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E r a Marisa una mujer predestinada á sufrir, á caminar por el m u n d o entre espinas, sin recoger las rosas de la felicidad que, aunque presto se marchitan, existen, sin embargo, para nuestro regocijo. N o hubo para ella esos aromas cjue en la juventud se aspiran con tanto deleite; no conoció la dicha inefable de la alegría, el contento supremo de la inocencia, mecida entre risas y caricias, entre besos y lágrimas de ternura. Aún posaba inseguros sus piececitos en el sendero escaoroso de su mísera existencia, cuando sus padres la dejaron á merced de las olas h u m a n a s unos parientes la recogieron, y la hicieron trabaj a r eri la orilla del mar, llevando enormes cestos de pescado ó cosiendo con sus manos delicadas las redes de los pescadores. Su cuerpo crecía no con gran vigor, pero su alma se entreabría á la inteligencia, que nacía sana y buena, como el agua cristalina y pura de un manantial salta fresca y lozana, corriendo entre el follaje inculto. Un pescador de sangre italiana y francesa puso en ella sus ojos de fuego: se amaron. E n aquellas aguas siempre movidas le veía en su barcjuichuelo fiero y arrogante luchar con las tempestades y vencerlas, saltando gozoso á la playa, donde ella le esperaba ansiosa trémula de amor, y, entrelazados, corrían presurosos á cobijarse en la casita de techumbre insegura, donde guardaban los aparejos y las redes. Las olas habían, traído la felicidad á la niña huerfanita; las olas ingratas le arrebataron su dicha, su amor. Como las desgracias son gemelas, en la casita próxima una niña, rubia como los albores del estío, quedaba también huérfana y sola: era Ninette. Las grotescas carrozas pasaban lentamente, y el público aprobaba lo ridículo de unas, lo intencionado de otras, que con sus cartones pintarrajeados, maderas y telas ridiculizaban al Gobierno ó ponían en evidencia obras y autores modernos ó antiguos. Las comparsas se sucedían sin interrupción algunas, originales y graciosas; muchas, sin gracia y pesaclísimas; al pasar la última carroza la admiración tuvo un arranque de entusiasmo, t (ue en un murmullo aplaudía el gusto con que estaba hecha: era la de la Locura, admirablemente represen t a d a or una e- norme muñeca llena de cascabeles y puntiagiudos adornos, con una gran copa de oro en la mano. A su alrededor, jóvenes de distinto s e X o, vestidos igualmente, danzaban al son de la música que iba dentro y se en t r c g a b a n al vértigo del placer bebiendo y escandalizando. En un rincón de una tri Vr buna estaba Marisa, pálida, ansiosa, temblando or Ninette. Al pasar la carroza se Uso de pie para verlos. Sí, allí estaba su niña, también t pálida, sus labios temblorosos tenía una copa en la 1 mano, la otra la sujetaba Alvaro entre las suyas. Este liebía sin cesar, y sus ojos inyectados, su cara roja, sus movimientos pesados por la embriaguez, le daban un aspecto de lo más repugnante que imagmarse puede. -i Mi niña, mi Ninette! -exclamó M a r i s a desesperada. ¿Por qué la dejé... i Dios mío, salvadla... Unas gotas grandes se desprendieron del cielo, nuboso toda la tarde, y la gente comenzó á correr para huir de la lluvia. Las comparsas y carrozas apresuraron la marcha, tambaleándose como edificios ruinosos; la lluvia apretó de un modo tal, que tuvieron que correr desaforadamente, y al entrar en la rué de la Gáre, un íormidabie estruendo llenó los a i r e s la carroza de Locura había chocado con un poste eléctrico y vino á tierra su mole; hombres y mujeres quedaron sepultados debajo de la muñeca de los cascabeles. Cientos de personas acudieron á socorrer á los heridos, que eran la mayor parte. Ayes desconsolados, quejidos lastimeros salían de entre los cartones y t r a p o s qué contraste más horrendo con la loca algarabía de momentos antes! Marisa, desolada, corrió, empujando á todo el cjue la estorbaba. ¡Ninette... ¡Ninette... ¿Estará muerta... N o allí tenía á su niña herida, sin sentido, entre los rojsajes de j ercalina de la gran muñeca. ...Marisa, ¿qué es esto? ¿Dónde estoy... -E n casa; pero calla. ¿T e duele la herida, mi Ninette? S í un poco... No es nada, ¿v e r d a d ¿Me perdonas? ¡Ah, niña caprichosa, cuánto lloré por t i! Te perdono y bendigo tu herida, que, aunque te haga sufrir, pasará pronto, y volveré á ver tus risas... i Qué feliz me siento al curártela, porque ella te ha librado de una eterna herida, que no se curaría tan fácil... ...iVlarisa, ¡qué buena eres! Tú velabas por mí y Dios te oyó. -N o me quiso arrebatar á mi último amor, que eres tú, mi Ninette. -Nadie odría arrebatarme de tu lado; la venda que cubría mis ojos, el amor, sirve para curar mis heridas, cjue me han enseñado la mísera verdad en la nientira de los hombres... L o c u r a con el sonido de tus cascabeles seduces á la juventud, ansiosa de gozar; con tu mentida alegría enloqueces los corazones, fascinas los sentidos, envuelves el j: ensamiento e n engañosas ilusiones... Locura, ue corres por el mundo ensordeciendo el ambiente tranquilo, llevando tus sones formidables i; or doquiera que vas, enardecie n d o j u v e n i l e s ideas... vuelve á tu juicio y deja á los infelices mortales u e contemplen tranquilamente las aguas de la vida, para que no arrastre la loca corriente su pobre existencia. PILAR GÓMEZ CAlNO. Dibujos de J, Francés. í wt m d t