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cuales eran arrojados 1 o s restos de los apestados, rociándolos lue go con petróleo y prendí é n d o 1 e s fuego. La sitúa c i ó ii en aquellas r e giones es espantosa. Los chinos, t a n indiferentes á la idea de la muerte, han acabado por dejarse dominar p o r el terror. Una cart a l l e g a d a de Fudziadian relata los horrores de 1 a epidemia. A 1 principio, a q u ellos habitantes intentaron resistirse á las severas d i sposiciones de la autoridad, encaminadas á contener la propagación de la peste. Pero 1 o s siniestros cuadros de q u e diariamente eran testigos los dominaron, a t errorizá n d o 1 e s. Apenas caía enf e r m o uno de ellos se le echaba á la calle, se le rechazaba co ra o un objeto de horror. Tembló r oso, con los ojos desme s u r a d a mente abiertos á consecuencia d e 1 a fiebre, agonizaba abandonado de todos si no llegaba el servicio sanitario á tiempo de recogerle. Cuantos habían estado en contac- (o con un atacad o eran llevados inmediatamente á la estación del ferrocarril, don d e s e habían transformado todos los vagones dispon i bles o. n pabellones de aislamiento. En ellos vivía a q uella p o b r e gente esperan d o los primeros e stremecimí e n t o s de la enfermedad y recibiendo 1 a s visitas de los médicos. Estos han d a d o prueba de una abnegación y de un valor heroicos. Materialmente cubier t o s por trajes protectores ocult? 1 a cara c o n gasas antisépticas, examínab a n á l o s sospechosos y les tomaban la temperatura acercándoles el termómetro clínico á los labios. Las me d i d a s profilácticas fueron perfe c c i o nándose p o c o á poco. En los primeros días de la epidemia se quemaba s i n Consideración algu n a todo hogar contaminado. Pero las v í c t i m a s eran tantas, que á seguir por tal camino pronto hubiesen qued a d o l o s supervivientes sin albergue donde po d e r s e guarecer. Un montón de apestados dispuesto pa ra la cremación en una fosa. Una hoguera de apestados. Horno de cremación para los cadáveres de las victimas de la epidemia.