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sus mayores, juntamente con los conquistados por su brazo y por su talento. Este noble procer tenía un hijo: el J u d a s que suele presentarse en las familias más puras y acendradas. El mozalbete, en cierta hora menguada, había cometido una villanía, una de esas acciones Cj ue, cual ácidos corrosivos, manchan, roen y destruyen cuanto cae bajo la voracidad de sus besos... El chico estaba oficialmente á las órdenes de su padre. Su Majestad el Emperador, enterado minuciosa y reservadamente del suceso- -que oculto en el misterio yacía, -llamó al embajador, mi amigo, y con cariño de hermano, pero con autoiñdad de padre, aconsejó y exigió á éste el mmediato remedio al mal causado... Nada se sabría, y el hijo calavera desertaría la corte con cualquier pretexto. Mortal fué el gol ie para mi pobre amigo, y sólo halló fuerzas para soportarlo en lo oculto y enterrado que el suceso habría de c uedar... El mismo abandonaría también su puesto más adelante, renunciaría á todo, se encerraría para morir de dolor, envuelto en los jirones de su deshonra, en uno de sus viejos castillos, ingentes en extrañas tierras... Alguien más que el Emperador y su confidente conoció el hecho, pues pocas horas después, filtrado por mordaces dientecillos femeniles, lo sabíamos todos... ¡todos... Y la honra, hasta entonces inmaculada, de aquella ilustre familia rodó por los suelos y se desfar ó pisoteada por los salones. J or la noche de aquel día- -del día en que estalló la bomba del escándalo, -en la rotonda del IIIoir de un palacio, c uedábamos rezagados media docena de amigos con el dueño de la casa. Comentábamos el caso- ¿de qué, si no de ello, se hablaría? -y según la grandeza de nuestros corazones, censurábamos, atenuábamos, execrábnmos ó com- padecíamos al autor de la vileza, con ese agridulce apetitoso de la murmuración y con ese misterio pusilánime de lo impío y de lo vedado. Cuando más animada era la discusión y más vivos los comentarios, una de las puertas del fmnoir, que se abría á la serré, vomitó la severa y abrumada figura del noble embajador. Mirárnoslo todos, sorprendidos y, con la, cobardía del malsín, que muerde sólo por la espalda, callamos ante la presencia del despellejado, que, con su autoridad suprema, impuso rápido y absoluto silencio á nuestras bocas, anudando nuestras lenguas, sellando nuestros labios... U n fenómeno curioso y digno de observación: todos nosotros, caballeros sin tacha y sin miedo tácitamente nos declaramos cobardes y villanos, y nos lo confesamos mutuamente, con intimidad descarada de cómplices que no han menester ya de la careta... Fué tan rápido, tan profundo nuestro mutismo, que en él vio el embajador claramente la realidad de lo que ocurría... También él, con el mayor disimulo, temblando de terror, inquiría, husmeaba, venteaba los aires, temiendo hallar en ellos el rastro de la violación de su secreto, la cruenta huella de su honra, arrastrada por los pedregosos, por los punzantes senderos de la maledicencia... i Rasgado estaba el velo que ocultaba su secreto, público era el hecho, cierta su deshonra! Y mirándonos con miradas que taladraban, lo vimos palidecer p r i m e r o enrojecer después, y caer, por fin, á nuesti- os pies, ulminado por una apoplejía. Nadie, nada lo m a i ó ni frase, ni palabra, ni mirada, ni gesto, ni sonrisa... ¡L o mató nuestro silencio... VICENTE D T E Z DE TEJADA. Dibujo de Méndez Briiiga