñada... ¡A casa el indiano! ¡A casa con Quico J Y el indiano, con una puñalada más en su yá destrozado corazón, instalóse en la casa de Ramona, su cuñada, y de Nel, su hermano. Y al atravesar los umbrales de a nel nuevo asilo, bajo el dintel generoso, Quico, tomando de la mano á sus huéspedes buenos, á sus hermanos compasivos, les dijo solemnemente: ¡Os advierto... que estoy arruinado... de veras... -E n t r a y c a l i a- -contestóle cordialmente Manuel. -Eso- -añadió Ramona, mientras en sus ojos brillaba la esperanza- -allá tú... Nadie te pregunta cuántos años tienes... Y allí se estuvo Quico, melancólico, nostálgico, muriendo lentamente de consunción y de pena... No le faltaban cuidados, eso no. Manuela, su cuñada, estaba en todo, atendía á todo... Y más de cuatro veces, cuando Manuel, el hermano, -cansado ya de aquel sumidero, de aquella boca de ocioso que los devoraba, rezongaba algo que trascendía á queja, la cuñada, muy en sus trece, contestábale en seco: -Déjame, hijuco. Yo me entiendo y bailo sola... Y sola se quedó bailando, sobre todo el día aquel en que el pobre Quico exhaló su último aliento, no más recio que el de un pájaro, y ella, la Manuelona, tras un hondo suspiro de satisfacción, de descanso, sin curarse de cerrarle los ojos, corrió á abrirle el arca, aquel arca de madera de alcanfor con herrajes de azófar, cuya cerradura ocultaba un sonoro timbre ahuyentador de Caco... Ropas, no muchas ni buenas; cartas, cartas de ellos mismos, aquellas cartas que se creían perdidas; papelotes inservibles; unos retratos de mujer, de una mujer, siempre la misma, con los labios gruesos y el pelo rufo; alguna salvaje de por allá vestida de cristiana; un machete, con la cabeza de un águila por pomo... y una bolsa de cuero, 1 a bolsa... liviana, menguada, con pocas pesetas... algún duro... y uno, dos, tres, tres, nada más que tres, ¡tres centenes... Sólo tres centenes, que el diablo sabe si serían falsos... ¡Y nada más, nada más, nada más! ¿Y para esto se tenían cerraduras escandalosas... ¿Y para esto se acostaba uno con la llave bajo la almohada... Arreniego el demonio... Pues si lo de la probeza era un hecho, ¿á ite de qué venía el cacarearlo tanto... ¿Qué hay... -preguntó el hermano del difunto, incHnándose sobre el arca... ¡Guayas pretas y con saltos! -rugió la Manuelona. -Ni pa mandar rezar á un ciego! -Bien lo decía él... Sino que tú... -i Con la verdá nos engañó el indino... Diciendo la 7! erdc quién demonios iba á creerlo, VICENTE DIEZ DE TEJADA. Dibujo de Méndez Briiiga. 5 6 7 8-