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ata manos y enfría corazones, murieron en la montaña sus padres, viejos, pobres y tristes; y estando él por allá crecieron en el pueblo Nel y i íariuca, sus hermanos, y se casaron, y naciéronles hijos que ya iban espigándose, yéndose al tallo, como las berzas lascivas en terrenos fértiles. Y entonces, ¡después de los años mil! llegaron á la aldea noticias de Quico, de Quico el mudo, de Quico el muerto y el enterrado, del olvidado Quico... Y con las primeras noticias- -cuestionario de infinitas pregtmtas, -áureos, relucientes, sonoros, llegaron también los primeros centenes... ¡Qué alegría en las casas de los viejos hermanos! ¡Qué alivio al respirar aqviellas áureas brisas indianas... ¡Qué sueños de oro para lo porvenir, un porvenir que ya era casi un presente... La Majita y la Roja, las dos viejas vacas amadas, tendrían sucesoras; al Ruco, el pobre caballejo lleno de esparavanes despiertos y de dormidas dolamas, daríasele un auxiliar joven y fuerte; arreglaríase la cerca de la llosa, más en tierra que en pie, protectora de sapos y de ligatcrnas... (lagartijas, y pase el provincialismo por lo etimológico del nombre) Se pondría tejado á la casa, y quién sabe si casa al tejado; se pagarían trampas y empeños, y el buen trigo de Dios sería trigo propio, no de prestamistas y de usureros... ¡Hasta al alguacil se le pagarían los cuartejos aquellos atrasados... Y la misa al cura, que aún se le debía, y el cirio á las ánimas, que aún no se había encendido... i Quico vivía... y enviaba dinero! Buen hijo Quico, buen hermano Quico, hombre de bien á carta cabai, que no reniega de los suyos cuando se ve con cuatro cuartos... ¿Se habría casado Quico? ¿Tendría hijos Quico... ¿Pensaría Quico devolver sus huesos cansados á la amante tie rruca montañesa? Y nuevas cartas con nuevos centenes declararon que Quico no tenía hijos, que no se había casado, que pensaba volver... y que seguiría enviando dinero... ¡Oh, qué día aquél, el día en que el indiano se les entrase por las puertas... Y aquel día llegó; es decir, iba á llegar, estaba llegando. Quico, tras un largo silencio angustioso, inexplicable ¡venga escribirle cartas sencillas, cartas certificadas, cartas con acuse de recibo... todas sin respuesta! respiró por fin. No enviaba dinero, no; pero anunciaba que se restituía al pueblo, al amor de los suyos, amor probado on su impaciencia, con su alarma; que volvía á eunírse con ellos, para entre ellos morir, para nunca más regresar á las tierras ingratas... ¿Qué hierras serían aquéllas... Con la vuelta al terruño amado, Quico cerraba el ciclo inmenso de toda su vida. Aquel círculo abierto en los Volmires y en los Volmires cei Tado; corona de flores ó de espinas adornada con dos cintajos, uno de los cuales se enredaba en una cuna; en una sepultura el otro. Era ayer cuando el crío embarcó en la capital montañesa en un cascarón no mayor que un zueco, entre sacos de harina de Alar del Rey y fardos de bacalao de Noruega; en aquel pailebote hundido en las inquietas aguas, con un mundo de palos y de lonas por cabecera, en los que se enredaban las crines de los vientos enloquecidos para arrastrarlo por las aguas en su desenfrenado galope, azuzados por el látigo de la centella, del rayo, que estallaba serpenteando en las plomizas nubes espantosas, hasta las cuales se alzaban las montañas de los mares, de los infinitos mares de Dios... Aquellas telas nacidas, flameantes, desgarradas, en las que el viento se dormía, cansado, agotado por el esfuerzo de sus pasadas iras, dejando la embarcación clavada en las aguas de plomo de un aplanado mar sin límites, mientras la gente, sin agua, ¡sin agua, Dios eterno! echaba nudos al mar para excitar las iras de Eolo... Ayer cuando el pobre zagal, extenuado, aturdido, desembarcó en la Habana, en aquella Babel enloquecedora, en la que los negros, negros de veras, de carne y hueso, hormigueaban, vociferando como demonios desatados. Ayer cuando le recibió á la puerta de su casa aquel señor gordo, vestido de blanco, con su gran sombrero de palma, su gruesa leontina de oro, gorda como un dedo, y su botonadura de doblillas... Ayer cuando se clavó detrás del sobado mostrador, á cuys sombra habían de torcerse los huesos de sus pier ñas siempre á pie firme, y sobre el cual habíai de adiestrarse sus manos en la sublime ciencií del toma y daca y en el arte hermoso de Iturzaeta apoderándose poco á poco de aquella letra clart y retorcida, de finos perfiles interminables, de gruesos enérgicos, repentinos, denunciadores de un pulso privilegiado... Ayer, ayer, ayer cuando ganó el primer centén brillante, sonoro, nienudo... aquel centén ingrato, fugitivo entre las nieblas de inuerte del vómito horrendo, fulminante, que cambió de por vida el rosado color de su cara, quebrándole para siempre más... ¡Era ayer, ayer, ayer... Y Quico volvía á su tierra, á su pueblo, á su casa... ¡Virgen Santísima, qué revolución! Frescos estaban aún los últimos pesos enviados por el indiano. Sus hermanos de él, Nel y Marinea, con ellos habían medrado, hispiéndose con ellos; las casas habían engrasado el riñon, y entre las mantecas quedaban aún algunos duros... No era cosa de dejarlo llegar solo, como un perrc que vuelve á la casa con el trozo de soga al pescuezo... Los chicos, los sobrinos, ardían en ansias de abrazar al tío de América... Se debía hacer un sacrificio y acudir todos á Santander á esperar el vapor, anunciado ya... Con el dinero justo para la ida bastaba... A la vuelta ya estaría allí él, Quico, el indiano... Entre la Mariuca y la Ramona, la cuñada, mujer de Nel, arregláronlo todo. L ían ellas dos con Nel y con los crios. Pedro, el cuñado, maride de María, quedaríase esperándolos en el pueblo; bajaría á la villa con el carro... Y así lo hicieron, y entre pasmos de admiración de chicos y de grandes, y entre anhelos ambiciosos de grandes y de chicos, vieron entrar en el puerto el correo de la Habana que había traído muy mal viaje... ¿Cómo se sabrían estas cosas... Aquel navio enorme, con sus líquidos bigotes espumantes, envuelto en la densa humareda de sus chimeneas monstruosas. Tomaron un bote y se acercaron al vapor, y en cuanto ello fué posible, i arriba! á buscar á Quico... ¿Sería aquel señorón de las gafas de oro... A cazar al indiano... Acj uel de los anillos debía de ser... ¡Cosa más rara i ¿Sería posible que no conociese nadie al señor por quien preguntaban ellos? Sí, hombre, sí; D. Francisco de ías Heras, que viene de la Habana... Un señor muy rico... ¡Como que media Cuba es suya... i Nada, ni por esas...