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sobre todas las cosas de este mundo y la verdad sobre la libertad misma. Jamás dijo una mentira, y, lo que era peor; sí, peor. -jcontáranselo al pueblo! -no permitía que nadie las dijese. Aquella mujer era un azote. Lo sabía todo, todo... y lo poco que no sabía, si había algo que ella no supiese, lo adivinaDa. ¡riruja debía de ser la indina! Hablábanle de un pueblo, de uno cualquiera: conocía á todo el mundo. La hija del médico, la Cjue tuvo con su primera mujer, ¡aquella pobre doña Rosa, que era una santa! no se había casado con el boticario por falta de dote. El estanquero no se retiró, lo retiraron, porque contrabandeaba de lo lindo. De otro pueblo, á diez leguas de distancia; no había que hablar: todos los vecinos conocidos... Los viajes del barbero tenían su intríngulis: lo cogieron los civiles con los duros falsos encima... Cuando la señora fiscala firmó su testamento estaba ya difunta. El aotario andaba por justicia... Y así todo. Pues ¿y en Aldibuena? Aquella mujer era el demonio. -Mire usted, doña Fulana. Aquí le traigo este jabón... La criada lo deja escondido entre las piedras del río; luego va su madre á recogerlo, y entre las dos le están robando á usted los ojos... llo Zutano: no se fíe usted del mozo; lo va á dejar plantado cuando menos lo piense. Ya se ha ajustado con el albéitar, y se la piensan jugar á usted al comenzar la feria... -Señor cura, ojo: que el sacristán sabe abrir el cepillo de las ánimas y lo deja seco... Vigile usted... Y salía todo verdad; todo tal y cual ella lo había anunciado... ¡Cuando yo digo que la tal debía de ser bruj a! Ni los chiquillos se atrevían con ella. -Tú, hijo; no me tires piedras; déjalas para perniquebrar las gallinas del alcalde... Estáte quieto, tú, que si lo sabe el maestro no le va á perdonar á tu madre el duro que le debe... Tú, Barrabás: no me des esos chillidos, que parece que aún te está calentando tu padre cuando te pilló birlándole los cuartos... i Nada, bruja! ¡Lo que se dice bruja del todo... Así se explicaba su aparición en el pueblo y su desaparición de los otros... Traíala el viento; el viefito la llevaba... ¡Quién sabe si ello ocurriría algún sábado, cabalgando en una esoba... Pues la bruja cierto día- -un lunes- -acercóse á la casa de los señores de la Aliseda en demanda de caridad ó de trabajo. Topóse en el corral con D. Santitos- -irresistible aquel día- -rodeado de criados, á los que atontaba á puros gritos, dando órdenes en seco, lo mismo que un general en el campo de batalla. Para todos había: las mozas eran sucias, presumidas, perezosas; los mozos, torpes, dormilones, pesados. Nada estaba bien hecho, todo andaba manga por hombro... ¡Ni el perro estaba seguro... Y en tan buena ocasión apareció la bruja, con su eterna demanda en los labios: trabajo ó pan. ¿Trabajo... ¿Trabajo... -aulló ia pavesa irritada. ¿Trabajo para ti, chismosa... ¡Arre allá... No queremos en casa testigos de vista... ¿Pan... ¡Mejor te sería vino, grandísima borracha... ¡Virgen Santísima, lo que había dicho aquel hombre... ¡Borracha... ¡Borracha elJa, que nunca lo cataba... ¿Borracha ella... ¿Sí... ¡Pues aguárdate! Y echando lumbre por los ojos, por aquellos ojos brujos de la manchitá roja, por aquellos ojos verdes de gato montes, exclamó la furia: -Borracho, tú, viejo chocho. Borracho, tú. Matusalén. Borracho, tú, que aún te dura la de ayer tarde... ¿Cenaste anoche, cuba? ¿Se te pasó ya el mareo, pellejo... ¿Te crees que no sabemos á qué rosario vas tú los domingos, tonel... Pregúntaselo al tabernero, y al albéitar, y al rapabarbas, y al maestrillo... ¿Te fallaron el tres anoche, eh... ¡Claro! ¡Como que ya no veías... Siete reales te costó la broma; siete reales de vmazo que te embaulaste, que te lo echaste al coleto, entre pecho y espalda, mosquito... i Anda, llámame borracha... Don Santitos se quedó helado. Pálido, tembloroso, desvanecido bajo aquel chaparrón de verdades, que sonaban á insultos, dijérase que iba á exhalar su último aliento, lapidado por los denuestos dé la bruja. Aquella mujer, aquella arpía, había hecho saltar los sellos de su secreto y lo había divulgado á la faz del mundo, ante aquellos zafios, á quienes ya jamás podría imponer respeto, para los que había muerto ya su autoridad al disiparse la aureola de pureza y de rectitud que lo circundaba... ¡Estaba desenmascarado, deshonrado, perdido... J n relámpago de odio infinito brotó de su: ojillos grises, congestionados. Tembláronle loí labios finos, verdosos, y de ellos, como lengüecilla de víbora, se escapó este silbo que apuñalaba, promesa firme de enmienda; amenaza horrible de muerte: ¡No me lo dirás más... ¡Te juro que no me lo dirás más... Y desde aquel día, D. Santitos no volyió al rosario... ni volvió á ser hombre. Comenzó á decaer, á decaer, á encogerse, á encorvarse, hasta dar con sus huesos centenarios- en tierra... en aquella tierra que tanto él había c ominado y que ya desesperaba de poseerlo... Muerto lo hallaron una mañana sobre las losas del lagar... La bruja desapareció como, había aimrecido. Acaso montó en su escoba y voló por los aires hacia Cernégula, atraída por algún aquelarre... Nunca más se la volvió á ver por eb pueblo. Son espíritus vaporosos que engendra la fierra, como los produce también el ac ua... ¿Por dónde habrán desaparecido... padre Shal espeare... -Por esto le digo á usted, señor juez, que esos huesos hallados en el lagar de ¡os Alisedas bien pudieran ser suyos... ¡de la bruja... VÍCE: VTE D I E Z DE TEJADA. Dibujo de véridez Briiig- a. 5 6 7 8-