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mmi EYamismñ m PAGINAS FEMENINAS CRÓNICA D E PARÍS MlIirCOLES I 5 DR C i yo conociese á la simpática española que con frases inmerecidas y en extremo flatteiiscs me pide mi parecer sobre la robe- pantalon, la contestaría con más libertad; pero como no sé quién es, temo molestarla si mi opinión fuese contraria á la suya. E n fin, pidiéndola de antemano- mil excusas, voy á ser sincera. Rechazo la robc- pantalon. Después de hacer constar mi opinión en rotundo, digo francamente que no encuentro justificado el terror que se ha a oderado de las señoras ni mucho menos los escándalos á que h a dado lugar. Desde el punto de vista decoroso, me parece mucho más aceptable c ue las faldas prcsque- cniravées que usan las mismas ciue recriminan con severidad la robe- pantalon. Voy á poner un ejemplo para que ustedes, por sí mismas, uedan juzgar. Hace quince días estábamos reunidas unas cuantas personas en la morada de una gran dama, y, como era de esperar, se hablaba de la famosa m o d a todas, yo la primera, dijimos qtte era ridicula, absurda, fea, inaceptable, etc. etc. Y una elegantísima duquesa, que hasta entonces había guardado silencio, añadió en tono reposado y enérgico: Sobre todo, es inmoral. Yo volví la cabeza, y excuso decir á ustedes mi sorpresa al contemplar la figura más bonita ciue un artista puede soñar, vestida primorosamente, apoyada en los cordones de una cortina con la mano derecha, mientras la izquierda sostenía un pequeño bouquet de violetas. Su silhouette se destacaba sobre claro tenía un balcón detrás vi, y conmigo todos los allí congregados, que la intransigente aristócrata sólo llevaba debajo de su ligerísimo vestido de mcsalinc un viaillot de seda. Si hubiese sido pintor, se me hubiese ocurrido dibujarla; siendo quien soy, pensé que si las señoras rechazasen, no con la palabra, sino con los hechos, ciertas modas que no han sido creadas p a r a ellas, los modistos no se atreverían á lanzar modelos que sin duda habían de ofender á sus chentes. Comparando la robe- pantalon con los vestidos que pudiéramos llamar fundas, me parece más aceptable, al menos los que yo he visto. U n o de liberty celeste, con pantalón bombacho á la turca, sujeto en los tobillos con lazos de terciopelo negro, y encima una túnica Imperio, un poquitito fenduc por delante y large traine diamantee. Otro, de calle, tiene el pantalón igual, de velours noir, y una falda redonda fendue unos veinte centímetros por los costados. H a s t a el m á s horrible de los que lie visto es preferible al maillot debajo del vestido transparente, porque al menos tiene mucha tela. Creo haber demostrado que para declararse abiertamente en contra de la robe- pantalon, hay que empezar por vestirse de veras, como se ha vesüdo siemiirc la mujer, y no dando lugai á chistes de tan mal gusto como el atribuido á cierta señora, ue ella misma contaba ue utKi tarde muy fría se le acercó una pobre á i) edir limosna, y para inspirar más compasión, decía: Señora, tengo mucho frío; no llevo más ue el vestido. A lo cual repuso la elegante dándola una moneda L o mismo ciue yo sólo el vestido. Dejando el lado incorrecto de esta última extravagamcia de la moda, ciue espero verla morir antes de ser admitida en cierto círculo, considerémosla desde su aspecto ridículo. ¿Puede idearse nada más absurdo que privar á una rarisiense de sus graciosos movimientos para recogerse la falda cuando Hueve, y de su charinc inimitable Yárü moverse en un salón dentro de un vestido largo, muy largo y muy amplio (siempre resultará majestuoso) para convertirla en una mujer de Oriente, si es menudita y mona, y en tm zuavo, si es alta y no muy esbelta? N o hay encantos fine resistan á esta indumentaria ni es posible síistener ilusiones cambiando los atractivos femeninos i or cierta allurc masculina. Además, las francesas no se distinguen por su pie pequeño y no las conviene descubrirlo con demasiado atrevimiento. La última palabra: guerra sin cuartel á la robepantalon, ó, mejor at m, una sonrisa desdeñosa; el desdén es el arma más poderosa; pero vamos á vencer en toda la línea. Dividamos nuestras baterías y apuntemos al mismo tiempo á la robe- pantalon y á la robe- entravée. CONDESA D ARMONA. ILhL. LOS I D I O M A S COMO BASE D E CULTURA p j 1 estudio de idiomas ronstilnyf en la época pre senté una necesidad. Hace cincuenta años se consideraba el aprender idiomas como una clase de adorno, algo asi como un lujo, Cju: sólo se permitían las personas de elevada posición, por ser las únicas que solían viajar por el extranjero. Hoy se considera la vida desde otro punto de vista, y se comprende que dicho estudio se juzgue necesario en vez de superñuo. Para las personas que viajan írecutntemente es útil hablar el idioma del país que visitan; pero será mil veces más útil para los cjue, no pudiendo viajar, se vean precisados á conocer el mundo leyendo. Alguien ha dicho que ia literatura extruijera se puede conocer sin saber más que el propio idioma, puesto que todas las obras notables se han traducido. Es cierto; podrá conocer la- sencia de esas obras; pero será imposible apreciar sus bellezas ó sus defectos literarios. No diré que las jjersonas que miran con indiferencia el estudio de idiomas y que conocerj sólo el suyo carezcan de cultura en absoluto; pero sí puedo afirmar que, comparándose con otras que tengan igual inteligencia y el mismo grado de instrucción, más el conocimiento de algunos idioma; extranjeros, se encontrarán muy inferiores á ellas. No creo tampoco que solamente por poseer con