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r. 7- f i LOS M A R I S A B I D I L L A S M ADiE Ignora que, aiortunadamente, no somos lo; españoles los que menos sabios contamos entre nuestros compatriotas: pero si el número de aquéllos llegase á la vigésima parte del que alcanzan los marisahidillas, es indudable que España sería una nación enteramente feliz y dichosa por derecho propio. Quien más, quien menos, raro es el hijo de vecino que no posee su secretito científico aplicable á tal ó cual enfermedad, á éste ó el otro negocio, á la solución, en fin, de algún problema de la vida que, á creer al sabio improvisado, ningún científico efectivo ha logrado resolver. Y no es la ciencia médica la menos invadida por esos sabelotodo á quienes me refiero, sin tratar de ofender ¡Dios me libre! su dignidad y buena fe. No hay lugar donde se reúnan dos personas, sea cual fuere svi posicióii social, en que no se dé su vapuleo á los médicos y la correspondiente receta al enfermo. -i Qué le ocurre á usted? ¿Le duelen las muelas? Pues no haga usted caso de dentistas. -Pero si las tengo hechas carbonilla- -objeta el enfermo dolorosamente. -i Estén como estén! Ahí se pone usted una hila impregnada en gasolina y polvos de jalapa, y á las dos horas no se acuerda usted de que tal dolor ha tenido, i Pues no ha dicho nada, ponerse en manos de dentistas! ¿Qué saben ellos? En cafés, teatros, tranvías ó reuniones familiares, es infalible la presencia de alguno de esos seres poseedores de la panacea económica. Líbrenos Dios de llegar tarde á algún sitio y alegar ante quien nos espera, como justificación de la tardanza, el padecimiento de los callos ó sabañones. -Usted tiene callos porque le da la gana- -exclama en seguida alguno de los oyentes. -Perdone usted, pero no es eso, sino que... H. -Le digo á usted que es porque quiere tenerlos. -Pues maldito lo que me gustan. ¿Quiere usted quitárselos? -Con mil amores- -responde el aludido, cautivado ya por la firmeza del que le interrumpe. -Haga usted entonces lo que le voy á decir: Toma usted una guindilla seca; busca un ojo de pantera viva, recién arrancado, un trozo de malvavisco verde y la hiél de un cerdo varioloso. Esto se echa en un mortero y se machaca bien, mezclado con una gallinaza, diez céntimos de azufre y seis gotas de leche de burra mística. Hecha esta cataplasma y apHcada al callo... ¡mano de santo! Y una de dos: ó hay que aplicarse la poción recomendada, ó enviar al amigo á... buscar ojos de pantera viva, porque ya no deja transcurrir un día sin agobiar al paciente con sus extravagantes preguntas y quererle presentar ante los ojos de todos los compañeros de reunión como un simple caso de su experimento. Molesta es la intromisión de estos sabios cuando se encuentra uno entre amigos de confianza; pero lo que rebasa ya los límites de lo intolerable, es que ocurra ante personas desconocidas. No hace muchos días presencié un caso de éstos, desarrollado precisamente en el mismo tranvía en que yo viajaba, Ocupaba el asiento contiguo al mío un paleto, hombre fornido y de no muy dulce carácter, según tuve ocasión de observar más tarde. En su nariz, abultada y rojiza, se erguía vanidoso un repugnante grano de exagerado tamaño, color obscuro y notable brillantez. Parecía un dátil.