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distracciones el que, como yo, no siente 1 placer de la contemplación bucólica á que me refiero, porque vienen á amargársela los mil insectos que en los campos anidan, y que, indiscretos, apresúranse á meterse por los intersticios de nuestra ropa, produciendo comezones y picores nada gratos; y, hombre pacífico, si los hay, ignora el manejo de un arma de fuego, aparte de que- -aun sin pertenecer á ninguna Sociedad protectora de animales- -siente profunda simpatía por la codorniz sencilla, la tórtola inocente, la liebre veloz ó el tímido conejo, no gustando de privar á nadie de una vida que juzga tan respetable como la de los demás seres que pueblan el universo mundo. Por tanto, aprovechándome de los variados recursos con que nos brinda la existencia ciudadana, he encontrado el derivativo de referencia en la frecuentación casi diaria de una ó varias tiendas de chamarileros, de las que abundan, por suerte mía (y supongo que de ellos) en la villa y corte. Un higienista podrá argüirme que no es tampoco muy sana cosa el examen de objetos viejos, que han pasado por tantas manos y estado en domicilios contaminados quizá de las más diversas y mortíferas enfermedades, ya que puede darse por seguro que, antes de exponerlos en las, tiendas, no pasaron por la estufa de desinfección ni se beneficiaron con el sahumerio de cualquiera de esas substancias mal olientes que tienen la propiedad de ser mata- microbios, al decir de los sabios. Pero, aparte de que es mucho menos sano, por ejemplo, meterse en la atmósfera enrarecida de un café, hay que añadir en beneficio de mi distracción favorita el que procura un goce estético, pues, al fin y al cabo, hay ocasiones- -frecuentes por ventura- -en que se admiran obras bellas que los artistas ó los artífices de los tiempos pasados produjeron para solaz de los inteligentes. Y así, la mayor parte de las tardes, una vez terminada la tarea diaria, me dirijo á casa de cualquiera de mis amigos los chamarileros, los cuales, para mayor comodidad de los aficionados, -han tenido el acierto de agruparse en un reducido rincón del Madrid céntrico, y paso revista á lo que hay en sus respectivos almacenes, charlando al mismo tiempo con los dueños de los establecimientos, que me tratan con la deferente confianza que se tiene con los parroquianos antiguos. Se da también el caso de que algunos de ellos me avisen cuando algún nuevo objeto viene á aumentar sus colecciones, pues todos saben de cierto que, trátese de tapiz ó de pintura, de paño antiguo, pieza de porcelana, loza ó cristal, de un nmeble, hierro, encaje ó joyel, siempre me huelgo con su contemplación, y discurrimos acerca de la época á que lo adquirido pertenece, si bien esto en muchos casos no puede hacerse á primera vista, y son necesarias varias sesiones y aun la concurrencia de arqueólogos de fuste y nombradía para que emitan su fallo inapelable No se crea que carecen de atractivos esos ratos de charla, bien arrellanado en cómodo sillón fraílelo, teniendo ante mis ojos- -para recreo de la vista- -las paredes de la tienda cubiertas de tapices ó de cuadros de tonos discretos, en los que se yerguen damas y varones vestidos con ropajes suntuosos; de vitrinas que encierran blondas de finísimo y casi milagroso tejido, collares que se movieron if íinulos al compás del alentar de alabastrinos pechos, diademas que coronaron históricas bellezas, abanicos en cuyos varillajes parece que aún queda impreso el perfume de las manos que con ellos jugueteron, cerrándolos y abriéndolos al compás del discreteo galante ó de la conversación amorosa. Como no soy egoísta, hago á veces partícipe de estos puros deleites á cualquier desocupado amigo que por la calle encuentro, y tal ocurrió- -no ha muchos días- -al ir á examinar un magnífico retrato de un señor cardenal, hecho nada menos que por el docto pincel de López, que tantas veces reprodujo la madura y rotunda belleza de la Reina Gobernadora y la gracia juvenil de su hija doña Isabel II. ¿Tiene usted un rato disponible, amigo don Adriano? -pregunté al par que le saludaba á un señor que, con cara de aburrimiento, hallábase abstraído en la contemplación del escaparate de una tienda de cerámica. -Nada que hacer hasta las ocho y media- me contestó. Pues le embargo á usted. Vamos en dos periquetes á casa del gran Pepe Andrés, espejo y flor de la andante chamarilería, hombre extraordinario que bucea en las honduras del Océano social español ¡qué bonita frase! ¿verdad? y siempre saca á flote cosas que, si no fuera por él, se perderían entre la ignorancia y el descuido de sus poseedores. -Andando. -Vamos allá. Figúrese usted, don Adriano, que me ha avisado esta mañana para que acudiese sin falta á ver una pesca extraordinaria: un López que representa un cardenal. Y eso sí, cuando Pepe Andrés, grande entendedor en lienzos pintados, dice que es un López, López tiene que ser velis nolis. Entramos, por fin, D. Adriano y yo en casa de Pepe Andrés, y éste, previas las presentaciones de ritual, nos condujo á la trastienda, Sancta Sanctorum donde está expuesto lo reservado á los paladares exquisitos y á los clientes que vienen con la cartera repleta de billetes de á mil, no como la tienda, que tiene de todo: bueno, mediano y malo, sólo para llamar la atención del vulgo, ininteligente. -Siéntense, señores- -nos dijo el dueño de la casa señalándonos unos cuantos sillones, colocados de forma que pudiera mejor examinarse el cuadro. Verlo yo, y exclamar en seguida: ¡Pero si lo conozco hace muchos años, Pepe Andrés! -fué cosa de un momento. ¿Qué me dice usted, don Gustavo? Lo que usted oye. Es, efectivamente, un López, y lo he visto por espacio de mucho tiempo en casa de unos amigos míos, allá en mi pueblo natal. -Pero, en fin- -dijo Pepe Andrés, ¿le gusta á usted, don Gustavo? -Claro que me gusta, sobre todo la cara 1 personaje, rebosante de vida, que se asoma, por sus ojillos pequeñuelos y maliciosos, como si presintiera y papel que iba á representar en efigie. ¡Mire usted, don Adriano: fíjese en la expresión de esa boca; repare en el irónico plegado de los labios, que sonríen socarronamente! -En realidad, está muy bien pintado- -repuso éste. -Y el tal debió darse buena vida, si se juzga por su sana color y por la amplia sotabarba, digno remate de su reverenda faz.