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ban por los andenes de las pequeñas estaciones. partamento. Pero entonces pensé que este mismo Fué anocheciendo lentamente, y á las cinco ó pensamiento que yo tenía pudiera tenerlo, respecseis estaciones después de Madrid, mi hermana se to de mi hermana, otro que fuera en el vagón había arrellanado sobre el incómodo asiento y se contiguo; sentí la solidai idad íntima que liga á disponía á dormir. En. los campos palpitaban esos todos los hombres, comprendí la verdad, la vermil rumores vagos del crepúsculo y tremelucían dad, amarga y cruel en aquellos instantes, del preesas lucecillas inquietantes que se ven á lo lejos cepto evangélico: No quieras para los demás lo desde los trenes. que no quieras para t i y tuve una piedad in La dama del vagón contiguo sin duda había mensa de aquellas dos mujeres: de la desconocimirado por la ventanilla, intrigada por aquel coche da, víctima de mi deseo, que hubiera podido ser donde iban solos dos muchachos jóvenes. ¡Quién iTiía aquella noche, y de mi herniíana, en quien husabe si nos creyó casaditos jóvenes! Mi hermana era una linda mocita de diez y siete años... La dama desconocida a s o m ó á la ventanilla como para respirar el aire puro de ÍÍWA la noche. Me puse también á mi ventanilla. Mi hermana se había dormido por completo, y respiraba con el sueño plácido que da una conciencia tranquila. Miraba yo con ojos ávidos á la encantadora dama. ¿Quién sería si aquella mujer que viajaba sola, que no llevaba tocas de viuda, que no tenía aire de extranjera ni tipo de cocotte... Hablé con ella, animado por la soledad de su vagón y por el misterio de la noche. De mi- i if ventanilla á la suya se cruzaron frases galantes, piropos audaces, insinuaciones curiosas, conducentes á investigar la vida y obras de mi vecinita de tren. Ella contestó al principio con gracias expresivas, pero lacónicas, á mis piropos; luego enzarcé la conversación tan hábilmente que la reduje á contestarme con cortesía. Su acento gracioso delataba su procedencia andaluza. Pronto fuimos buenos amigos, con esa fácil y rápida intimidad que da el viaje. La noche era clara y pura, con el firmamento profusamente estrellado; en fin, una de esas noches benignas y soñadoras del verano en Castilla. De largo en largo trecho el tren se detenía en una esta- ción, una de esas estaciones silen- c i u ciosas, sin andén, con un farol junto al reloj y donde el mozo apenas se atreve á murmurar, como si temiese profanar el silencio profundo de la noche: ¡Villaumbrales, un minuto... La locomotora resoplaba allá lejos con un jadeo fatigoso de niño enfermo; sonaban tres campanadas lasti- biese podido vengar otro galán mi alevosa acomeras brillaba ante los vagones una linterna mor- metida á la mujer incógnita del departamento contecina eme portaba un mozo; oíase un silbido débil tiguo... y prolongado, y el tren reanudaba su marcha á Me contuvo de tal manera esta idea moral, través de los campos de Castilla. que, pretextando el trío de la noche, que ya se de Mi conquista iba también á toda marcha, á tal jaba sentir, me despedí de mi vecina de tren y cepunto que fui pensando en trasladarme de coche rré la ventanilla con estrépito. En Venta de Baen la primera estación donde el tren se detuviese ños descendió la viajera, serena y altiva, sin volmás de dos minutos. Mi hermánita dormía pro- ver la vista atrás... En aquel momento se despertó fundamente y de fijo no se despertaría hasta el mi hermana... alba, cuando la rosada claridad matutina iluminaTodos callamos. Se oía sólo, en el café desierto, se el vagón. La bella desconocida mirálDame con el lamento del piano, que interpretaba una romiradas que eran invitaciones al traslado de de- manza italiana: Vorreimoriré... m á m ANDRÉS GONZÁLEZ- BLANCO. Dibujos de Reg- idor.