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máticas, mediante los cuales conocemos ce por he las particularidades todas de los astros que en el espacio se pasean, emitieron los astrónomos acerca del cometa que Halley descubrió, de su marcha á través del éter, de la época de su aparición en el camino que nuestro planeta puntualmente recorre y de la desagradable posibilidad de un encuentro entre el errabundo viajero y la madre Tierra, sobre la cual hacemos nuestro breve tránsito en esta picara vida. Pero ninguno habrá dejado, á buen seguro, de enterarse más ó menos superficialmente de cuanto dijeron los periódicos acerca de ese acontecimiento, ya que ello á todos interesaba, y ya que las opiniones de los peritos en tales materias distaban mucho de estar conformes en cuanto al resultado final de aquel cruce que se preveía y anunciaba con tan previsora antelación; pues mientras unos sabios, la mayoría, aseguraron que el hecho no llevaba aparejadas consecuencias nefastas para los habitantes del globo terráqueo, otros- -si menores en número, muy atendibles en cambio por lo sólido de su fama- -afirmaron, con gran copia de argumentos que no podían menos de suspender el ánimo, que no se pasarían las cosas tan aína, y que los ponzoñosos gases de que la cola del cometa estaba formada iban á dar fin de nuestra efímera existencia. Ambos partidos demostraron, con ayuda de las más elevadas y superfinas fórmulas algebraicas, lo fundado de sus respectivos dictámenes, no llegando á un acuerdo- -dado que era imposible topar con una solución de término medio Ciue á todos dejase en buen lugar- -porque había un abismo sin fondo entre el rotundo afirmar de los más y la categórica negativa de los menos. Mis aficiones á los estudios astronómicos han hecho c ue siguiera con apasionado interés todos los problemas c ue se relacionan con lo que en los espacios acontece, y no pudieron menos de causarme impresión las poderosas razones sobre cjue sustentaban su teoría los patrocinadores de la del envenenamiento de la atmósfera terráquea, pues estaban de acuerdo con mi propio criterio, el cual no tenía el capricho por base, sino que era resultado de hondas meditaciones y cálculos complicados que, como resultado de ellos, año tras año venía haciendo. Y aunque el ver defendida mi creencia por sabios tan eminentes prodújomc- ¿á qué negarlo? -una gran satisfacción de amor propio, este sentimiento no fué bastante á neutralizar el vehementísimo temor que me entró pensando en él hecho fatal que había de trasplantarme sin remedio al frío imperio de la nada. El caso no era para menos. ¿Podía resignarse con tranquilidad á dejar la vida quien, como yo, se encontraba á menos de la mitad de ella, poseyendo salud, dineros y la libre disposición de su persona, consecuencia de un celibato inteligente y bien defendido d? -insidias y asechanzas femeni- les? Muy bien que aceptasen el inapelable fallo aquellos para quienes el vivir equivale á la subida de un agrio repecho, cuyo término no se vislumbra, doblados al peso de una carga formada por la miseria, la vejez, la enfermedad y las obligaciones esos podían- -y aun debían- -mostrarse satisfechos de alcanzar el término honroso de sus tribulaciones. Pero yo lucharía mientras mi intehgencia y mi voluntad no me desahuciasen á una, rindiéndome tan sólo cuando no me quedase hueco ni resquicio por donde cupiera la más menuda partícula de esperanza. Y me puse á discurrir, con todo el vigor de mis sentidos y potencias, la manera y forma de hurtar el fallo que á los humanos condenaba, no dándome un instante de reposo hasta cjue hube logrado establecer un plan sencillo y hacedero, cuya realización me permitiera evadir la suerte común, ó intentarlo al menos. A una nombradísima casa extranjera le di el encargo de construir una cámara de hierro, cuya capacidad interior era la de una habitación cuadrada de regular tamaño, y, so pretexto de aislar de toda probabilidad de fuego los valores ciuc estaba destinada á custodiar, recomendé que se proscribiese de ella absolutamente la entrada del aire exterior, á cuyo efecto hicieron dobles paredes de admirable soldadura en las uniones de las planchas que las formaban, y entre los dos férreos muros metieron una masa de cemento que compuso una piedra resistente y durísima. Instalóse la cámara en el jardín de mi casa, á quince metros de profundidad, dejando abierta una comunicación subterránea desde las cuevas del edificio que hiciera posible la entrada en el recinto que había de aislarme de todo peligro. A él fui llevando poco á poco objetos de uso, alimentos, aparatos de observación y, sobre todo, un generador de aire respirable que, mediante un ingenioso procedimiento químico, purificaba al mismo tiempo la atmósfera viciada. Terminados con felicidad todos estos preparativos, de los cuales, como es lógico, á nache di cuenta (porque si mis cálculos fallaban sólo servirían de burla y chacota, mientras que de resultar exactos quedaba mi triunfo de todos ignorado) esperé el temido momento, ocupándome no más que en comprobar mis notas, á fin de conocer con la mayor precisión, así el instante mismo del contacto de la materia gaseosa del cometa con la atmósfera terrestre, como también el tiempo que duraría luego el envenenamiento de ésta, pues- -según mi teoría- -al cabo de cierto espacio volvería á quedar tan pura y tan respirable cual antes del nefasto encuentro. Como nadie tenía que me inspirase interés, ahorré las emociones que causan las despedidas en los espíritus sensibles, y previo un paseo por las calles y una vuelta por el Retiro para contemplar á mi sabor la despreocupación c ue á los hombres da la ignorancia- -que claramente se demostraba