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V. 1 n V. PIEDAD J I amigo Ramón Rubianes era gran coleccio nador de anécdotas, que recordaba con oportunidad en apoyo de alguna tesis sustentada. En el café, donde hacíamos mucho alboroto y poco consumo, discutíanse altas cuestiones metafísicas V éticas, no sin que algunas veces rastreásemos nuestras alas de Icaros por los trillados senderos de la vida cotidiana, sacando la cuenta de la patrona sobre el mármol del velador ó meditando tan profunda cosa como si el paño de Tarrasa era mejor que el de Sabadell... El tranquilo café de provincia, visitado ordinariamente por señores sesudos y pacatos, era estremecido por nuestras vociferaciones y nuestras carcajadas, más resonantes aún en el techo bajo y en el recinto poco espacioso. Una noche, una noche propicia á la meditación y al estudio, una noche en que ventaba y llovía desesperadamente, tenazmente, perturbadoramente, como suele ventar y llover en Ablanedo; una noche en que el café parecía tibio nidal á cuyo abrigo nos recogíamos como pájaros ateridos... pájaros de la bohemia provinciana... más desoladora y más amarga que la bohemia de la corte... llegó Ramón Rubianes más tarde que de costumbre, muy embozado en su gallarda capa y tiritando de frío. Los contertulios estábamos acurrucados al arrimo de la estufa en el velador central de aquel café desolado, en el cual sólo se veían (á más de las tertulias habituales, que eran la nuestra, alocada, bulliciosa y joven, y la de los señores sensatos, casi todos magistrados de la Audiencia ó profesores del Instituto) raros maniáticos ó alcohólicos que se adormilaban en los rincones. Dilucidábamos aquella noche la moralidad y la inmoralidad, y, por uno de esos esguinces frecuentes en la conversación de varios muchachos jóvenes y revoltosos, la tesis descendió de lo general á lo particular y se narraron aventuras ó fragmentos de aventuras acaecidas á cada uno de los concurrentes. El uno se mostraba misógino impenitente, y para ello contaba una historia en que la bondad de las mujeres salía mal parada; el otro se manifestaba nietzschiano furibundo y cínico á ultranza, vituperando la virtud, la moralidad, el deber, la conciencia y el honor como patrañas anticuadas... Rubianes se aió cuenta perfecta del punto en que estaba la conversación y replicó así al cínico que consideraba el sentimlentalismo como una cobardía y la conciencia como una palabra vana: Voy á contaros una anécdota que es vivida, palpitante y, por lo mismo, más instructiva. Yo creo que ella demuestra que la conciencia no es un mito y que esa voz interior se deja oir aun en el pecho más empedernido. Yo no soy asustadizo, como sabéis, y en cuanto á los medios conducentes á la consecución de un fin tan alto como es el de conquistar mujeres, siempre he tenido pocos escrúpulos... Pues bien, hace dos años, una noche de verano iba yo con mi hermanita Soledad desde Madrid á Fabricia. Era en JuHo y viajaba poca gente, ignoro por qué extraña anomalía. El correo, que era el tren que nos conducía, estaba casi desierto. Soledad y yo íbamos solos en un departamento de segunda. El coche contiguo era de primera, y por la pequeña ventanuca que suele haber en el centro de estos coches vi á una mujer esbelta, rubia, elegantísima... Mientras fué de día, mi hermanita y yo nos entretuvimos en charlar y en cambiar impresiones de viaje, asomándonos á las ventanillas y entreteniéndonos en contemplar los rebaños de ovejas que un pastor conducía hacia el aprisco bajo la opresora melancolía del crepúsculo, ó en criticar los trajes (de esto se encargaba mi hermana) y las figuras (de esto me encargaba yo) de las niñas pueblerinas que pasea-