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Nació en Córdoba el i i de Agosto aprendizaje; pero su buen carácter le de 1872. Era su padre Alfonso Díaz abrió camino, y á los veinte años ya Benito, natural de Manzanares, prose le conocía como uno de los que vincia de Ciudad Real, vecino de la podían servir para algo y no estorbar ciudad de los califas, donde se le coen una cuadrilla. nocía p r el Mancheta, siendo éste el En los primeros tiempos en que rigen, ccixio ya queda dicho, del apo- Conejito trabajaba de novillero, figudo de Fernando. ró como banderillero á su íado y toEn los primeros años se dedicó á reó casi todas las corridas en que to- ha toreado con éste, lo misma cuando fué novillero, que después de hacerse matador de categoría. Es fino, más ilustrado que, por regla general, son los de su oficio, y un bonachón padre de familia que constantemente habla de sus hijos y sólo en ellos piensa. Si á mí me liubiera preguntado qué apodo se ponía, le hubiera indicado el de Chaco, que es el que en el pueblo de su padre y mío tenían su padre, tíos, abuelo, bisabuelo- f sabe Dios desde qué generación. DULZURAS. LA A F I C I Ó N CRECE Mo vamos á afirmar si es buena ó mala, si peor ó mejor que la de otras épocas; pero lo innegable es que cada día que pasa hay mayor número de aficionados á las fiestas de toros. En lo que consiste no lo sabemos. Según algunos aficionados á estadisticas, es general el crecimiento de asistentes á toda clase de espectáculos, síntoma que debe alegrarnos; porque si no significa que hay más dinero, demuestra por lo menos que existen ganas de divertirse. Es muy posible que sean las dos causas, y en tal caso debemos darnos por muy satisfechos. Este aumento de afición deben tenerlo en cuenta todos los que contribuyen en mayor ó menor grado á la propagación d e l festejo puramente español, que estamos obligados á conservar y aumentar los que sentimos cariño por él. Pueden ser pasajeros esos entusiasmos si no saben aprovecharse con otras miras que las del egoísmo para explotarlos en provecho p e r s e n a l unos y otros. Si porque todos los días se llenan las plazas, anuncíese á quien se anuncie, van los empresarios á aflojar la importancia de las combinaciones y á subir los precios, como viene sucediendo hace tiempo, llegará d momento en que el más inconsciente de los espectadores se dé cuenta y haga saber que sus derechos deben estar en consonancia con lo que le cuesta adquirirlos. Si porque la demanda de reses es cada año mayor, el ganadero lo va á aprovechar todo s i n importarle un bledo el prestigio de su nombre, sobreponiendo á éste las pesetas, contribuirá también al desprestigio más que al engrandecimiento de las corridas de toros. Igual pasará con los toreros si, por idénticas causas, van á salir del paso y cobrar. En cambio, si aprovechan esta amplitud de horizontes que se les presenta, y cada cual en su esfera cuida de complacer con más cariño aún que antes, el crecimiento seguiría f es Fernando Díaz íM- mctieguUo) ayudar á su padre en su tráfico de correduría de cereales; pero muerto éste, pensó el muchacho en ser torero por la razón que lo piensan muchos en Córdoba, porque son muchos los toreros ricos que han salido de allí, y no es extraño que la gente joven sueñe con cortijos, jacas, alhajas y todas las demás manifestaciones de la opulencia ganada en las plazas de toros. Ya se ha dicho el trabajo que le costó salir adelante en los años del maba parte Antonio de Dios. Por aquella época se le empezó á conocer en Madrid, donde residió largas temporadas. Después trabajó con unos y con otros dos ó tres años, y más tarde tuvo un puesto en la cuadrilla de cordobeses que capitaneaban Machaquito y Lagartijo, hasta que éstos tomaron la alternativa. Casó con una hermana de BebeChico y Manolete y desde entonces