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más deseaba era embarcarse, y como no la importaba desobedecer á sus padres, aguardaba la primera ocasión que se la presentase. Tolín, un hermoso perro de caza que se había criado con Nituca, y que soportaba pacientemente el mal trato de la niña, la seguía como una sombra, y en varias ocasiones la libró de la furia de otros chiquillos que venían á pegarla, y con sus ladridos huían asustadcs. Un día se enteró de que su padre no saldría á pescar porque estaba indispuesto, y aprovechando la ocasión se dirigió loca de contento al muelle, seguida de su fiel compañero Tolín; con ayuda de otros chicos, tan malos como ella, desató la barca, y todos juntos saltaron dentro. El perro, más juicioso que los niños, ladraba, y cogiendo con los dientes el delantal de Nituca, tiraba de ella hacia tierra; pero sus esfuerzos fueron inútiles; en premio de sus leales consejos recibió un puntapié, y pensando sin duda que él no tenía la culpa de lo que ocurriese, se acurrucó en el fondo de la lancha. Al principio todo iba bien; Nituca cantaba y reía, mientras sus dos amigos manejaban los remos con bastante destreza. Poco á poco se fueron alejando hasta salir á alta mar, y cuando la puesta del sol les indicó que la noche se venía encima, se asustaron al ver lo lejos que habían ido y quisieron volver; pero no contaron con el viento, que, hasta entonces favorable, les era en aquel momento contrario. Intentaron hacer una maniobra y no pudieron; la frágil embarcación, empujada por la corriente, se deslizaba en dirección á una pequeña isla; los esfuerzos de los muchachos eran inútiles, y ante el peligro que les amenazaba, soltaron los remos y se echaron al agua. Nituca lloraba y gritaba pidiendo auxilio, agarrada al pescuezo ie Tolín, que la miraba como queriendo decir: Ya ves tus travesuas en qué trance nos ponen. Si me hubieses hecho caso cuando yo 2 tiraba del delantal, no estaríamos ahora en este apuro. Entretanto, los compañeros de la niña la abandonaron para salarse, sin escuchar sus súplicas ni sus lágrimas, y nadando como eces, alcanzaron la orilla. Su conciencia les decía que su deber era contar lo ocurrido á los adres de Nituca; pero el temor de descubrir su falta, puesto que n ellos no hubiese podido soltar las amarras de la barca, los reteía, y deliberando sobre cuál sería el medio de socorrer á la niña cuitando su delito, dejaron correr el tiempo, y cuando unos pescalores regresaban de la pesca de sardinas, vieron la barca de los paires de Nituca hecha pedazos y á la niña tendida al borde de la isla, londe los esfuerzos titánicos de Tolín habían conseguido depositarla zoa vida. Comprendieron al instante que se trataba de una nueva travesura de la pequeña; la recogieron, y después de auxiliarla friccionándola con alcohol, la llevaron á su casa, y al día siguiente solicitaron sus padres una plaza en el asilo de corrección para encerrarla hasta que, arrepentida de sus diabluras, prometa ser buena. MARÍA DE PERALES. -66- EL PRINCIPE KASKARRABIAS CONCLUSIÓN 13, Al llegar al castillo, quedó el corcel clavado en tierra. 14. Furioso Kaskarrabias s e apeó de un salto para seguir á pie. 7 tó Eírf 15. ¡Horror! Quedó también clavado, y hubo de pedir piedad. V V -S T 6. Arroja al suelo todos tus arreos díjole el rey. 17. Y tuvo que sahr por pies en ropas de no mucha etiqueta... 18. ¡Había un iuián muy petente bajo la alfombra! n