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Hicieron lo propio, y con su óbolo engrosaron ei del amo de la casa. No serían menos las mujeres: -Pobre hombre. Razón- es que se le ampare en una noclie corno ésta. ¡Venga un pan i Y se abrió un pan por medio y se rellenó de fritanga. Comida para un día. Allá van los chicos: nueces, higos, guirlache... Buenas gentes, cristianos viejos, temerosos de Dios, amantes del prójimo... -Ea, Quico- -dijo el veterinario. -Toma esto, que también son hijos de Dios los pobres. Ten: dinero, comida... Ya estás socorrido... Mañana Dios dirá... Tomólo todo el mozo. El dinero al bolsillo; al morral el pan y el compango... Y continuó quieto, inmóvil, mudo... Dos gruesos lagrimones rodaron por sus mejillas. Bueno. ¿Y qué... ¿No se iba... ¿Qué hacía ya allí aquel hombre? Pasábanse las viandas; roía el hambre en los estómagos... ¿Iban á cenar con aquel pasmarote allí clavado? Mirábanse unos á otros, y unos y otros alzaban los hombros, enarcaban las cejas, fruncían los labios... ¡Nada: no se iba! El amo se decidió al fin, y cortó por lo sano. -y- Bueno, Quico. Ya se ha hecho lo que se ha podido... Ahora... ¡vete. Vete al mesón, dinero llevas; cómete lo que se te ha dado; remójalo al amor de la lumbre; paga la posada... Ya nos veremos; mañana nos veremos... Ni por esas. Como si no fuese con él la cosa. ¡Ea! -voceó el veterinario ya enfadado. Alza de ahí... y vete! Vete en paz y en gracia de Dios, y déjanos tranquilos... ¿Cómo hay que decirte que te vayas... Mirólo Quico indiferente; requirió su palo; enderezóse premioso, entumecido; echó á andar; cruzó la cocina... y desde la puerta murmuró a- -agadamente: -i Que Dios vos lo pague á todos... Salió; la criada tras él; volvió á ladrar el perro; volvió á oirse golpear de trancas... Reapareció la moza sola... ¡Se había ido! -i Caramba con el hombre! ¡Qué pesadez la suya! Ea, ¿cenamos? -i Cenemos! La sopa estaba fría. Pusiéronse á cenar. No había apetito; se había pasado la hora... Nadie tenía humor para nada... Desabridos estaban los manjares; no calentaba el vino, que encharcaba los estómagos; no brotaba la alegría... Dormíanse los chiquillos sobre los platos... Por la ancha cocina se extendió una ráfaga de frío... Estremeciéronse todos. ¡Qué cena de Nochebuena más aburrida! Hablábase poco, y lo poco que se hablaba fugaba siempre el mismo tema. Parecía que todos trataban de disculparse. -Mira: como obra de treinta Hales se lleva... (Sin decir quién... Alguien cuyo nombre quemaba los labios. -i Oh! Y sin contar el pan y dos chorizos. -Y una tajada de lomo que metí ye con ello. -Hay que tener caridad. -Y más en una noche como ésta... -Ya lo pasará bien, ya, en la oosada... ¡Allí habrá jaleo! Se intentó sonreír, y la risa no asomó á los labios. Nada. Aquel hombre los había dejado helados á todos... Ni se empezaron siquiera los turrones, ¿para qué? ¿Quién tenía gana de nada... La conversación se extinguió por completo. Y entonces comenzó á hablar la conciencia: -No, no era un asiento en la lum. bre, un puesto en la mesa, un rincón en el pajar, lo que pedía Quico. Eso con dinero se encuentra en cualquier parte. Con aquellos treinta ríales sobraba para pagarlo todo... Sin dinero gozan de ello los perros de la casa... Lo que él pedía era un poco de cariño, una miaja de amor de todos ellos en aquella noche en que, por amor, bajó el mismo Dios á tiritar de frío en un pesebre... Dinero, lumbre, comida... Diéronle todo aquello porque de todo aquello sobraba en la casa. No lo arrojaron de ella por no socorrerlo, no; echáronlo á la calle por sequedad de corazón, porque molestaba, no su hambre ni su frío, él, é) era quien estorbaba allí aquella noche... aquella noche de alegría que él había aguado. No habían enjugado sus lágrimas; le habían comprado su llanto para que fuese á otro lado á verterlo... Cristo, pobre, había descendido hasta ellos, y ellos, egoístas, lo habían despedido... Cristo se había alejado, y con El el amor, único calor del mundo, fuera del cual todo se hiela: los cuerpos y las almas... Por eso quedó fría la cocina, fríos los manjares, fríos los espíritus... ¡Sí, es verdad! -exclamó el veterinario dando un puñetazo sobre la mesa. ¡Pecado gordo hemos cometido, y Dios nos castiga... Que Dios nos perdone... Tú, Perico- -añadió encarándose con un mozo. -Vete á buscarlo al mesón; tráete á Quico; cenaremos de nuevo; se volverá á principiar la cena. Que venga, que venga aquí; á mi mesa, á mi silla; á bendecirnos esta noche... Todos asintieron, descargando su alma del peso que la oprimía. -Sí, sí, que venga; ¡pobre Quico... Sobra comida y apetito no falta... ¡Si apenas se había prohado bocado! í, Los pechos aspiraron con deleite una ráfaga de alegría que invadió la casa. Rieron los mozos; charlotearon las mozas; bebieron los amos, y las amas rivalizaron en actividad, reconstruyendo los platos, desflorados apenas... ¡La cena, oh Shakespeare, ya tenía salsa... Salió Perico, y... ¿He de decir que á la puerta de la casa, helado, yerto, con los dineros en la faltriquera y el pan en el zurrón, halló á Quico difunto... N o no mentiré; no falsearé mi relato con esta pincelada trágica. Quico fué encontrado en el mesón, seco de ropas, abrigado de estómago, caliente de cascos... Bebidico estaba el hombre, resucitado, alegre... Acompañado por el hondo redoble de su tos, entonaba un villancico... Pero no quiso volver. Se obstinó en no volver... Bien se estaba allí... Diérale el mozo gracias al amo; gracias á todos, que bien buenos habían sido, y que cenasen, que celebrasen la Nochebuena en paz y en gracia de Dios... ¡No quería él ir á estorbarlos... ¡Y regresó el mozo solo y triste, y con él acabó de entrarse en la casa todo el frío de la calle... VICENTE DIEZ DE TEJADA. Dibujo de Ménáez Briajra.