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-Oiga, buen amigo- -le gritó al oído un señor obeso y tartamudo que acababa de subir. ¿Ese grano es de nacimiento? -i í o, señor, es mío; no se lo debo á nadie! -respondió malhumorado el buen lugareño, y quedó tan fresco Y es que los españoles somos rebeldes de pura cepa, y nuestra delicia consiste en curarnos sin médico, resolver los asuntos jurídicos sin abogado, estudiar sin profesores, y, en fin, que huímos de peritos y técnicos como lo haría el diablo de la cruz. Nos encanta acudir al curandero para consultar nuestras enfermedades, á la sibila para aclarar las dudas, al portero para que arregle la instalación eléctrica, á la trapera para que asista al parto, al carbonero para que descerraje la puerta, al barbero para que arregle nu. estra dentadura, a! esterero para que nos enseñe religión y moral ó contabilidad por partida doble... Recuerdo que, en cierta ocasión, padecí un dolor de muelas de esos que forman época. Yo, que no tengo la valentía precisamente por alimento, intenté acudir al dentista. Imposible! Ninguno de mis amigos lo consintió. -En buena va usted á meterse- -me decían, convencidos de su aseveración. -Lo mejor es que acuda usted á doña Fulana (aquí el nombre de una señora resoplidos, con mi muela rota y los dolores mucho más agudos que lo fueran antes de la operación. En los asuntos amorosos, nadie mejor que las sibilas ó quirománticas para aclarar dudas y allanar diferencias. En cuanto algún novio ingrato falta tres días á la acostumbrada cotidiana visita, ya está la sibila en funciones. -Veo un hombre moreno... -suele balbucear la sonámbula- -y una juerga... Una mujer rubia le está dando caramelos de vainilla cori los labios... En el inferior tiene una verruga... ¿Y no puede usted decirme miás? -pregunta candidamente la enamorada. -Decir, no; pero puedo hacer; mas, para ello, preciso algo muy importante. ¿Usted tiene dinero? -Quince pesetas y veinte céntimos. -Pues necesito que esa cantidad la meta usted en la molleja de una gallina joven recién muerta, y que esta gallina, bien envuelta en un pañuelo de seda, la entierre usted esta misma noche, entre siete y siete y cuarto, junto á las tapias del Retiro. Antes de ocho días, el descarriado mozo tiene que volver. ¡Ah! Se me olvidaba. í I ave que ha de enterrar, la mete usted en el buche medio kilo de manteca. Esto es muy importante. La desconsolada muchacha cumple al pie de la le- que hacía furor en las extracciones de muelas y mandíbulas) y verá usted qué contento queda. Ante tanta seguridad, decidí aceptar el consejo. ¡Nunca lo hubiese hecho! La operadora me obligó á sentarme en un desvencijado sillón, avanzó hacia mí, fórceps en ristre, y, asiendo la muela dañada y sujetándome por la frente con la Otra mano, tiró... y tiró... hasta que la cuerda, ó, mejor dicho, la muela, se rompió, como suele pasar, por lo más flojo, y me tuve que volver á casa dando Dibujos de Medina Vera. tra las órdenes recibidas de su amable protectora, y el novio volverá ó no volverá, según sus deseos, pero la sibila... cena aquella noche rica pepitoria de gallina á costa de los ahorros de la inocente desdeñada. Y es que la propaganda incansable de los sabios ie andar por casa, que tan benévolamente es acogida por la mayoría de los mortales, va sembrando poco á poco la simiente de la ignorancia y ha llegado á imponerse á la verdadera ciencia, restando una gran parte de su justa fama á los verdaderos sabios. M. RIAN 0 MARTIN DE MENDOZA. De nuesrro Concurso. I. enia: Cataclisino