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sus menudos pies de gaditana virgencita. Estaba encantadora aquella monada de mujer, aérea figulina á quien Scvrcs brindaría galante y cortesano lo; esmaltes de su paleta y los besos de sus hornos. Levantámonos todos para recibirla; amorosos y enamorados los hombres, recelosicas y envidio. sillas las damas, y ella, repartiendo sonrisas, besos y apretones de manos, se adueñó de todos, uno por uno, con su gárrulo parloteo, seductor, incoherente... -rSeñores: a abo de saberlo en San Ignaeio y me he plantado aquí en un vuelo. Hola, Gorito... Lili... Marqués... Panchito: tu madre mejor, ¿eh? Ya lo he sabido. Enrique: ya está arreglado aquello, ¿sabes? Me lo dijo ayer el ministro; pero tendrás que soltar la mosca... Querida Lulú: estás Kionísima... ¡Ay, sí; dejadme que me siente... ¿Y Nonita... ¿Dónde está Nona? -Figúrate, la pobre... ¡qué golpe! Allá ha ido ahora mismo. Han vuelto los médicos... ¡Está desconsoladísima! ¡Jesús! ¡Pobre Nona! ¡Tanto como nos queremos... Y, ¿se sabe algo? ¿Es grave la cosa? -Gravísima... Como que no será nada... -Tú, loco; guárdate tus chistes de almanaque para mejor ocasión. -Se habla de paquetes vasculares... de radiales... de cubitos... Yo no entiendo de esto... -Como que esto entra de lleno en el campo de tus vastos desconocimientos... -Te agradezco el arañazo, y te repito que no será nada. Nona está monísima tomándolo tan en serio... Y tenía que haber sido á muerte; pero aquello de las condiciones de inferioridad, ¿sabes... ¡De buena se ha librado! -Pero, ¿por qué? ¿Por qué? Es lo que yo pregunto. -Por nada, hija. Por imprudencias de Fernando... Parece ser que se hablaba de Tina Cardona... ¡Oh, qué empecatada chiquilla esa! -Repara, divina moralista, que Tina es prima mía... Os acompaño á entrambos en el sentimiento. -Llegó la conversación á un punto verdaderamente... climatérico, ¿sabes? Y el bobo de Fernando, en vez de callarse ó hacerse el distraído, parece ser que se sonrió, y echándoselas de pillín, dijo: Ya! Mira tú que cosa: ¡ya! -No; Fernando estuvo verdaderamente procaz, agresivo. -Eso fué después. El principio fué tal y como yo lo refiero: una sonrisita y un ¡ya! todo lo seco ó todo lo mojado que quieras; pero un ¡ya! redondo. Di que Pomares estaba loco y buscando ocasión de lucirse, y le dio por llamar ofensa á aquella frase tan inocente. ¡Ese ¡ya! es una insolencia, Fernando! i Figúrate tú cómo se pondría Fernando al oír esta salida de tono! Como si lo hubieran pinchado, replicó violentísimo: ¡E l insolente y el mamarracho eres tú! Yo soy quien va á hacer que te tragues esas palabras. Estoy á tu disposición... Y por rápidamente que quisimos intervenir, era ya tarde. ¡Estuvisteis oportunísimos... -Pero, hija mía, si aquello fué un rayo... i Como que milagrosamente no se abofetearon! Luego diréis que somos las mujeres las que manejamos las tijeras. -Te aseguro que no se cortaba sayo alguno en aquel momento. Sólo por la sonrisa y por la palabra de Fernando fué todo. Ya ves tú: por una sola palabra, ¡que casi no es palabra... Arreglamos la cosa allí mismo, con el mayor secreto, y esta mañana, en la Cortadilla, Pomares, de un floretazo, ha atravesado á Fernando el antclirn o derecho... Entonces, el viejo marqués de Aldibuena, allí presente, intervino en el debate, y con gran admiración de todos, medió diciendo: ¿Y extrañan ustedes que por una palabra, que casi no es palabra, acompañada de una sonrisa, haya ocurrido este incidente, que todos lamentamos... Pues yo sé de algo más raro y más estupendo que todo esto. No se trata de una frase ofensiva, ni siquiera mortificante, escapada de una boca irreflexiva ó maldiciente, ni siquiera de una palabra que casi no es palabra ni aun de una sonrisa. Algo menos que todo esto dio origen en cierta ocasión á un desagradable suceso, que tuvo las más trágicas consecuencias... ¿Menos que una palabra, marqués? ¡Menos que una palabra! ¿Menos que una sonrisa? ¡Menos que una sonrisa! ¿Una mirada, acaso? -Una mirada hubiera sido un mundo de improperios. ¿Qué hay menos que una mirada? -Nada: la impasibilidad, el silencio. ¿El silencio? -Sí; el silencio absoluto, correctísimo, de buen tono, que en aquel trance era cruel, mortificante, ofensivo... Que era boca que sonríe, ojo que guiña, lengua que hiere, frase que ultraja, guante que abofetea... No se me olvidará jamás aquella escena, que si hoy puede ser referida cambiando nombres de personas y de lugares, no tendrá asilo en mis memorias para que al relacionarla con hechos de mi vida no descubra el tiempo lo que yo deseo que se olvide en brazos de la eternidad... Un amigo mío estaba de embajador en la China... más lejos aún: en el Japón; aún más lejos, lejos, lejos: en Madrid, dando la vuelta al mundo. Persona de exquisita corrección y de honorabilidad á toda prueba, este amigo mío conservaba incólume el brillo de los viejos timbres heredados de