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fan y son dignos üe ua tumt, ¿v capero que tú Uegafás á sef; pero por si algún día te ves en él duro trance de tener que venderle, te voy á dar una tarjeta que certifique el verdadero valor de tu instrumento. Escribió algunas líneas, y haciendo una fiesta al chico, que le miraba muy asombrado, le dio la cartulina y se alejó. Antonio leyó: Certifico que este violín es un Amati de la mejor época, valuado por mí en diez mil pesetas. Sprinti. ¡Sprinti! ¡El primer violinista de Italia, y quizá del mundo, había tenido entre sus manos el violín! j Antonio no corrió, voló á contar á su madre lo ocurrido, y la pobre, enferma, llorando, abrazó al niño y aprobó su conducta. Pero el día temido llegó. La miseria, en toda su desnudez, se posesionó de la casita donde sólo se conservaba la cama de la paralítica y un jergón para su hijo. í Después de una prolongada lucha consigo mismo, Antonio exclamó en alta voz: -Es preciso que mi madre viva; no hay más remedio. Padre me lo perdonará desde el cielo. Algunas horas después el sacrificio se había consumado. En cuanto leyó el certificado de. Sprinti un constructor de instrumeiltos musicales, adquirió el violín, y los que momentos antes carecían de; todo, se consideraban ricos y felices. Antoriio lla: mó á una enfermera y odeó á su madre de cuantos cuidados exigía su grave enfermedsid. Gotí la asistencia de un buen médico, más comodidades y mucha tranquilidad, la madre dé Antonio se repuso notablemente; pero la alegría había desaparecido. Nadie hablaba del violín, no se atrevían á recordar la pérdida de su tesoro, en el que tantas esperanzas habían fundado. Un día recibió Antonio una carta dirigida á su nombre. La abrió con asombro. ¿Quién podía escribirle? Nadie le conocía fuera de Ips vecinos. Pero su asombro creció al romper el sobre y encontrarse con un billete de favor para el concierto que Sprinti daba aquella tarde á beneficio de una familia de artistas. Sin comprender cómo ni por qué, el violinista sabía su nombre y había pensado en él. Antonio saltaba de alegría. ¡Iba á escuchar al maestro de los maestros, al que, según decían, arrancaba de su vioContinuará. 90- BLANCA Y NEGRA. P R M. os O LOS DOLORES ROMERO Y MARTÍNEÍ I. Blanca y Negra era una gata tan chica como una rata. 2. Un día cogió un ratón, realizando su ilusión. 3. Se puso á jugar con él, como si fuera un papel. 4. Pensando en aquel bocado, que era tanto de su agrado. WJMÍ 5. Le cogió con ia manita, dándole una vtieltecita. 6. El pobre ratón le dice: ¡Por Dios, no me martirice! Continuará. -95-