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cendales se enreda la pastoril cadencia del villancico... S. M. la señora Ana María, la veterinaria; Su Alteza la señora Inés, la estanquera, y S. E. la señora Pepa, la ministra mujer del alguacil) con sus preexcelentes eonsortes, acordaron celebrar la Nochebuena juntos, en casa de la primera de dichas heterotéticas señoras, reuniendo cenas, y aun pagando á escote lo no reunido, dando por bueno el dicho que dice que á escote nada es caro; La cocina de la veterinaria, cocina de casa que había sido mesón, era grande, espaciosa, desahogada. Pegado al muro refulgía el lar, sobre el que se abalanzaba la enorme boca de la campana de la chimenea, apoyada en dos pilares, dosel bajo el cual se agrupaban las ollas en torno al humeante fuego. Amplios escaños de roble negro, curado por el humo y por los años, extendíanse á lo largo del hogar, al pie del baldaquino, ornado de peroles y de pucheros, y frente á la encendida fogarata, una ancha mesa, lustrosa por el uso, esperaba desierta la bendición de Dios que sobre ella quisiera derramarse. i Allí iba á ser ella! En aquel ahumado tinelo frente á aquel fuego crepitante, alegre, luminoso; en aquel ambiente tibio, perfumado con vaharadas de condumios aromatizados por las escandalosas especias; entre rumores de ollas que hierven, de leños que crujen, de castañas que estallan... Entre dulces estremecimientos de bienestar egoísta, despertados por el golpeteo de la lluvia sobre los emplomados vidrios de la ventana; por los aullidos del viento, que silba entre los árboles, en la chimenea ulula y golpea en las puertas; por la visión del ancho campo, amortajado por la nieve; por el fragor del río crecido, que retruena á lo lejos... i Oh, qué bien se estaba en la caliente cocina! Hervían las legumbres; chirriaba el pescado, nadando en aceite en la negra sartén, sonando á lluvia; dorábase el ganso, agarrotado, con las canillas de las patas hundidas en el vientre relleno de cebollas y de salchichas, con su retorcido cuello despellejado, sin cabeza; cocíase la compota; asábanse las manzanas, y el pellejo del vino, monstruo sin patas y sin testa, amarrado sobre su caballete cual fiera dañosa en cuyo seno se abrazan la muerte y la alegría, templaba su rapada panza con los resplandores de la lumbre. ¡Qué bien se estaba allí dentro! Jugaban á los naipes los proceres, alternando con los mozos, y bebían para hacer boca; afanábanse las mujeres, rodeadas de las fregonas, repicando en el sonoro almirez de azófar, atizando el fuego, salpimentando guisotes, y los chiquillos, m. aniobrando con las cortadas patas del ganso, haciéndolas abrirse y cerrarse tirando de los tendones, husmeaban con ojos avaros los tarros de almíbar, la pella de los higos, el montón de cascajo... los empapelados alfeñiques, las barras del turrón, fabricado en la villa por magos ó por ángeles... ¡Qué bien se estaba allí dentro, mientras el sordo y el mudo (los vientos bramadores) referíanse aullando entre bufidos la historia del caminante perdido entre la nieve sobre el borrado sendero de la montaña... i Ea 1 Afuera los jugadores, largo de ahí las cartas, á un lado el bocal del vino... Se va á cubrir la mesa. Ya están aquí los gruesos manteles de gusanillo, blancos como la leche; las recias servilletas marcadas con letras rojas; los platos de vie- ja loza rameada; los cortadillos labrados; los cubiertos de alpaca, gastados, retorcidos, bruñidos por la ceniza; los afilados cuchillos de hendidos mangos de boj; las panzudas jarras, con su bolera agitando las postizas y dando al aire su pierna de agudo pie, calzado con chapín de galgas... ¡A cenar se ha dicho! ...Y entonces fué cuando llamaron á la puerta... Paráronse todos sobrecogidos, disgustados... ¿Quién diablo sería á aquellas horas... Una de las mozas de la casa, candil en mano, acudió á ver quién era el importuno. Oyóse ladrar á un perro, desatrancar la puerta, pasos por el zaguán... y apareció la sirviente seguida de un blanco espectro entrapajado, cubierto de nieve, calado hasta los huesos, aterido, helado... Jesús, pobre, extendía su mano implorante pidiendo un asiento en la mesa, reproduciendo la escena inmortalizada en el cuadro célebre. Sobre el blanco mantel humeaba la sopa... Fué imposible reprimir el gesto de disgusto que se reflejó en todos los rostros. El aparecido era Quico, Quicón: un viejo mozo de la casa, truhán, mala cabeza, borracho y pendenciero, arrojado de todas partes, de todas las casas despedido... Habíase ido á correr tierras, á extender sus maldades por el mundo... ¡Y volvía al pueblo aquella noche... ¡Y cómo volvía... Enfermo, extenuado, cubierto de andrajos y de miseria, espantoso, repugnante... No hablaba; no había en su garganta voz, ni palabras ensu boca... Miraba solamente, con mirada de ánima en pena que helaba la sangre; tiritaba, tosía... tosía con tos blanda y honda que levantaba el estómago... ¿Q u é hacer... ¿Qué hacer en aquel trance... Y al decir ¿qué hacerf quería decirse: ¿Qué hacer fuera de lo que debe hacerse... i Buena cena iba á dar á todos aquel demonio... ¿Quién era el guapo que apechugaba con aquel montón de miseria á su lado, al lado de los niños, delante de los ojos... -i Agua! pidió el aparecido con voz ahogada y semblante angustioso. Y como aquella gente no era mala gente- -buenos todos, cristianos todos, temerosos de Dios- todos, llevaron al infeliz á un escaño, sentáronlo junto al fuego y acercaron á sus labios un jarro de vino tibio, oloroso... Vaciólo con avidez el sin ventura, y ofreció sus manos á las dulces caricias de las llamas, y sus enfangados pies se alargaron pidiendo sus besos al fuego; y de todas sus ropas comenzó á brotar un vaho incierto, que hedía á suciedad y que lo envolvía en vapores, cual si comenzase á cuajar la nube en que habría de envolverse para transfigurarse... Y así permaneció inmóvil, mudo... Sus miradas descansaban indiferentes sobre los manjares que se agrupaban junto al fuego. Y vuelta á preguntar: ¿Qué hacer ahora... El veterinario resolvió el problema. Echó mano á su bolsa; tomó de ella unas cuantas monedas, no pocas, y se dispuso á entregárselas al desgraciado. Los demás hombres cazaron la intención al vuelo. -Cierto. Hay que tener caridad. Todos somos hermanos...