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en la indiferente tranquilidad con que veían transcurrir las horas, sin tener en cuenta que estaban amenazados de una muerte horrible y fatal- -regresé á mi casa, licencié á los criados con un pretexto cualc uiera, y una vez que estuve solo descendí á la cueva y por el conducto subterráneo entré en la cámara destinada á resguardar mi preciosa vida del cataclismo que se avecinaba. Decir que no experimenté emoción alguna sería pueril embuste. Al encerrarme entre aquellas paredes de hierro, no pude dejar de pensar en la posibilidad, por remota que fuese, de que los gases deletéreos penetraran hasta mí, no obstante las precauciones que para impedirlo había adoptado. Pues ¿y si me eciuivocaba y la atmósfera no poseía la potencia química necesaria para desechar automáticamente, por decirlo asi, la ponzoña que había de hacerla mortal? No; eso no podía ser. Mis cálculos estaban bien hechos; no era posible un error tan garrafal. Procuré alejar esas nada gratas ideas, y traté de distraerme poniendo en marcha los distintos aparatos cjue me rodeaban, vigilando con cuidado su funcionamiento y comprobando su regularidad. 1- as horas se hacían eternas y tuve que recurrir á la lectura, con la que no conseguí abstraerme de la preocupación; al sueño, que fué agitado y poblado de pesadillas perfectamente desagradables, y, por último, á una substancia narcótica, preparada en previsión. Cuando el efecto de la pócima hubo pasado, pude comprobar, con alegría, que las ochenta horas calculadas por mí habían transcurrido ya. Con mucha precaución abrí la puerta de la cámara, y no observé olor alguno en el aire cjue llenaba el subterráneo. Avancé poco á poco, sin notar síntomas anormales, y, atravesando mi casa desierta, salí á la calle. i Qué espectáculo, no por esperado menos pavoroso, se ofreció ante mis ojos! Montones de cadáveres, hacinados, horribles en sus violentas actitudes de lucha y desesperación, veíanse por todos lados. Un silencio espantable reinaba en la despoblada ciudad, antes toda animación y bullicio. No había resistido la maléfica influencia de los gases ningún ser: yo era el único superviviente á la hecatombe, como no fuese que á otro se le ocurriera- -á semejanza mía- -un medio de evadirla. La idea de la soledad en que estaba me dio un escalofrío, y decidí salir en busca de alguien ciue me ayudase á compartirla, si es que existía. Anduve vagando por una porción de calles hasta que me di cuenta de c ue la falta de fuerzas que me aquejaba provenía, no sólo de la certidumbre de mi soledad y abandono, sino de la carencia de alimento, á lo ciue pronto puse remedio apoderándome de los comestibles que se me vinieron á la mano en las tiendas y restaurants que liallc al paso. La cuestión de la comida no era difícil. Una vez que me hube repuesto seguí mi peregrinación á través de la ciudad, sin encontra; alma viviente. Pensé entonces subir á la torre d una iglesia, y, provisto de unos buenos anteojc: cjue cogí en el escaparate de un óptico, escudriñr ría desde la altura. Así lo hice, pero sin resultado á pesar de que me agarré á la cuerda de una campana y estuve haciéndola sonar hasta que me rindió el cansancio. ¡Nadie se presentó ante mi vista! La soledad era absoluta. Un profundo abatimiento me cogió. ¿Qué iba á ser de mí? ¿Qué determinación tomaría? Imposi ble de todo, punto permanecer en Madrid: la des composición de los cadáveres pronto me obligaríí. á abandonarlo. ¿Dónde dirigir mis pasos? Pero ¿y si en las demás naciones nada ha ocurrido? Para despejar esta incógnita dirigíme á Telégrafos y allí estuve llamando, por espacio de un gran rato, desde los aparatos que comunican con las di- stintas poblaciones, cuyo intento repetí en la Central de los teléfonos interurbanos. El premio de mi trabajo fué el silencio. Resolví entonces marcharme, huir de la nauseabunda atmósfera que empezaba á respirar, y, para lograrlo, cogí un automóvil y salí escapado, con la velocidad de su mayor potencia. Por todas partes encontré el tremendo vacío de la muerte... En una carrera loca, esquivando todo lo posible los poblados, llegué- -sin darme cuenta del tiempo invertido- -hasta la orilla del mar, que encontré manso, tranquilo, indiferente, como la naturaleza toda, al tremebundo suceso que despobló la tierra. Entonces sentí la horrible angustia de la soledad eterna, y aquel mundo de cpe era amo único y absoluto me causó intensísimo miedo, terror pánico que oprimió mi alma al ver que ya no tendría otra correspondencia que el eco de mi propia voz. Y pensé en la vacuidad de mi saber. ¿De qué sirvió librarme de la suerte común? ¿Por Cjué me rebelé contra el destino? Mi muerte próxima era cierta, evidente, inconcusa. Si la soberbia me hizo luchar y si salí vencedor en la pugna, ¿no era mil veces peor la victoria que conseguí que lo hubiera sido la derrota que hurté? El horror de la catástrofe á la c ue he sobrevivido se ha apoderado de mi razón; y sólo me sugiere una idea: la de la muerte, que me llama, que me atrae, y á la que no quiero escapar. Por si algún otro hombre ha quedado sobre la tierra dejo escritas estas páginas. Si existe y las lee, él me comprenderá. El mundo es demasiado grande para mí s. olo. Yo me voy. ENRIQUE MAUVARS. Dibujo de Méndez Bríug- a, -5 678-