Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
UN EJEMPLAR í J ABRA madrileños castizos, amantes de la tradición y cumplidores de los preceptos populares; pero ninguno tanto seguramente como Policarpo Asensio y üodríguez, Poli entre sus amigos desde antes que las necesidades modernas impusieran el uso de las abreviaturas. Foli es un zapatero de la calle del Águila; de portal, naturalmente, como lo era su padre, de quien heredó el oficio, el establecimiento con todos sus enseres, portería inclusive, y la parroquia. AUi nació, allí vive y alli morirá cuando Dios sea servido, que no será muy pronto, pues á pesar de sus cuarenta y tantos años. Poli está fuerte y saludable. Tiene buenas manos, buena conducta, no empañada siquiera por las frecuentes libaciones que le han dado indiscutible autoridad en morapiologia comparada, y excelente fama, justamente adquirida y jamás puesta en tela de juicio. Y tiene también un conocimiento exacto de todas las fiestas que ha de guardar el madrileño que se precie de serlo, con noticia acabada y completa de lo que pudiera llamarse el protocolo popular ceremonias, indumentaria, chismes precisos, horas reglamentarias y demás detalles exigidos por y para cada una de dichas fiestas. Se recomienda su trato á quien le interesen esos estudios, ya para su propio y personal regodeo, bien para vulgarizarlos en un tomo de prosa vulgar, con notas y apéndices no menos vulgares. Conviene decir que Poli es un practicante fervoroso; esto es, que pone en ejercicio su sabiduría y de este modo le sirve de provecho. Así, aparte de la consuetudinaria holganza que se impone los lunes, en memoria y culto del bendito San Crispin, su patrón, celebra en debida forma todas y cada una de esas fechas que resplandecen en el calendario particular compuesto por sus antepasados, que es para él el verdadero zaragozano. Así, pues, Policarpo Asensio y Rodríguez no falta nunca en la Plaza Mayor el día de Nochebuena, en busca de los ingredientes indispensables para la cuchipanda nocturna; ni á esperar á los Reyes, aun pagando el permiso creado por los enemigoS; de la tradición; ni al cerrillo de San Blas en su día; ni al Canal, á enterrar la sardina; ni á la procesión del Corpus; ni á la primera corrida de toros, aunque sea desde el tendido de los sastres; ni á la verbena de San Antonio y sus sucedáneos; ni á zambullirse en el Manzanares el primer día que se establece el balneario; ni á ¡a fiesta de San Lorenzo, en Kl liscorial; ni al botijo de Alicante; ni á la pradera por San Isidro; ni á comerse un melón en las Vistillas el 8 de Septiembre; ni al Pardo en San Eugenio, etcétera, etc. i Antes moriría que dejar de cumplir con todas esas obligaciones... Y hasta es posible que después de muerto salga de su tumba para cumplirlas... No es preciso decir que entre esas obligaciones está la de rendir el debido tributo á las Carnestolendas. Ni un solo día de los cuatro de Carnaval deja Poli de recorrer las calles y el paseo destinado para la fiesta por la autoridad competente. Va vestido de máscara, como es natural, y no necesita discurrir para proporcionarse un disfraz, puesto que lleva siempre el mismo, el que considera obligatorio. Va de destrozona. Come temprano, y en seguida se lanza al mundo con una falda, un delantal, una chambra y un pañuelo para la cabeza, todo de su mujer y en el peor estado posible; bajo el pañuelo se coloca una trenza y unos postizos de la misma procedencia, simula con trapos las maternales redondeces y se planta una terrible careta de cartón, con la boca reblandecida y agrandada para dar fácil alojamiento al cigarro puro. Lleva también un cuerno sujeto al cuello con una cuerda, y una escoba al hombro. En tal guisa recorre P oli, como queda dicho, las calles de Madrid y el paseo donde las máscaras se congregan. Ño habla con nadie, no dice nada á nadie, no conoce á nadie... Va solo y á buen paso, con una seriedad superior á la marcada en su careta, majestuoso como un héroe, con el orgullo de la misión cumplida, seguro de su propia importancia... Únicamente se permite de vez en vez destruir la parsimonia de su figura tocando el cuerno, corriendo y gritando un poco, con la voz fingida, ó agitando la escoba como un plumero. Y vuelve á su casa, ya bien entrada la noche, con la careta en el cogote y ligeras huellas en la cara, delatoras de las visitas vinícolas con que cerró la tarde. Visitas dobles, porque, come iba de Jano, se tomó las copas duplicadas; una para la boca de cartón y otra para su antípoda. Llega rendido al domicilio, y se acuesta para estar descansado al siguiente día, en que tiene que hacer lo propio. Esta es la máscara más digna de admiración, la única que merece un aplauso tan sincero como entusiasta, ya que sale limpia, de deseos, aunque no de ropa, y sin buscar nada, ni esperar nada, ni querer nada... Porque unos se disfrazan para lucir un traje vistoso; otros, para embromar á los amigos; éstos, para espiar á su novia; aquellos, para poder hablarla... Poli, en cambio, cultiva el disfraz por el disfraz, ó, como si dijéramos, el arte por el arte. ANTONIO PALOMERO. Dibujo de Medina Vera,