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y cuu cUa su rango, y que el niimero de sus criados no menguaba, ni el de sus propiedades- -hipotecadas ó no- -disminuía. Había casa para rato, con blasonado banco en la iglesia, con matanza de largo por San Martín. Y mientras hubiera casa habría D. Santitos, si es que este D. Santitos no era la casa misma, ó, por lo menos, un genio protector de ella, ligado á sus cimientos por fuerza de conjuro, ó á sus muros por los hechizos de algún mago encantador. Don Santitos no tenía edad ya. Nadie la sabía, y á él se le había olvidado. Cinco generaciones de señores de la Aliseda habían desfilado ante sus ojos: ante aquellos ojillos grises, vivarachos, menudos, inquisidores, sombreados por los copos de nieve de unas cejas cerdosas, desmandadas. Los viejos hidalgos de casacón lo conocieron niño, al frente de un rebaño de la casa; los hijos de éstos lo vieron mozo, con su coleta y su redecilla los nietos lo hallaron hombre; los bisnietos, viejo; los tataranietos, hecho una pasita... y se esperaba la llegada del chozno para presentarle á D. Santitos convertido en pavesa, pero tieso aún, y aún marimandón é infatigable... Terror de los criados de la casa, nada se escapaba á su ojo avizorante; en todo estaba y atendía á todo. El echaba la última mirada á las cuadras y la primera al gallinero; ante él se cubría el fuego por la noche y se avivaba por la mañana; los ganados se esquilaban á su voz, y á su voz se recomponían los aperos; las simientes p- saban por sus manos; los granos eran medidos por sus dedos, empuñando la rasa temblorosos. Hervía el vino en los lagares acariciando sus oídos, y posaba en las tinajas el aceite bajo el peso de sus miradas... D. Santitos tenía la aguja de enjalmar para recoser la albarda del rució, las tijeras para podar los rosales del huerto, las podaderas para desmochar las vides, la piedra para amolar los cuchillos, los recibos de la contribución, las escrituras de los medieros, la cera para el camposanto, la hortera con la levadura, la llave del arca de la sal y las de cuantas arcas y armarios había n la casa el brazo que se le rompió al Santo Cristo de marfil, las tejas que sobraron cuando se tapó la última gotera de la cocina... Autoritario y duro con los de abajo, no había en el casón más voluntad que la suya, sin refunfuños, sin protestas, sin observaciones. Rezongador y humilde con los de arriba, siempre cediendo, mandaba siempre, y era la suprema autoridad de la casa... -Don Santitos- -decíale la ya vieja señora. -No seas malo; anticipa esa grana que nos piden... -Hijita- -contestaba él, tuteando á la dama como cuando era niiia, -tú no estás ya para esto; no entiendes estas cosas: pero se hará, se hará; basta que tú lo mandes, que para eso eres el ama; se hará, se hará. Y no se hacía. La pobrecita señora choche iba ya... ¡La echarían por puertas aquellos tunos! ¿Faltaba cebada en la cuadra? A D. Santitos con el cuento. ¿Se necesitaban cien duros en el estrado? Con la embajada á D. Santitos... Y entre las briznas de la cebada para las bestias aparecían los dos mil reales para los amos. No estaba contento nunca, y quería marcharse siempre. Nadie le obedecía, nadie le hacía caso; ya iba siendo viejo, y era hora de retirarse á esperar la muerte en un rincón donde no molestase á tiadie. No servía é! ya para nada, no podía él ya con tanto jaleo... ¡Ah! Y á propósito, ahora que se hablaba de jaleo, i Cuidadito con empezar la siega hasta que él echara un vistazo por los campos... Los prados estaban aún verdes, no corría prisa; no se tumbaría el heno... Y el señorito, que no se apurara: la silla mejicana la tendrí? compuesta para la romería del domingo; la hebilla que faltaba á la brida la tenía él... ¡Jesús, Jesús, qué vida, que no le dejan parar á uno... La Paloma ha tenido cinco cachorros: se han guardado dos muy majos: se parecen al Tiro... Buenos para perdices... Los domingos y fiestas de guardar nunca cenaba D. Santitos. Retirábase á casa á primera, noche mareado, con la cabeza cargada; no se encontraba bien Sonreíanse los amos y lo dejaban acostarse... Los criados murmuraban y cenaban sin él, respirando un poco de libertad lejos de las miradas del tirano, del inquisidor, del ogro... Y esto era porque D. Santitos, desde los tiempos más remotos, rayanos con épocas antediluvianas, tenía un vicio oculto. Aquella torre de marfil, sin máculas; aquel hombre perfecto, que no fumaba, que no blasfemaba, que no bebía... tenía un puntito de caries, un gusanillo roedor, una debilidad que podía más que él: la nefanda costumbre, el hábito horrendo de echar unas manos de brisca en el pisito alto de la taberna los domingos por la tarde. El decía que se iba al rosario... Sí, sí; buen rosario te dé Dios, grandísimo tuno, vicioso, perdido... El rosario que él rezaba era el del as, tres y rey, en compañía del albéitar, del maestro y del barbero sangrador, ocultos, de tapadillo, en el antro infernal de aquella salita, sin respetos al Cristo que, puesto sobre la cómoda, les echaba en cara sus maldades. Y como las tragaderas se secaban y había que hacer algún gasto, echábase mano al bocal, que corría, corría de una en otra y, es claro, á la noche, un dolor de cabeza y unos mareos que espantaban... Esto, que con tanto sigilo se efectuaba, no lo sabía nadie, nadie... Fuera del pueblo, estoy por decir que no lo sabía ánima viviente. Y D. Santitos guardaba su secreto en lo más hondo de su alma, y, disipados ya los negros vapores, ahuyentados por los tibios soplos de Morfeo, aparecí el lunes incólume, invulnerable, inmaculado... terrible el recto inquisidor, cetro en mano... ¿De dónde había salido aquella mujer? Nadie lo sabía. Colóse de rondón en el pueblo, sola, extraña, lunática, joven aún, ni repulsiva ni amable rara nada más. Nunca pudo ponerse en claro si la había vomitado la tierra ó si de las nubes se había desprendido. Era una histérica. Siempre repeinada, con los cabellos estirados recogidos sobre la coronilla; remendada, limpia como el ampo de la nieve, murmurando no sé qué oraciones ó conjuros, entre el incansable bailoteo de sus ojillos verdes, en los que acaso, acaso se adivinaba una manchita roja... Pedía limosna, trabajaba en todo lo auc saliera, sabía lavar ropa y labrar tierras, cuidar ganados, velar enfermos y ataiidar difuntos; comía poco y no bebía nunca. fue a ú las purísimas linfas de la fuente. Era honrida á carta cabal: ni tocaba nada- ¡oro molido que fuese! -ni se dejaba tocar por nadie- ¡ni al pelo de la lopa! -Teníasela por loca. A: -n 3 h? In libertad