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cubría fácilmente que desde el fondo de su alma agradecía aquellos piropos y que se le alegraban las pajarillas al ver que hasta los viejos le echaban flores. i Lo dará la tierra? ¿Será un extraño efecto de nuestro ardiente sol? No lo sé; pero es lo cierto que aquí no suelen enfadarse por los piropos mujeres educadas en otras costumbres. Me encontraba un día en la feria con varios amigos cuando vi venir á una mujer elegantísima, de belleza imponderable y de porte distinguido; en fin, una moza despampanante. Balbucí cuatro palabras seguidas de un ¡ole! y, como me contestara con marcado acento extranjero y amable sonrisa: Gracias nos quedamos diciendo: Esta señora distingue. Es hermosa y merece serlo. ¡Bendito sea Dios que echó ahí el resto, y bendita sea ella que sabe lo que tiene. No creo que los piropos encajen bien en las costumbres palaciegas; y, sin embargo, se ha visto á damas de elevada alcurnia cruzar las calles de Sevilla sufriendo un verdadero chaparrón de flores y requiebros, quizá algunos de ellos subidos de punto, pero todos espontáneos, porque hay que confesar que son reteguapas- -dicho sea con el respeto debido- -y mucho me equivoco si en sus sonrisas, sus actitudes y la expresión de sus ojos, no demostraban el agrado con que recibían esas ovaciones populares, quizá por su mismo extraño contraste con las severas ritualidades cortesanas á que de ordinario están sujetas. Lo que no me explico es que haya mujer á quien desagraden esos públicos homenajes de admiración por su belleza. Cuando vea que un autor se irrita porque aplauden sus obras, ó que una artista se enfada porque cubrieron de flores su escenario, enton- viera un buen espejo, que reflejase la viveza de mis ojos, la blancura de mis dientes y el carmín de mis labios, y me vistiera mis trapitos de cristianar, procurando seguir la última moda para señalar bien todas mis curvas; y repartiera entre mis rizadas trenzas y sobre mi abultado seno cuatro grandes claveles, que mis propias manos cultivaron; y me colocara la mantilla, con esa gracia inimitable que permite dar al busto un marco apropiado, envolviendo al rostro entre luz y sombras; si ataviada con todo esmero me lanzo á la calle con mi andar firme y cadencioso, levantando discretamente con una mano la falda para dejar ver tan sólo la caña de mi diminuto pie, mientras que con la otra agito nerviosamente el abanico, ¿no es de suponer que espero dar golpe? Y si en vez de la ansiada admiración de los transeúntes, noto que los jóvenes pasan por mi lado sin detenerse ni interrumpir la animada discusión con sus amigos, y que si nuestras miradas casualmente se cruzan no dan señales de que se establezca corriente magnética y siguen su camino como si no hubieran visto nada extraordinario y que mereciera impresionar sus sentidos, ¿no sería disculpable que al retirarme á casa, llorando como una Magdalena, les lanzara ese epíteto con que se distingue á los que no tienen bien marcado su carácter masculino, ó que, ciega de rabia, echase mano á la navaja, si la llevaba en la liga, y me encarase con ellos, diciéndoles: ¡Mardita sea vuestra sangre... que es de horchata! ¿Toai ia os paesc poco? quí sí que viene bien lo de la indemnización de perjuicios á la ofendida y la severa pena impii; i al que no paga el debido tributo á la belleza. ees creeré que puede á alguien desagradar una galantería. Si hasta el potro de pura raza andaluza- -y perdonen ustedes la comparaciói -parece que se engalla y bracea mejor, levantando chispas del adoquinado con sus cascos, cuando nota que nos paramos á verlo pasar, adiniraudo el movimiento de sus brazos, ¿puede creerse que la mujer no sienta halagados su orgullo y vanidad cuando apercibe que es objeto de admiración? Pongámonos en su caso. Si yo fuera mujer y tuPiblijOR de M: etlina Vera Desgraciadamente, ya á mis años esa corriente eléctrica, que se forma al encuentro de los dos sexos, no produce llamas; pero el día en que mi espíritu y mi cuerpo fueren insensibles á su mágico influjo, y no se estremeciera todo mi ser á la vista de una mujer hermosa; el día en que perdiera el compás, que es lo único que, como músico viejo, me resta... ese día... que me emplumen... no quiero vivir más... ya no soy hombre, ÁNGEL M C A M A C H O De niieslrn Concurro. T. emat Angelito