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I Levanta e s o s brazos! i Émpápale lien! El primer espada se amoscó. Miró al consejero dos ó tres veces, iracundo é impertinente, y, por último, se dirigió á él y le dijo: -Oiga usté, tío viejo, ¿por qué en vez de hablar tanto no baja usté aquí á hacer lo que dice? -j Espera, que allá voy i Gjn asombro de los novilleros, el viejecito aquel, que era el hombre de lap patillas, de quien antes hemos hablado, bajó a 1 redondel (d e algún modo hay que llamarlo) tomó la capa del primer espada y lanceó al bicho maravillosamente por verónicas y navarras, poniendo cátedra, admirable cátedra de toreo fino é inteligente, hasta quebrantar las facultades de la res. Después de lo- cual devolvió el capote al asombrado muchacho y poniéndole una mano en un hombro, le dijo. i Así se hace! El público todo seguía aplaudienáo con entusiasmo al extraordinario lidiador. Volvióse el viejecito á su puesto ntre los espectadores, y el novillero p r u n t ó quién era aquel hombre extraordinario. Pronto halló quien se 1 o dijeiía. Aquel hombre era... ¡Cayetano Sanz! Ante él acudió el torerillo para pedirle perdón por su insolencia, mon- téra en mano, y el maestro aceptó cariñosamente sus excusas. Durante el resto de la corrida, los Mdiadores, en vez de molestarse cómo antes por las indicaciones del viejecito, miraban hacia él constantemente como pidiéndole consejo... Cuando acabó la fiesta, Cayetano inz se informó del dinero que habían recibido los lidiadores y lo aumentó con un donativo de importancia. P. P. CHANELA. IVA A PODER SER? A brío la empresa Mosquera un abo no para seis novilladas, y en verdad que no pecó e n esta ocasión, eomo en otras, de sobra de precau 3 Ón; porque anunciar seis funciones que se han de dar forzosamente en áomingo ó día festivo y no contar más que con esos precisos días, es expuesto á quedarse sin alguno como ya se quedó sin el primero por causa 4 e la lluvia. Comenzaron el 19 de Febrero y por venir el Carnaval después quedaron pendientes cinco corridas para el mes de Marzo solamente, ó a lo sumo, apurándolo t o d o un domingo d e Abril. En Marzo hay cinco días de fiesta y CF r -n q, g uno de ellos lo piensa Utilizar el empresario para dar una corrida de toros, con io que sólo quedan cuatro, á los que se puede añadir un domingo de Abril, pues el otro, el día 2, está acotado para celebrar la corrida de la Asociación de la Prensa. Si el temporal lo permite, son los días justos y precisos para cumplir el anuncio, y si le diera por llover una semana ó dos, adiós proyectos. Después de todo, esto no tendría nada de particular ni había con ello motivo á que se quejara nadie, al ver que sobre la voluntad están á veces las circunstancias imprevistas, q u e deben ser siempre tenidas en cuenta. Otro punto hay en él que debe el arrendatario de la plaza poner algún cuidado y es el relativo á ganaderías y toreros ofrecidos en el cartel de abono. Comenzó por la ganadería de menos renombre, entre las siete q u e anunció, y verían con gusto los abonados que en las siguientes no siguiera por tal camino para, en el caso de que se quede alguna fuera, que no sea la de Miura ó Concha Sierra, sino otras que son muy inferiores á éstas en importancia y que ofrecen menor garantía de éxito para aquellos que n o tuvieron inconveniente en adelantar su dinero, pues, á pesar de la ventaja que se ha concedido á los señores abonados, no hay una sola localidad de tendido de sombra que cueste menos de dos pesetas y se han convertido en sombra algunos que no lo han sido nunca. Si se tuviera el cuidado ese de dar los toros de renombre antes que los otros, merecería la buena intención un justo aplauso que no se otorgaría en caso contrario. Tampoco estaría demás que si se queda fuera alguno de los once novilleros que figuran en el programa, no sea ninguno de aquellos que más expectación pudiera haber despertado entre los abonados. Con que haya un día de lluvia y se estropee una combinación, puede quedar alguno con el deseo de vestirse en Madrid y á esto sí que debía atender con exquisito cuidado el señor Mosquera, porque nada habrá tan amargo como la decepción de un prin- cipiante que se haja hecho la ilusión de presentarse ante este público y no lo logre. Por caridad, en lo que se relaciona con los que empiecen, se debe procurar darles la ocasión esa que todos buscan y que al no encontrarla suponen que son objeto de persecuciones imaginarias. Si faltan días y en el afán de complacer á todos se da una novillada de ocho toros, se vería con mucho gusto, pues de lo contrario, el más pequeño inconveniente va á evitar que se cumpla lo ofrecido. ÁLBUM BIOGRÁFICO ENRIQUE VARGAS (MINUTO) A unque nada se puede decir de este torero que no sepa el lector, no vamos por eso á prescindir de su biografía en esta colección, en la que no pocos han figurado y figurarán con menos motivos. En todos los tonos se ha dicho y escrito lo que merece la figura de Enrique; pero porque se diga una vez más no hemos de pecar por exceso, que todo es poco para contribuir á que no se borre la popularidad de quien con tanta voluntad ha sabido ganársela. El haber toreado aún en los tiempos de Lagartijo el grande y después haber alternado con todos los espadas de todas las categorías que han pasado por las plazas, desde Mazzantini y Guerrita hasta el presente momento histórico, sin hacer mal papel, es un timbre de gloria que no pueden apuntárselo todos. Ha tenido tal sagacidad, tan claro golpe de vista para saber dónde estaban los aplausos y cómo se podían ganar, que en ocasiones ha vuelto locos á toreros buenos y con sobra de facultades y poder para realizar todo lo que otro intentase. Estos se quedaban muchos días sin palmas, a l tiempo que Minuto se las llevaba con sus alardes de guapeza, en los que adaptaba un a r t e tan complicado como es el de los toros á sus condiciones físicas, adaptación que para otros habría sido imposible Digno de aplauso ha sido todo lo que ha hecho en su larga vida profesional, pero sobresalió de lo hecho antes y lo que hizo después la lucidísima campaña del año 1897. No es posible que nadie de las condiciones físicas de Enrique Vargas pueda llegar á lo que él llegó aquel año. Siete corridas toreó en Madrid y no puede decirse qué en ninguna hiciera nada que se pareciera á lo que había hecho en otra. Todo su mérito consistía en eso: en la repentización, en la sorpresa que producía al ejecutar lo inesperado, lo nunca visto. Algunos preceptistas querían hacer ver en los puntos que se separaba de las reglas escritas; pero la emoción que sentía el público no podía contrarrestarla nadie, pues con aquellas mágicas creaciones, que no podían ser bufas aunque lo parecieran, porque entraba en su ejecución siempre una gran dosis de valentía, subyugaba á las multitudes y éstas se rendían en cerrado aplauso. Aquello de dejar estocadas derechas en lo alto de las agujas de toros buenos mozos, á los que no podía ver el morrillo ni con zancos, no podía